domingo, 22 de noviembre de 2015

La cámara de vídeo



Desde su silla, Tom ve llegar a Ellen tambaleante pero decidida. Comienza a hacer gorgoritos y a patalear con alegría. Ellen quiere el chupete que le cuelga de una cinta a su hermanito, pero la cinta es corta, el chupete no le llega a la boca. Ellen se enfada cada vez más mientras que el bebé rie y balbucea. La escena es graciosa. Papá se levanta del sillón, yo me quedo observándolos desde la alfombra.
Ladro para advertir a papá que debe regresar al ver que Tom ha dejado de reir. Ellen se detiene sobresaltada por mis ladridos un instante, hace pucheros pero, testaruda como es, sigue tirando de la cinta hasta que Tom se queda silencioso y quieto.
Papá regresa con la cámara de vídeo en la mano, le encanta filmarnos a todos, pero esta vez la arroja al suelo y corre hacia Tom. Lo saca de la silla y lo echa en el sofá. Empieza a manosearlo mientras ruega a Dios que se apiade de él. Me acerco para consolarle, pero me aparta. Ellen también se acerca. Agarra la cinta del chupete que cuelga del asiento, tironea mientras chilla y tensa su cuerpecillo: se avecina una rabieta. Entonces papá le grita tan fuerte que da un respingo y cae de culo. No ha debido hacerse daño, pero se asusta, llora. Ellen no tiene maldad, es solo un bebé al que le han quitado su chupete hace pocos días.
Como despertado por el escándalo que ha formado su hermanita, Tom también comienza a llorar y un segundo después lo hace papá.
Me siento a mirarles. ¿Lloran por la cámara?
Oigo el ruido de una llave en la puerta, será mamá. No voy a recibirla, me siento delante de la cámara de vídeo, ocultándola.

Pánico




Avanzaban en línea con una formación indisciplinada. Al principio, ni siquiera las oímos. Luego, al notar un olor nuevo, prestamos atención a los ruidos: las ramas  caían a su paso, crujían de hojas, sentimos próximo el galope desorientado de animales, y un bisbiseo, como si alguien recitase una cuenta atrás. Nos atrincheramos en nuestra casa, sin darnos cuenta que era de madera.



domingo, 1 de noviembre de 2015

In Memoriam

Los inviernos en Zaragoza eran fríos. El colegio no estaba demasiado lejos, pero andando tardábamos no sé, tal vez, diez o quince minutos. Así que mi madre, nos envolvía a mi hermana y a mí en varias capas, como orugas en un capullo; mi padre nos agarraba las manos enguantadas y nos enfrentábamos al Moncayo con la boca tapada por una odiosa bufanda de lana que soltaba pelusas que, como si las barriera el viento, se cobijaban en nuestras bocas.
Pero hasta llegar al momento de pisar la acera con aquellos zapatos marrones del uniforme, mi hermana se había negado a levantarse de la cama cuando mamá nos despertó; había prometido, con vocecita infantil y asustada, que estaba enferma y no podía ir al colegio; había vomitado el desayuno y deshecho la primera coleta mientras mi madre intentaba terminar la segunda; había llorado y pataleado.
No sé cómo lo hacía papá, pero aparecía cuando era necesario imponiendo paz y paciencia con la balanza de su mirada verde y su voz tierna. Tranquilizaba a mamá que, a esas alturas, estaba a punto de llorar y de gritar a mi hermana, y la convencía a ella para dejarse conducir al colegio.
Ahora que sabemos que existe la fobia escolar, ahora que los niños inician el colegio con horarios reducidos, ahora que les ponen pegatinas de colores que lucen  como una condecoración para infundirles seguridad …, ahora, me asombro de cuánto les ha costado a psicólogos y educadores comprender. Yo vi hacer su trabajo a mi padre, cuando ellos no existían, con la mejor herramienta: amor.
Del Paseo María Agustín a la Puerta del Carmen, de aquí a la calle Bilbao, mi padre inventaba cuentos de una niña muy valiente. A veces me asomaba, adelantándome a su paso, para ver la cara de mi hermana. Allí estaba, con su cara vuelta hacia el cielo, mirándole embobada y con una sonrisa que habría sido imposible que nadie más que papá dibujase. “Mira, mira cómo anda la niña valiente”, decía cuando mi hermana se decidía a soltarse de su mano. “La niña valiente va a ser hoy la primera de la clase, o tal vez, mañana; o, a lo mejor, hoy y mañana, nunca se sabe. La niña valiente es así”.
Confieso que alguna vez sentí una punzada de celos porque mi hermana acaparaba toda su atención, pero él siempre borraba el rastro del pinchazo cuando al llegar la puerta de la Compañía de María se agachaba para besarme y me decía en voz baja: “Un secreto: tú también eres una niña muy valiente, pero tú ya lo sabes y a tu hermana tenemos que convencerla”.

Mi padre nos acompañó cada mañana al colegio, y nos llevó en coche al instituto, cada día.                        

María Jesús Salvatierra

jueves, 29 de octubre de 2015

Primera página

Abandonó la cama en silencio. Bajó las escaleras a zancadas. El sudor le cubrió las palmas y el pálpito del corazón se hizo presente a cada paso.
En el vestíbulo, se pegó a la pared; se detuvo un momento y escudriñó la penumbra. Se acercó despacio al portón de hierro y cristal, antes de agarrar el pomo metálico, vigiló la calle. Vio su coche aparcado pocos metros más allá.

El aire fresco de la madrugada le sacó el miedo de golpe mientras una descarga de flashes lo inmovilizaba.   

Marusela Talbé para El sol sale por el oeste, Radio Extremadura, tema Cautiverio

lunes, 26 de octubre de 2015

El aficionado

«Dicho sea entre nosotros ese asunto hubiera habido que liquidarlo de una forma más precisa». Y ¿quién era yo para dar opinión? No me lo perdonarán. Pero, al fin y al cabo, he cumplido: el coche se hunde en el pantano. Juré que cumpliría y he cumplido.

Aguardo. Lanzo piedras a la superficie oscura. Una burbuja explota. Aparecen unas pocas más. Y más. Cualquiera diría que he resucitado a los viajeros; que piden ayuda con sus gargantas apestosas. «Es cuestión de deshacerse de unos muertos» dijeron. Muertos, sí, eso mismo dijeron, seguro. El pantano enmudece por fin. Suspiro y vuelvo a las piedras, ¿qué si no? Eso y lanzar anillos de humo con mi último cigarrillo es lo único que me resta por hacer.  Si no vienen, ¿cómo sabrán que he cumplido? Ya lo sé: no les importaba. Nunca les importaron los muertos, solo el vivo.

Marusela Talbé (Enviado al VII Concurso Microrrelato Getafe Negro, con frase inicial obligada) 

jueves, 22 de octubre de 2015

La madre de acogida


Desde el piso de abajo le oigo saltar de la cama. Las pisadas desnudas danzan rítmicas por la escalera. Su voz inocente invade la cocina e interrumpe mis lágrimas, «¡Hola, mami!». Con el peluche bajo el brazo, se acomoda en el taburete. Balancea los pies y tararea una cancioncilla aprendida en el colegio. Cuando le sirvo el tazón de leche, hace tintinear la cuchara en el borde mientras me sonríe. Es nuestro lenguaje secreto: hoy quiere galletas. Las últimas. En pocas horas, el silencio se apoderará de su cuarto y descenderá cada mañana por las escaleras para ocupar su taburete. 


