jueves, 27 de noviembre de 2014

Desde el otro lado del Atlántico

Os dejo este enlace de un escritor argentino porque me ha parecido un cuento maravilloso

http://lanzacuentos.blogspot.com.es/2014/04/clavelina-en-la-puerta-segundo-premio.html?showComment=1417127456244

lunes, 24 de noviembre de 2014

Ejercitar la creatividad

¿Cómo mejorar mi creatividad e imaginación?
Hay una serie de ejercicios, muy sencillos y que pueden parecerte tontos, pero efectivos:
1. Coge un objeto cotidiano cualquiera y búscale otras utilidades. Puede que al principio estés bloqueado, pero con el tiempo aprenderás a abrir la mente. Prueba varios días seguidos o incluso el mismo día con varias horas de diferencia, usando el mismo objeto de partida, y verás que cada vez se te ocurrirán más cosas y distintas a las anteriores.
2. Haz dos columnas en paralelo de palabras inconexas, y luego une de forma aleatoria la primera columna con la segunda. Tal vez la pareja de palabras te inspire.
3. Escribe frases y luego substituye las palabras por otras aleatorias.
4. Mezcla ideas, objetos, personas y lugares que hayas visto en la calle, o en una película.
5. Los sueños pueden ser fuente de inspiración.
6. Siempre recomiendo llevar consigo una pequeña libreta con bolígrafo, e ir apuntando las cosas que ves u oyes que te llaman la atención. Puede que en el futuro te sirvan para usarlos en tu historia. Repasa la libreta de vez en cuando, mezcla distintas ideas o cámbialas, pero no deseches nada.
7. Tormenta de ideas: ponte a escribir sin pensar, lo primero que se te ocurra aunque no tenga sentido, déjate llevar. Con el tiempo agilizará tu mente.
8. Lee mucho, fíjate en cómo están escritas las frases, cómo se presentan a los personajes. Imagina que reescribes una novela desde otros puntos de vista, o imagina otro final.

sábado, 22 de noviembre de 2014

Ejemplo de relato escrito desde el punto de vista de "nosotros"