Creado para concurso de microrrelatos del CELARD Tema: La música.

martes, 6 de octubre de 2015

Juego sin reglas

«Papá, mamá, hay muchas formas de servir el tè. Los chinos lo hacen en una pequeña taza sin asa; los británicos en tazas de porcelana; los estadounidenses en tazones de loza. Pero el contenido es el mismo. ¿Hasta qué punto importa el exterior? —Así empezó Jordi su discurso—. Está decidido: voy a meterme en política. Me presento por el partido Sin Igual».
—Pero, hijo, tú no eres sinigualista —protestó el padre.
—Es la forma más rápida de llegar a diputado. En otras listas hay demasiados candidatos.
—Tendrás que luchar por sus intereses. ¿Y tus convicciones?
—Dentro de la taza, mamá.

Creado para concurso de microrrelatos del CELARD Tema: La mentira.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Como un pintor impresionista

Una espesa cortina de copos blancos se desplegaba continuamente, abrillantada y temblorosa, cubría la tierra, sumergiéndolo todo en una espuma helada; y sólo se oía en el profundo silencio de la ciudad el roce vago, inexplicable, tenue, de la nieve al caer, sensación más que ruido, entrecruzamiento de átomos ligeros que parecen llenar el espacio, cubrir el mundo.

Bola de Sebo, Guy de Maupassant


domingo, 28 de junio de 2015

La decisión

Cae la tarde, pesada y tormentosa, en un pueblo aragonés. Durante unos instantes, entre los pájaros sobrevuela el aviso de megafonía: “El tren con destino a Madrid sufre un retraso de veinte minutos. Perdonen las molestias”. Una pareja detenida al borde del andén inicia la marcha despacio.
—Tomemos algo —dice el hombre cambiando la maleta de mano—,  así podré olvidarme de este peso durante un rato.
—Yo no quiero nada, pero tómalo tú.


—Una cerveza.
—¿Caña o pinta? —pregunta la mujer al otro lado del mostrador.
—Una pinta  —contesta él apartando la maleta de su taburete y acercándola a los pies del de su compañera.
Ve su mano, pequeña y pálida, reposar sobre el acero de la barra y la toma entre las suyas.
—Hazlo solo si estás segura. Quiero lo mejor para ti.
—Yo soy la menos importante.
—Eso no es cierto. ¿Por qué piensas así? No debes pensar eso
—La pregunta es ¿lo mejor para los dos o lo mejor para los tres?
—Si no quieres no lo hagas.
—¿Crees que todo seguirá igual después de…decidirme?
—Lo creo. Yo te quiero.
—¿Sea cual sea la decisión?
El hombre suspira, tarda unos segundos en contestar.
—Todo irá bien entre nosotros.
—¿Seguro? Yo creo que si no lo hago, irá mal. Tú quieres que… me opere. Dices que decida yo, pero sé que tú quieres que lo haga —replica la mujer que mira con tristeza la maleta.
El hombre también la mira. Sin duda es demasiado pesada para que la cargue ella sola.
—Tienes razón, quiero que lo hagas.

Marusela Talbé
Recreación de Colinas como elefantes blancos, con toda mi admiración a Hemingway

martes, 19 de mayo de 2015

Un final alternativo

Quiero aclarar que el texto es un ejercicio en el que se pedía un final diferente a la escena de la novela Sábado de Ian McEwan. La situación previa es el asalto a la casa de un importante doctor, Henry Perowne, porque este ha roto el espejo de la moto de Baxter, individuo al que conoce del hospital ya que padece una enfermedad degenerativa muy grave.
Las líneas en cursiva forman parte del texto original.



“…—Ey, Baxter —dice Nigel, y ladea la cabeza hacia Daisy, con una sonrisita.
—No. He cambiado de idea.
—¿Por qué? No seas cabrón.
—¿Por qué no te vistes? —le dice Baxter a Daisy, como si hubiera sido de ella la extraña idea de desnudarse.
Durante un momento ella no se mueve, y todos aguardan.
—No puedo creerlo —dice Nigel—. Después de todo este número.”
Baxter le ha mirado con sombría advertencia: estás aquí por mí. Pero si es una advertencia nadie diría que surte efecto porque Nigel, en lugar de achantarse, mete la mano en el interior de la cazadora, a la altura del corazón, y saca una navaja en apariencia insignificante, hasta que un clic libera el muelle atenazado y la hoja de acero, de más de veinte centímetros, brilla insolente ante la vista de todos. Perowne incluso hubiera dicho que ha vibrado inquieta por actuar.
Theo y Henry intercambian una mirada. Cada minuto que transcurre las cosas empeoran. Lo único bueno hasta el momento ha sido el efecto balsámico de la poesía de Daisy, aunque haya desatado la reacción de Nigel que, bien pensado, más valía conocer  antes de atacar. Henry recuerda que esperaba que su hijo bloqueara a Nigel y nota una corriente de hielo que le sacude la espalda.
La tensión que soportan hace mella. Henry no sabe si los intrusos llevan en su casa diez minutos o cuarenta, aunque, piensa, apostaría por una hora larga. Como haciéndose eco de sus pensamientos Rosalind levanta la voz.
—¡Por Dios, cojan lo que quieran y váyanse de una vez!
— La señora tiene razón —apostilla Nigel con tono conciliador, mientras mueve la navaja. Gira el cuerpo hacia Baxter sin quitar la vista de Perowne y Theo—. Cojamos lo que hemos venido a buscar y larguémonos, tío.
Baxter no contesta —Perowne comprende que puede tratarse de una ausencia epiléptica—, posa la mirada en el ventanal, no, más allá, en el cielo donde vuela el helicóptero.
—Venga tío, ¡¿qué puñetas te pasa?! ¿Te ha dejado imbécil la poetisa? –se impacienta Nigel.
Baxter no reacciona.
—Se acabó. Lo haremos a mi manera. No voy  a quedarme aquí esperando a la poli. Tú —grita a Grammaticus—, aquí. Quítate el cinturón.
Señala una silla al lado de la chimenea, lo empuja y le ata las manos por detrás del respaldo, mientras sostiene la navaja entre los dientes.
—Baxter ayúdame, vamos, coge a las zorras y átalas espalda contra espalda con... esto.
De un tirón ha arrancado el cordón trenzado de seda que agarra la cortina y, ante el asombro de Perowne,  Baxter obedece. Toma conciencia de que el peligro ha aumentado con el cambio de papeles. Mientras las ata, Baxter deja su cuchillo sobre la mesa baja.
Nigel observa a Theo y a Henry. Sorprende la trayectoria que recorren sus miradas hacia la mesa. La posición de los tres hombres forma un triángulo equilátero, los tres están casi a la misma distancia de la mesa, los tres podrían alcanzar el cuchillo.
Nigel percibe una inclinación, un ligero vaivén en el cuerpo de Theo. Y él también decide dar el paso. Justo en ese momento Baxter levanta la cabeza, coge el arma y adopta una postura entre cómica y patética, con  las rodillas medio dobladas y el brazo, que sostiene el cuchillo, adelantado como la pose de guardia de florete. Hace un guiño y chasquea la lengua. Perowne se sorprende a sí mismo pensando que prefiere que sea Baxter quien lleve las riendas.
—Tienes razón, Nigel, hemos venido con un propósito pero he cambiado de idea, ya lo he dicho. Quiero que el doctor se ocupe de que me curen. Eso es lo que quiero en realidad. ¿Dijiste que la prueba comienza en marzo? —pregunta dirigiéndose a Perowne.
—Maldito hijoputa. ¡Vine contigo por la pasta! Por la pasta. ¿O es que no lo recuerdas? Qué prueba ni qué niño muerto, joder. ¡Cómo va a curarte este tío! ¿Es cosa de un par de horas? ¿Qué pretendes que tengamos secuestrados a esta gente durante semanas? —Nigel mira furioso a Baxter—. Haz lo que quieras. Yo voy a revisar la casa y a llevarme todo lo que pueda.
—Si te mueves, te pincho —advierte Baxter con voz exageradamente tranquila.
Pero Nigel esta en mejor posición que Baxter, y esto Perowne lo sabe, porque el cerebro le responde, la mano no le tiembla y tiene un objetivo claro: dinero, joyas. Cosas tangibles y concretas, no ilusiones.
Y es entonces, en ese momento, cuando Perowne comprende. El ofendido fue Baxter pero ha sido Nigel, Nige como Baxter lo llama, el que lo ha manipulado, el que lo ha engatusado hasta llevarlo a su casa. Baxter no se habría atrevido. Le habría maldecido a él y a su familia, puede que se hubiera acercado una madrugada a pinchar los neumáticos del coche o que dejase un pájaro muerto delante de la puerta. Pero no, a él no se le habría ocurrido asaltar su hogar por un espejo roto, porque sabe que puede necesitarle. Eso piensa Henry mientras comienza a apiadarse de Baxter y a detestar a Nigel. Lo de Nige es diferente, tiene planes. Quizá quiera poner un taller de coches, o un gimnasio. O tal vez él sea muy optimista, y al tipo lo que le gusta es la violencia como forma de vida,
Nigel engaña, por segunda vez, a Baxter. Le señala la ventana con expresión de asombro. Baxter gira la cabeza en esa dirección y antes de volverse de nuevo, tiene la navaja de Nigel clavada encima del riñón, con bastante probabilidad en la cápsula suprarrenal. Henry sabe que no es mortal ipso facto, pero si dolorosa. Baxter se dobla como un árbol azotado por el rayo, gime, el impulso del doctor Perownw es ayudarle, pero Nigel, blande en sus manos el cuchillo de Baxter y el suyo. Oye las voces de su familia, “No, papá, no”, “Quieto, Henry”. Se detiene en seco. En realidad, lo ha detenido el brillo de los ojos de Nigel. El brillo de quién se sabe vencedor.
—Se acabó —sentencia.
Henry nunca hubiera pensado que los cordones de seda se usarían para atarle de pies y manos, y espalda contra espalda a su hijo. Baxter, en mitad de la alfombra persa que va tiñéndose de sangre, tampoco se libra de las ataduras. Nigel saqueará la casa sin prisa.
Por fin, le oyen bajar las escaleras y ven asomar, con una sonrisa de triunfo, su cara de caballo durante un segundo.

—Llame a una ambulancia o su amigo se desangrará  —dice Henry antes de oír el golpe de la puerta al cerrarse.         

miércoles, 29 de abril de 2015

Suspense



No te muevas

El sonido de un motor  rompe el sopor de la madrugada. Un deportivo se orilla, una mujer desciende, se tambalea, ríe, sofoca la carcajada llevándose el foulard a la boca. Su acompañante la coge por el brazo.
—Invítame a tomar la última, Sara.
—Ni hablar, Charli. Lo he pasado de maravilla, pero bye.
Sara se aleja con paso torpe hacia la cancela de hierro del adosado. Charli se apoya en el coche y enciende un cigarrillo.
—Me quedaré aquí un rato por si cambias de opinión —grita mientras ella traspasa la verja.
Al llegar a la puerta, Sara intenta una, dos veces, tres, meter la llave en la cerradura; culpa de la mala puntería a los gin-tonic y no a la falta de luz del farolillo. Según su costumbre deja el llavero colgando de la cerradura interior. Aprieta el interruptor, la luz no se enciende. Mierda, ¿qué ha pasado aquí?, se dice mientras ilumina el cuadro de luces con el móvil.
Nota pequeños trozos que se clavan en la suela de las sandalias, desvía la luz al suelo.
—¡Será posible! Dichoso gato.
Oye un ruido tenue en la planta alta.
—Es inútil que te escondas, Misha. Has sido un gato malo. Has roto mi figurilla—  grita mientras revisa las palancas del cuadro.
El móvil se apaga, la batería es mínima. A su espalda escucha el crujir de la tarima de madera.
—Misha, te voy a castigar sin leche, ¿me oyes? ¿Crees que será la bombilla? Pero estas modernas no se funden, ¿qué opinas?
Sara mueve los interruptores sin resultado mientras conversa con Misha, le tranquiliza oírse. Un maullido suave, un suspiro gatuno, la hace sonreír.
Pero comienza a notar que le tiembla la mano, suda, la respiración ha perdido su compás. Un movimiento en el aire, un aliento más bien, le ha erizado el vello de la nuca.
El móvil se apaga definitivamente. Busca la manilla de la puerta. Salir, encontrar la luz de las farolas. Y a Charli, que ojalá siga ahí.
Percibe susurros a su espalda, instintivamente mira al suelo.
—¿Misha?
Encuentra la manilla, abre la puerta con sigilo. Un cuchillo de luz ilumina la entrada, en el triángulo amarillo del suelo yace el gato de angora convertido en una masa amorfa y sanguinolenta. Quiere gritar, pero la voz ha desaparecido como si le hubieran amputado las cuerdas vocales.
En ese instante la puerta resbala sobre sus bisagras con un quejido, escucha girar la llave que destraba el cerrojo de seguridad y el pestillo que encaja con un sonido definitivo. El tintineo del llavero desaparece. Un silencio de cristal se adueña de la oscuridad. El rostro se le moja con el agua tibia de las lágrimas. Siente unos labios casi pegados a su oreja, un aliento que huele a tabaco, oye una voz pastosa y recia.
—No me has visto, lo cual es una suerte para ti.
La arrastra hasta una silla. Sara, ahora, prefiere la oscuridad. El hombre la ata con los brazos cruzados por detrás del respaldo y usa el foulard para taparle la boca. Después, ni una palabra.
Sara le escucha mover muebles, golpear  paredes, abrir armarios, mientras ella baraja opciones con la misma rapidez con que ha barajado cartas en el casino hace unas horas. Forcejea. Nota que las ligaduras se aflojan, consigue sacar una mano, después la otra y correr hacia la puerta cerrada. Como temía, las llaves no están. Se deja caer en el suelo, tiembla, siente náuseas, ahoga arcadas. Maldice haber dado de baja el teléfono fijo.
Se incorpora y va hacia la cocina tanteando, teme encontrar el relieve de un cuerpo en lugar de la uniformidad de la pared. Las piernas le pesan, decide cada paso como si tuviera delante un abismo. Por fin se hace con las cerillas y de la cajonera escoge el cuchillo más afilado. La hoja brilla a la luz vacilante del fósforo. El arma se le resbala de las manos, el ruido sobre el gres es como un timbre que llama para el segundo acto de la función.
Le escucha descender. No son los pasos invisibles de antes sino los de una apisonadora. Busca donde ocultarse. Se acurruca tras la puerta de la despensa. Herir el abdomen, ahí, blando, con decisión, tendré que hacerlo con decisión, se dice mientras el haz de una linterna penetra en la cocina.
La voz de Charli rebozada en vapores de alcohol se deja oír a través de la puerta en ese instante, «Vamos, Sara, una última copa. Te advierto que no si no me dejas pasar estoy dispuesto a quedarme aquí toda la noche».
Marusela Talbé





jueves, 23 de abril de 2015

Monedas

—¡Pepe! Fichas para el teléfono. Tengo que llamar a la Guardia Civil.
Pepe deja de secar el mostrador, se echa el trapo sobre el hombro y se apresura hacia la caja donde guarda las fichas doradas.
Cesan los murmullos, el entrechocar de las fichas de dominó, Pepe apaga la radio.
—…fui a echar de comer a los cerdos, allí estaba, una mujer. Muerta, señor guardia, muerta en mi pocilga. Tenía un papelillo sobre el pecho, pone que la cerda entre cerdas está. ¿Cómo?..., ¿el papel? Lo tengo en la mano...¡Y yo qué sabía!
«Dicen que posiblemente he estropeado el indicio más valioso de la investigación», explica Curro tras colgar el auricular.
—Tómate un vino, anda —dice Pepe—, y tranquilo, compadre.
Ya antes de beber los labios se han relajado en una sonrisa.
Pepe, frente a él, es el único en verlo.
—Cincuenta céntimos —pide con voz neutra.
—Creí que ibas invitarme —contesta Curro hurgando en su bolsillo.
Pepe, levanta la cabeza, deja de secar un vaso. Mira fijamente a Curro buscando la transparencia de la juventud y la niñez en las pupilas y encuentra desafío.
—Hasta más ver, compadre —añade Curro dejando el dinero sobre el mostrador y dándole la espalda.

Marusela Talbé

 .

Cartas



El sonido de un motor  rompe el sopor de la madrugada. Un deportivo se orilla, una mujer desciende, se tambalea, ríe, sofoca la carcajada llevándose el foulard a la boca. Su acompañante, la coge por el brazo.
—Invítame a tomar la última, Sara.
—Ni hablar, Charli. Lo he pasado de maravilla, pero bye.
Sara se aleja con paso torpe hacia la cancela de hierro del adosado. Charli, se apoya en el coche y enciende un cigarrillo.
—Me quedaré aquí un rato por si cambias de opinión —grita mientras ella traspasa la verja.
Al llegar a la puerta, Sara intenta una, dos veces, tres, meter la llave en la cerradura, culpa a los gin-tonic bebidos y no a la falta de luz del farolillo de su puntería. Según su costumbre deja el llavero colgando de la cerradura interior. Aprieta el interruptor, la luz no se enciende. Mierda, ¿qué ha pasado aquí?, se dice mientras ilumina el cuadro de luces con el móvil.
Nota pequeños trozos que se clavan en la suela de las sandalias, desvía la luz al suelo. «¡Será posible!,  dichoso gato—oye un ruido tenue en la planta alta—. Es inútil que te escondas Misha. Has sido un gato malo. Has roto mi figurilla», grita mientras revisa las palancas del cuadro. El móvil se apaga, la batería es mínima. A su espalda escucha el crujir de la tarima de madera. «Misha, te voy a castigar sin leche, ¿me oyes? ¿Será la bombilla? Pero estas modernas no se funden, ¿qué opinas?» Sara mueve los interruptores sin resultado mientras conversa con Misha, le tranquiliza oírse. Un maullido suave, un suspiro gatuno, la hacen sonreír.
Pero comienza a notar que le tiembla la mano, suda, la respiración ha perdido su compás. Un movimiento en el aire, un aliento más bien, le ha erizado el vello de la nuca.
El móvil se apaga definitivamente. Busca la manilla de la puerta. Salir, encontrar la luz de las farolas. Y a Charli, que ojalá siga ahí.
Percibe susurros a su espalda, instintivamente mira al suelo, «¿Misha?» Encuentra la manilla, abre la puerta con sigilo. Un cuchillo de luz ilumina la entrada, en el triángulo amarillo del suelo yace el gato de angora convertido en una masa amorfa y sanguinolenta. Quiere gritar, pero la voz ha desaparecido como si le hubieran amputado las cuerdas vocales.
En ese instante la puerta resbala sobre sus bisagras con un quejido, escucha girar la llave que destraba el cerrojo de seguridad y el pestillo que encaja con un sonido definitivo. El tintineo del llavero desaparece. Un silencio de cristal se adueña de la oscuridad. El rostro se le moja con el agua tibia de las lágrimas. Siente unos labios casi pegados a su oreja, un aliento que huele a tabaco, oye una voz pastosa y recia, «No me has visto, lo cual es una suerte para ti». La arrastra hasta una silla. Sara, ahora, prefiere la oscuridad. El hombre la ata con los brazos cruzados por detrás del respaldo y usa el foulard para taparle la boca. Después, ni una palabra.
Sara le escucha en su dormitorio. Mueve muebles, golpea  paredes, abre puertas de armarios. Baraja opciones con la misma rapidez con que ha barajado cartas en el casino hace unas horas. Mientras, forcejea; nota que las ligaduras se aflojan, consigue sacar una mano, después la otra y corre hacia la puerta cerrada. Como temía las llaves no están. Se deja caer, tiembla, siente náuseas, ahoga arcadas. Maldice haber dado de baja el teléfono fijo.
Se incorpora y va hacia la cocina tanteando, teme encontrar el relieve de un cuerpo en lugar de la uniformidad de la pared. Las piernas le pesan, decide cada paso como si tuviera delante un abismo. Por fin se hace con las cerillas y de la cajonera escoge el cuchillo más afilado. La hoja brilla a la luz vacilante del fósforo. El arma se le resbala de las manos, el ruido sobre el gres es un avisador que llama para el segundo acto de la función.
Le escucha descender. No son los pasos invisibles de antes sino los de una apisonadora. Busca donde ocultarse. Se acurruca tras la puerta de la despensa. Herir el abdomen, ahí, blando, con decisión, tendré que hacerlo con decisión, se dice mientras el haz de una linterna penetra en la cocina.
La voz de Charli rebozada en vapores de alcohol se deja oír en ese instante, «Vamos, Sara, una última copa. Te advierto que no si no me dejas pasar estoy dispuesto a quedarme aquí toda la noche».

Marusela Talbé

Un traje y un Packard del 51

Nació en mal momento. Otro hijo no era bienvenido y la  Hermandad de Acogida de los Samaritanos estaba solo a dos manzanas. Allí fue a parar mi hermano Jim.  Yo pasaba  a verlo los domingos, cuando mis padres estaban de funeral. Siempre había algún muerto en domingo, leían la prensa, iban a presentar sus condolencias a la familia, luego se daban un atracón de comida y regresaban a casa hablando maravillas del difunto.
No me esforzaba por ocultar las visitas a Jim, pero como ellos no preguntaban, yo no les contaba cómo le iba.  Tampoco a mis otros hermanos, cinco en total; solo la pequeña Mary, que me acompañó una ocasión en que no podía dejarla sola en casa, me preguntaba por ese chico con la cara llena de granos que no le había caído bien, porque Jim le había dicho que se había salvado de vivir en un lugar como ese por ser niña y Mary había echado una mirada alrededor y no había visto nada raro: paredes descoloridas, puertas descolgadas, ventanas que dejaban pasar el aire helado en invierno, como dejarían pasar los insectos en verano. Al contrario, le pareció que era un buen lugar. Yo estuve dando vueltas a esto. Era cierto que Jim no se quejaba de nada, casi no hablaba. Cuando lo hacía solía preguntarme cómo se vivía por aquí fuera, y yo le contestaba que mal.  
Con dieciséis Jim salió de la Hermandad con el oficio de soldador. Era un buen trabajo porque en la región había un par de fábricas. Le pedí que me llevara con él. Nos largamos con una carta de la Hermandad en la que ponía que mi hermano era un chico de fiar y él añadió escrito a lápiz que yo también lo era. Así la carta serviría para ambos.
Dormíamos en los parques, comíamos de la basura y cuando ya no podíamos más nos acercábamos a una iglesia para pedir limosna. 
Un día a Jim le regalaron un traje de un chico que había muerto. Le quedaba de lujo. “Antes de que se me ensucie voy a sacarle partido”. Me obligó a quedarme en un albergue, prometió volver. Cuando lo hizo tenía más dinero en el bolsillo del que yo había visto en toda mi vida. Nos instalamos en una habitación con cocina y lavabo que  daba al puerto. Olía a gasóleo y grasa, veíamos los barcos que iban y venían, oíamos el graznido de las gaviotas y las carcajadas de marineros que hablaban lenguas extrañas. Pasamos horas acodados en esa ventana. 
Le dije a Jim que quería trabajar, como él, y me contestó que no podía comprarme un traje. Sin embargo, manejaba cada vez más dinero, incluso compró un coche usado. 
Empecé a bajar al puerto. Cuando tenía suerte me dejaban descargar bultos y me daban unos centavos. Quería ahorrar para el traje. Al enterarse, peleamos. Rompió el cristal de la ventana cuando quiso atizarme con la silla porque perdió el equilibrio y desvió el golpe. En realidad, estaba cada día más débil. Me apenó. Yo cocinaba lo mejor que sabía, pero él apenas comía nada, solo fumaba,  bebía y adelgazaba.     
Una noche decidí seguirle al trabajo. El condenado corría como una liebre con su aparatoso coche, pero yo había conseguido una  bici y sorteaba obstáculos mejor que él.
Entró en un club. Lo imaginaba. Me quedé por allí pensando si entrar, pero finalmente decidí que no era buena idea, con mi aspecto lo avergonzaría. Ahora, él iba siempre bien vestido, con ropas de lujo que le regalaban sus amigos y no porque estuviesen usadas.
Poco tiempo después la policía se presentó en casa: había atropellado un perro y no se había detenido. Alguien apuntó la matrícula y lo denunció; el juez le impuso la multa máxima.

Pasaron días hasta que volvió a aparecer por el cuarto.
Al verle me asusté: pálido, con una palidez amarillenta y gris; la piel, como trapo viejo, le colgaba como si le hubieran succionado la carne; círculos oscuros bordeaban los ojos demasiado brillantes.

_¿Qué te pasa? 
Se dejó caer en la cama. 
_Necesito dormir _respondió.
Y eso fue lo último que dijo. Nuestra patrona me ayudó a prepararle un entierro decente. Convencí al reverendo de enterrarlo un lunes en lugar del domingo, como hubiese correspondido. Al salir del cementerio, me pasé por el club. Sentía necesidad de saber qué clase de amigos tenía Jim.

Comprendí por qué mi hermano no había querido que tuviese uno y decidí afiliarme al sindicato de estibadores con el dinero que me quedaba. 
Voy a visitarle de vez cuando para que sepa que no olvido lo que hizo por mí. 

Marusela Talbé

jueves, 9 de abril de 2015

Crear un escenario que caracterice al personaje

Nada es igual

No sé cuántas veces me he peinado. Basta ya. Doce años de ausencia. No se va a fijar en el cabello. Pero podría, «Esta mata de pelo salvaje, me hechiza», decía. Se lo dijo a muchas, no te engañes. Esperándolo con un garrote. Así es como deberías esperarle, con un garrote y no con la mesa vestida con el mantel impecable, la vajilla de porcelana y su menú preferido reservado en el horno. ¡Y deja de cepillarte el pelo, por Dios!
Una mirada al dormitorio. Mis ojos se posan en la foto de boda. Bajo el foco relampaguea en el marco de plata. ¿Y si lo quito? Lo hago desaparecer o lo muevo a un lugar menos visible. Pero no, por qué, ha estado ahí doce años y, en cualquier caso, él no entrará en mi dormitorio. Me observo en el espejo grande. El vestido de punto se ciñe en las caderas, el panty me aprieta las carnes y las moldea. Me gusto. Recuerdo el colgante con la perla como una lágrima nacarada que me regaló en un aniversario. Siento la necesidad de ponérmelo. Lo he buscado en el joyero, entre los pañuelos, en el cajón de la ropa interior, sin resultado. Ya lo sé. En el armario alto de la cocina, dentro de la lata de galletas en la que guardé el cigarrillo con el que decidí apostar por una vida mejor. Ahí está la perla empolvada con migajas dulces. Cobra brillo al frotarla. La cadena de oro que la sostiene está anticuada, sí, la moda en joyería ha cambiado, del eslabón grueso de entonces a uno sutil, casi inexistente.
Colgada del cuello, aparece como por encantamiento en la uve del escote y lo ilumina como si una luciérnaga aletease en mi pecho.
El avión habrá aterrizado hace cuarenta minutos y él no debería tardar más de treinta en el taxi que habrá cogido para evitar el metro que seguirá odiando. Pero hoy Madrid vibra: los hinchas del  Atlético colapsan Neptuno,  hay manifestación en la Castellana, en Plaza de Castilla, en la Avenida de Aragón. Puede tardar horas en tocar el timbre. Un timbre extraño para él porque esta casa es solo mía; es la casa en la que no ha colgado ningún cuadro, ni escogido un azulejo; es la casa en la que elijo yo.
Espero asomada a la ventana. Me deslumbra la marea humana que colorea y excita la ciudad con chispazos de vida. Debería unirme a ella y que él aguarde ante mi puerta.
Al regresar con el abrigo el sonido del timbre me sobresalta. Corro a la ventana, un taxi arranca. Veo la esquina de una maleta asomar por debajo del dintel del portón. En ese instante un hombre se aparta de la puerta y levanta la cabeza. Nos miramos. Es un viajero solitario. Al bajar me cruzo con él en el vestíbulo. Me observa, inmóvil, mientras salgo y me pierdo entre la gente.

Marusela Talbé

domingo, 5 de abril de 2015

Tiempos verbales

Héroe (tiempo verbal Imperfecto)hechos habituales y repetidos, anula el suspense

Algo me atraía hacia la boca negra de la cueva y aunque era consciente de que mi voluntad podía hacer posible la huída, el miedo era atractivo y la curiosidad superaba la prevención.
Un rugido hizo que me detuviera. En el fondo oscuro de la cueva aparecieron, brillantes como dos luciérnagas incandescentes, los ojos del dragón.
Yo sabía que era un dragón. No podía ser ninguna otra cosa. Mientras miraba mi espada que lanzaba destellos al sol, me preguntaba si sería lo bastante larga para cortarle el cuello. Comprendía que a no ser que la bestia se echara en el suelo no la alcanzaría. Y entonces sí quería correr, pero mis pies se habían hundido en un barro viscoso y denso, pesaban como yunques. En silencio pataleaba, movía los brazos para impulsarme, torcía el cuerpo en un intento por liberarme.
De pronto, me encontraba en mi cama, la sábana y las mantas se esparcían por el suelo, incorporado a medias, los pies sobresalían de la cama y temblaba. Mi madre me miraba desde la puerta, «¿la misma pesadilla?»  

Héroe (tiempo verbal Pretérito Indefinido)hechos cumplidos puntuales permite el suspense

Algo me atrajo hacia la boca negra de la cueva y aunque fui consciente de que mi voluntad podía hacer posible la huída, el miedo fue atractivo y la curiosidad superó la prevención.
Un rugido hizo que me detuviera. En el fondo oscuro de la cueva aparecieron, brillantes como dos luciérnagas incandescentes, los ojos del dragón.
Yo supe que era un dragón. No pudo ser ninguna otra cosa. Mientras miré mi espada que lanzó destellos al sol, me pregunté si sería lo bastante larga para cortarle el cuello. Comprendí que a no ser que la bestia se echara en el suelo no la alcanzaría. Y entonces sí quise correr, pero mis pies hundidos en un barro viscoso y denso, pesaron como yunques. En silencio pataleé, moví los brazos para impulsarme, torcí el cuerpo en un intento por liberarme.
De pronto, me encontré en mi cama, la sábana y las mantas esparcidas por el suelo, incorporado a medias, los pies sobresaliendo de la cama, temblé. Mi madre me miró desde la puerta, «¿la misma pesadilla?»  

Héroe (tiempo verbal Presente)inmediatez, velocidad

Algo me atrae hacia la boca negra de la cueva y aunque soy consciente de que mi voluntad puede hacer posible la huída, el miedo es atractivo y la curiosidad supera la prevención.
Un rugido hace que me detenga. En el fondo oscuro de la cueva aparecen, brillantes como dos luciérnagas incandescentes, los ojos del dragón.
Sé que es un dragón. No puede ser ninguna otra cosa. Mientras miro mi espada que lanza destellos al sol, me pregunto si es lo bastante larga para cortarle el cuello. Comprendo que a no ser que la bestia se eche en el suelo no la alcanzo. Y entonces sí quiero correr, pero mis pies se han hundido en un barro viscoso y denso, pesan como yunques. En silencio pataleo, muevo los brazos para impulsarme, tuerzo el cuerpo en un intento por liberarme.
De pronto, me encuentro en mi cama, la sábana y las mantas se esparcen por el suelo, incorporado a medias, los pies sobresalen de la cama y tiemblo. Mi madre me mira desde la puerta, «¿la misma pesadilla?»  

lunes, 30 de marzo de 2015

Ejercicio: Narrador en segunda persona

Frente al espejo

Te va bien Victoria. Hasta ahora al menos. Solo que ahora una idea se ha metido en tu cabeza: escribir. Una sugerencia de Manu, «Planeemos un año sabático», se ha convertido en irrenunciable. Escribir en soledad, sin interrupciones. Tantas lecturas deben servirte para algo y la proximidad del mar, el sosiego que te proporciona, también.
Pero dejas atrás personas. Algunas no te importan demasiado, sé sincera. Las compañeras de trabajo, por ejemplo, previsibles con sus ciclos menstruales, sus conflictos con los hijos o con los padres, con su bondad natural para solidarizarse con problemas ajenos «¿tú quieres que yo…?» Qué aburridas te parecen, aunque tú pertenezcas al mismo género. Y eso es un conflicto, ¿verdad?, ser una de ellas y no sentirte cómoda entre las de tu clan y sí en el opuesto, el masculino. En realidad no crees que sean opuestos; opuesto suena a cosas muy diferentes y tú quieres creer que no es así, que todos son personas y ya. Puede que hayas sido injusta con ellas, que no les hayas dedicado suficiente atención, que las hayas estereotipado sin pensarlo demasiado, al primer golpe de vista. Y eso tampoco es así, Victoria. Tampoco es así por mucho que te gusten los hombres, mejor dicho, la naturaleza masculina. ¿Habrías querido ser uno de ellos? No: te encanta coquetear —cruzar las piernas cuando estás repantigada en el sillón, beber la copa mirando de reojo a la víctima, observar el vacío por encima de su hombro cuando te habla— y esto no sabe hacerlo un hombre. Ni aunque se lo propusiera. Van de frente.
Lo que te ocurre es que los admiras. Admiras al noble bruto, la valentía con que ha admitido la mayor responsabilidad desde el inicio: alimento y protección para la familia. ¡Si te oyera una feminista! No te importa, tendrías argumentos nombrando a tu padre, hermanos, a tu amigo homosexual que es también hombre —aunque esto sea su tormento, ninguna mirada como la suya para hacerte sentir la más femenina y deseada al verle morderse el labio, entrecerrar los ojos envidiosos—. Y, bueno, puestos a nombrar, tendrías que nombrar a Manu.
Manu con sus prontos de genio vivo, con su necesidad permanente de ternura; Manu con su dedicación al trabajo, a ganar dinero, mucho, como si lo necesitara para adquirir una parcela revalorizable en el Más Allá y construirse su Paraíso. De tanto trabajar ha olvidado como disfrutar el dinero aquí o, tal vez, piensas, le resulta tan complicado conseguirlo que se convierte en demasiado valioso para prodigarlo, aunque a ti no te niega nada. Manu con su miopía convertida en ceguera; Manu, sacudido por tus reproches cuando le echas en cara sin la menor compasión que está desperdiciando su vida por arrastrar un carro en el que muchos se han subido cómodamente sin dar, apenas, nada a cambio.
Como tú, Victoria. Porque tú también te aprovechas. De dónde si no el Audi completo de extras; de dónde el viaje anual a cualquier parte del mundo; de dónde las joyas de Suárez o las fiestas de cumpleaños en el local de moda. Tú podrías pagar el piso —no en el que vivís, claro— un coche aparente y la ropa de marca, pero nada más, chica. Él sostiene tu mundo pero tú dices que la felicidad es otra cosa. En realidad no sabes qué pensar.

Por eso te vas a la casita de la playa sin comodidades, no por snobismo, no. Vas a escribir, sí, y a demostrarte hasta dónde puedes prescindir de eso que dices que no es necesario para ser feliz. Hasta dónde puedes prescindir de Manu.

martes, 24 de marzo de 2015

Un día cualquiera



La tarde decaía y se estaba bien en la terraza del hotel en la que el Consorcio de Comercio nos obsequiaba con un cóctel tras la conferencia y la sesión de trabajo.

━Vamos a hablar con Carlota ━sugirió Luisa.

Mi marido vino con nosotras. Me chocó. Carlota tomó la batuta “conversadora” tras saludos y besos en las mejillas. A los pocos minutos, Luisa se quejó de dolor en los pies y mi marido le acercó una silla de las que anhela cualquier “coctelero” tras media hora de permanecer de pie y hacer equilibrios con la copa y los canapés.
Mi marido iba por la tercera cerveza, Luisa seguía con su copa de agua mineral de “alta costura”, igual que ella; Carlota bebía la segunda copa de blanco, como yo.
Puede que el vino además de afectar la cantidad de su verborrea, afectara también la calidad porque comenzó a contar cosas importantes.
━Me separé hace un año. Un trauma. Para mí, un trauma.
━Pobre ━dijo Luisa con expresión triste.
Luisa tenía la virtud de empatizar con rapidez. A mí sin embargo me costaba. Ella afirmaba que era cuestión de entrenamiento y una manera muy útil de conectar con los clientes.
━Pues sí. Yo aguanté mucho, pero mucho. Estaba muy enamorada. Vamos, para no darme cuenta de que tenía otra vida, mujer, otros hijos ━Nuestros rostros debían reflejar el más completo asombro: así que eso no sucedía solo en las películas de la sobremesa del sábado━ Sí hija, sí. Seis años, seis, que se dice pronto.
━¡Qué horror! A mi me hace eso mi marido y lo mato. Otra cosa es una aventurilla. Por mi parte, claro, no por la suya ━añadió Luisa, majestuosa en su silla.
━El problema es si no lo sabes a tiempo de evitar la traición ━intervine extrañamente molesta por la presencia de mi marido en la conversación. Él lanzaba miradas alrededor. Yo también. Lo cierto es que no había nadie conocido a quién saludar.
━De todas formas las mujeres vamos espabilando, no te creas. Hay cada una que ni Casanova ━sentenció Carlota.
Yo reí por hacer algo, por animarme. La comparación le había salido mitad crítica, mitad envidiosa. Era sincera, no cabía duda.
━Pues eso es lo que tienen que hacer, espabilar ━dijo Luisa entre carcajadas.
━Qué pensáis que abunda más en esta reunión, ¿cornudos o cornudas?
No sé por qué hice esa pregunta, la verdad, me pasó por la cabeza y se materializó por efecto del Rueda, seguro. En ese momento mi marido preguntó a Carlota si quería una silla y antes de que le contestase salió disparado a buscarla. La conversación quedó en suspenso hasta que volvió con ella.
━¿Y a tu mujer no le vas a traer una? ━le reprochó Luisa sonriendo desde su trono.
Mi marido se había sonrojado como un adolescente. Hice memoria de cuánto hacía que no le veía así. No demasiado, puede que un mes, entré sin llamar en el despacho y él bajó la tapa del portátil con rapidez, he terminado por hoy, aclaró.
━Hace calor, ¿no? ━dijo al ofrecerme la silla antes de apurar la cerveza que le quedaba en la copa.
Luisa y Carlota estuvieron de acuerdo en que la tarde era bochornosa y continuamos hablando del tiempo hasta despedirnos.

sábado, 21 de marzo de 2015

El Duelo



En la esquina de dos calles ruidosas se instala un mendigo. Coloca con cuidado unos cartones. Viste cazadora y vaqueros viejos que contrastan con el aspecto joven, casi niño, que refleja su cara. Se sienta y deja ante él una boina con la que ha espantado el relente de la noche. Mete las manos en los bolsillos de la cazadora y rebusca, en el forro descosido, sus herramientas: ceras chatas de colores indistinguibles.
Antes de sacarlas del bolsillo, unos zapatos que hace años debieron brillar con luz propia y que ahora, a duras penas, mantienen la triste dignidad de disimular agujeros y pespuntes rotos, se han detenido.
El joven espera ver caer la moneda en la boina, en cambio oye una voz.
—Oye, esta es mi esquina.
Levanta la vista y ve a un individuo con traje oscuro y arrugado, coderas de diferente color y camisa casi blanca abrochada hasta el último botón de un cuello que cubre otro
pellejudo como el de un pavo.
—¿Dónde lo pone, colega?
—¿Dónde pone el qué?
—Que esta esquina es tuya.
—Venga, va en serio. Llevo aquí más de un  año. Si algunos hasta saben mi nombre —dice el hombre señalando a los viandantes.
—Me la suda —contesta el de la boina repartiendo en el suelo las ceras como si colocara el instrumental de un quirófano.
—Oye, esto es como si llegas a la oficina y te sientas en una mesa que no es la tuya.
—No me des la vara, viejo. Que no me voy —grita y levantan la vista de las pinturas—. ¿Dónde está la mesa?  ¿Dónde tu nombre? ¿Eh, dónde?
El mendigo sopesa las posibilidades que tendría de echarlo de allí. No parece muy fuerte pero no hay quién le discuta su juventud. Con un suspiro, echa una mirada resignada a la esquina, comprende que ha perdido sin necesidad de pelear y cruza la calle.
La otra acera no le es desconocida. Comenzó a este lado de la calle, pero los olores de la cocina del mesón Los Caracoles provocaban tal ruido en su estómago que le daba vergüenza su hambre.
Dirige la vista a la otra acera. Observa al dibujante ensimismado en su tarea. La gente que pasa se detiene un segundo y  muchos le dejan una moneda en la boina.
El viejo mira los cartones que lleva bajo el brazo. Se acerca a la pizarra que está en la puerta del mesón. La tiza cuelga de un cordel y la arranca con disimulo.
Se separa unos metros y se sienta enfrente del chico. Ahora te vas a enterar, listo. Y escribe en su cartón. Cuando termina lo gira y lo coloca de cara a los peatones y al joven mendigo.

si me da una moneda se sentirá mejor

A pesar de los metros que les separan, ve el rostro crispado del joven, las mandíbulas apretadas, la rabia con que aparta las ceras. Se ha sacado un cartón de debajo del culo y comienza a escribir:

si me da una moneda pasará mejor el día

El viejo aguanta con su cartón unos minutos mientras discurre la réplica. La tiene:

si me da una moneda su conciencia le dejará en paz

Pero el joven también ha ideado un nuevo mensaje

si me da una moneda Dios le bendecirá

Y los cartones cambian y los mensajes se renuevan cada vez con más rapidez

si me da una moneda su sonrisa será sincera

si me da una moneda se le alegrará el corazón


Les queda a cada un pedazo de cartón. Será el mensaje de despedida, el que puede dirimir quién es el ganador del duelo, porque hasta ese momento ambos saben que están igualados: no ha sido difícil contar cuántas personas se han agachado o han alargado el brazo para dejar caer una moneda de veinte céntimos, las más frecuentes. La boina de uno y el platillo del otro han recogido una buena cosecha, pero la tarde cae, hace frío, ambos se frotan las manos y se resguardan, como pueden, en el cuello escaso de sus ropas mientras pasean y piensan.
El de la boina se decide, da la vuelta al último cartón y escribe:

si me da una moneda estaré aquí mañana

El viejo se estremece. Ese mensaje es bueno. Sí, bueno de verdad, cojones. Pero el mío será mejor. Escribe, tacha, vuelve a escribir, borra usando la manga de la desvalida chaqueta. Al fin, cruza una mirada de triunfo con su contrincante y muestra su mensaje:

si no me da una moneda no estaré aquí mañana

***

Manolo ha recogido las mesas de la terraza. Deja para el final la pizarra. Ve a los mendigos, «¿Qué, hoy os quedáis aquí, o qué? Hace frío, largaos ya». Pero al poco rato sale con un par de bocadillos de chorizo. Entrega uno al joven, y mira su mensaje mientras se frota la barbilla. Después al viejo, y reflexiona delante de su cartón. Antes de entrar al bar se gira y les grita,  «Ya me podíais decir mañana quién ha recogido más pasta para conocer mejor a la clientela». 


De la mano de Julio Cortázar





10 Consejos de Julio Cortázar para escribir cuentos:
 Julio_Cortazar a_maquina
1. No existen leyes para escribir un cuento, a lo sumo puntos de vista.
Nadie puede pretender que los cuentos sólo deban escribirse luego de conocer sus leyes… no hay tales leyes; a lo sumo cabe hablar de puntos de vista, de ciertas constantes que dan una estructura a ese género tan poco encasillable”. (Algunos aspectos del cuento)
2. El cuento es una síntesis centrada en lo significativo de una historia.
El cuento es …una síntesis viviente a la vez que una vida sintetizada, algo así como un temblor de agua dentro de un cristal, una fugacidad en una permanencia”… “Mientras en el cine, como en la novela, la captación de esa realidad más amplia y multiforme se logra mediante el desarrollo de elementos parciales, acumulativos, que no excluyen, por supuesto, una síntesis que dé el “clímax” de la obra, en una fotografía o en un cuento de gran calidad se procede inversamente, es decir que el fotógrafo o el cuentista se ven precisados a escoger y limitar una imagen o un acaecimiento que sean significativos”. (Algunos aspectos del cuento)
3. La novela gana siempre por puntos, mientras que el cuento debe ganar por knock-out.
Es cierto, en la medida en que la novela acumula progresivamente sus efectos en el lector, mientras que un buen cuento es incisivo, mordiente, sin cuartel desde las primeras frases. No se entienda esto demasiado literalmente, porque el buen cuentista es un boxeador muy astuto, y muchos de sus golpes iniciales pueden parecer poco eficaces cuando, en realidad, están minando ya las resistencias más sólidas del adversario. Tomen ustedes cualquier gran cuento que prefieran, y analicen su primera página. Me sorprendería que encontraran elementos gratuitos, meramente decorativos”. (Algunos aspectos del cuento)
4. En el cuento no existen personajes ni temas buenos o malos, existen buenos o malos tratamientos.
…en literatura no hay temas buenos ni temas malos, solamente hay un buen o un mal tratamiento del tema”. “Tampoco es malo porque los personajes carecen de interés, ya que hasta una piedra es interesante cuando de ella se ocupan un Henry James o un Franz Kafka”… “Un mismo tema puede ser profundamente significativo para un escritor, y anodino para otro; un mismo tema despertará enormes resonancias en un lector, y dejará indiferente a otro. En suma, puede decirse que no hay temas absolutamente significativos o absolutamente insignificantes. Lo que hay es una alianza misteriosa y compleja entre cierto escritor y cierto tema en un momento dado, así como la misma alianza podrá darse luego entre ciertos cuentos y ciertos lectores”. (Algunos aspectos del cuento)
5. Un buen cuento nace de la significación, intensidad y tensión con que es escrito; del buen manejo de estos tres aspectos.
Julio Cortázar y Gabriel García Márquez
Julio Cortázar y Gabriel García Márquez
…el cuentista trabaja con un material que calificamos de significativo… El elemento significativo del cuento parecería residir principalmente en su tema, en el hecho de escoger un acaecimiento real o fingido que posea esa misteriosa propiedad de irradiar algo más allá de sí mismo… al punto que un vulgar episodio doméstico… se convierta en el resumen implacable de una cierta condición humana, o en el símbolo quemante de un orden social o histórico… los cuentos de Katherine Mansfield, de Chéjov, son significativos, algo estalla en ellos mientras los leemos y nos proponen una especie de ruptura de lo cotidiano que va mucho más allá de la anécdota reseñada”… “La idea de significación no puede tener sentido si no la relacionamos con las de intensidad y de tensión, que ya no se refieren solamente al tema sino al tratamiento literario de ese tema, a la técnica empleada para desarrollar el tema. Y es aquí donde, bruscamente, se produce el deslinde entre el buen y el mal cuentista”. (Algunos aspectos del cuento)
6. El cuento es una forma cerrada, un mundo propio, una esfericidad.
Señala Horacio Quiroga en su decálogo: Cuenta como si el relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida en el cuento”. (Del cuento breve y sus alrededores)
7. El cuento debe tener vida más allá de su creador.
…cuando escribo un cuento busco instintivamente que sea de alguna manera ajeno a mí en tanto demiurgo, que eche a vivir con una vida independiente, y que el lector tenga o pueda tener la sensación de que en cierto modo está leyendo algo que ha nacido por sí mismo, en sí mismo y hasta de sí mismo, en todo caso con la mediación pero jamás la presencia manifiesta del demiurgo”. (Del cuento breve y sus alrededores)
8. El narrador de un cuento no debe dejar a los personajes al margen de la narración.
Siempre me han irritado los relatos donde los personajes tienen que quedarse como al margen mientras el narrador explica por su cuenta (aunque esa cuenta sea la mera explicación y no suponga interferencia demiúrgica) detalles o pasos de una situación a otra”. “La narración en primera persona constituye la más fácil y quizá mejor solución del problema, porque narración y acción son ahí una y la misma cosa… en mis relatos en tercera persona, he procurado casi siempre no salirme de una narración strictu senso, sin esas tomas de distancia que equivalen a un juicio sobre lo que está pasando. Me parece una vanidad querer intervenir en un cuento con algo más que con el cuento en sí”. (Del cuento breve y sus alrededores)
9. Lo fantástico en el cuento se crea con la alteración momentánea de lo normal, no con el uso excesivo de lo fantástico.
El génesis del cuento y del poema es sin embargo el mismo, nace de un repentino extrañamiento, de un desplazarse que altera el régimen “normal” de la conciencia”… “Sólo la alteración momentánea dentro de la regularidad delata lo fantástico, pero es necesario que lo excepcional pase a ser también la regla sin desplazar las estructuras ordinarias entre las cuales se ha insertado…  la peor literatura de este género es sin embargo la que opta por el procedimiento inverso, es decir el desplazamiento de lo temporal ordinario por una especie de “full-time” de lo fantástico, invadiendo la casi totalidad del escenario con gran despliegue de cotillón sobrenatural”. (Del cuento breve y sus alrededores)
10. Para escribir buenos cuentos es necesario el oficio del escritor.
…para volver a crear en el lector esa conmoción que lo llevó a él a escribir el cuento, es necesario un oficio de escritor, y que ese oficio consiste, entre muchas otras cosas, en lograr ese clima propio de todo gran cuento, que obliga a seguir leyendo, que atrapa la atención, que aísla al lector de todo lo que lo rodea para después, terminado el cuento, volver a conectarlo con sus circunstancias de una manera nueva, enriquecida, más honda o más hermosa. Y la única forma en que puede conseguirse este secuestro momentáneo del lector es mediante un estilo basado en la intensidad y en la tensión, un estilo en el que los elementos formales y expresivos se ajusten, sin la menor concesión… tanto la intensidad de la acción como la tensión interna del relato son el producto de lo que antes llamé el oficio de escritor”. (Algunos aspectos del cuento)
Recomendado:

2 Respuestas a “10 Consejos de Julio Cortázar para escribir un cuento

  1. Los consejos provienen de quien escribió cuentos y desde esa experiencia tienen gran valor, pero adicionalmente, la forma en que los describe (los consejos) brinda elementos para guiarse sin perder el estilo puesto que no dicta reglas sino premisas.
    Acabo de leer “Clases de Literatura” de Julio Cortázar, un libro que me ha dejado gratamente impresionado, el cual recomiendo por demostrar la gran humildad y profesionalismo para ampliar perspectivas literarias y conocerle más como autor, ser humano y un ejemplo de lo que implica el conocimiento profundo de lo que se hace.
    Saludos y hasta pronto.
    #ÉxitoSiempre

GERUNDEANDO

https://www.tallerdeescritores.com/quedate-en-casa-a-escribir?sc=dozmv7bo8hzl6um&in=kw35vb0jr7h13kf&random=9092 Por César Sánchez