“UNA ROSA PARA EMILIA” William Faulkner


Cuando murió la señorita Emilia Grierson, casi toda la ciudad asistió a su funeral; los
hombres, con esa especie de respetuosa devoción ante un monumento que desaparece;
las mujeres, en su mayoría, animadas de un sentimiento de curiosidad por ver por dentro
la casa en la que nadie había entrado en los últimos diez años, salvo un viejo sirviente,
que hacía de cocinero y jardinero a la vez.
La casa era una construcción cuadrada, pesada, que había sido blanca en otro tiempo,
decorada con cúpulas, volutas, espirales y balcones en el pesado estilo del siglo XVII;
asentada en la calle principal de la ciudad en los tiempos en que se construyó, se había
visto invadida más tarde por garajes y fábricas de algodón, que habían llegado incluso a
borrar el recuerdo de los ilustres nombres del vecindario. Tan sólo había quedado la
casa de la señorita Emilia, levantando su permanente y coqueta decadencia sobre los
vagones de algodón y bombas de gasolina, ofendiendo la vista, entre las demás cosas
que también la ofendían. Y ahora la señorita Emilia había ido a reunirse con los
representantes de aquellos ilustres hombres que descansaban en el sombreado
cementerio, entre las alineadas y anónimas tumbas de los soldados de la Unión, que
habían caído en la batalla de Jefferson.
Mientras vivía, la señorita Emilia había sido para la ciudad una tradición, un deber y un
cuidado, una especie de heredada tradición, que databa del día en que el coronel Sartoris
el Mayor -autor del edicto que ordenaba que ninguna mujer negra podría salir a la calle
sin delantal-, la eximió de sus impuestos, dispensa que había comenzado cuando murió
su padre y que más tarde fue otorgada a perpetuidad. Y no es que la señorita Emilia
fuera capaz de aceptar una caridad. Pero el coronel Sartoris inventó un cuento, diciendo
que el padre de la señorita Emilia había hecho un préstamo a la ciudad, y que la ciudad
se valía de este medio para pagar la deuda contraída. Sólo un hombre de la generación y
del modo de ser del coronel Sartoris hubiera sido capaz de inventar una excusa
semejante, y sólo una mujer como la señorita Emilia podría haber dado por buena esta
historia.
Cuando la siguiente generación, con ideas más modernas, maduró y llegó a ser directora
de la ciudad, aquel arreglo tropezó con algunas dificultades. Al comenzar el año
enviaron a la señorita Emilia por correo el recibo de la contribución, pero no obtuvieron
respuesta. Entonces le escribieron, citándola en el despacho del alguacil para un asunto
que le interesaba. Una semana más tarde el alcalde volvió a escribirle ofreciéndole ir a
visitarla, o enviarle su coche para que acudiera a la oficina con comodidad, y recibió en
respuesta una nota en papel de corte pasado de moda, y tinta empalidecida, escrita con
una floreada caligrafía, comunicándole que no salía jamás de su casa. Así pues, la nota
de la contribución fue archivada sin más comentarios.
Convocaron, entonces, una junta de regidores, y fue designada una delegación para que
fuera a visitarla.
Allá fueron, en efecto, y llamaron a la puerta, cuyo umbral nadie había traspasado desde
que aquélla había dejado de dar lecciones de pintura china, unos ocho o diez años antes.
Fueron recibidos por el viejo negro en un oscuro vestíbulo, del cual arrancaba una
escalera que subía en dirección a unas sombras aún más densas. Olía allí a polvo y a
cerrado, un olor pesado y húmedo. El vestíbulo estaba tapizado en cuero. Cuando el negro descorrió las cortinas de una ventana, vieron que el cuero estaba agrietado y
cuando se sentaron, se levantó una nubecilla de polvo en torno a sus muslos, que flotaba
en ligeras motas, perceptibles en un rayo de sol que entraba por la ventana. Sobre la
chimenea había un retrato a lápiz, del padre de la señorita Emilia, con un deslucido
marco dorado.
Todos se pusieron en pie cuando la señorita Emilia entró -una mujer pequeña, gruesa,
vestida de negro, con una pesada cadena en torno al cuello que le descendía hasta la
cintura y que se perdía en el cinturón-; debía de ser de pequeña estatura; quizá por eso,
lo que en otra mujer pudiera haber sido tan sólo gordura, en ella era obesidad. Parecía
abotagada, como un cuerpo que hubiera estado sumergido largo tiempo en agua
estancada. Sus ojos, perdidos en las abultadas arrugas de su faz, parecían dos pequeñas
piezas de carbón, prensadas entre masas de terrones, cuando pasaban sus miradas de
uno a otro de los visitantes, que le explicaban el motivo de su visita.
No los hizo sentar; se detuvo en la puerta y escuchó tranquilamente, hasta que el que
hablaba terminó su exposición. Pudieron oír entonces el tictac del reloj que pendía de su
cadena, oculto en el cinturón.
Su voz fue seca y fría.
-Yo no pago contribuciones en Jefferson. El coronel Sartoris me eximió. Pueden ustedes
dirigirse al Ayuntamiento y allí les informarán a su satisfacción.
-De allí venimos; somos autoridades del Ayuntamiento, ¿no ha recibido usted un
comunicado del alguacil, firmado por él?
-Sí, recibí un papel -contestó la señorita Emilia-. Quizá él se considera alguacil. Yo no
pago contribuciones en Jefferson.
-Pero en los libros no aparecen datos que indiquen una cosa semejante. Nosotros
debemos...
-Vea al coronel Sartoris. Yo no pago contribuciones en Jefferson.
-Pero, señorita Emilia...
-Vea al coronel Sartoris (el coronel Sartoris había muerto hacía ya casi diez años.) Yo
no pago contribuciones en Jefferson. ¡Tobe! -exclamó llamando al negro-. Muestra la
salida a estos señores.
II
Así pues, la señorita Emilia venció a los regidores que fueron a visitarla del mismo
modo que treinta años antes había vencido a los padres de los mismos regidores, en
aquel asunto del olor. Esto ocurrió dos años después de la muerte de su padre y poco
después de que su prometido -todos creímos que iba a casarse con ella- la hubiera
abandonado. Cuando murió su padre apenas si volvió a salir a la calle; después que su
prometido desapareció, casi dejó de vérsele en absoluto. Algunas señoras que tuvieron
el valor de ir a visitarla, no fueron recibidas; y la única muestra de vida en aquella casa era el criado negro -un hombre joven a la sazón-, que entraba y salía con la cesta del
mercado al brazo.
“Como si un hombre -cualquier hombre- fuera capaz de tener la cocina limpia”,
comentaban las señoras, así que no les extrañó cuando empezó a sentirse aquel olor; y
esto constituyó otro motivo de relación entre el bajo y prolífico pueblo y aquel otro
mundo alto y poderoso de los Grierson.
Una vecina de la señorita Emilia acudió a dar una queja ante el alcalde y juez Stevens,
anciano de ochenta años.
-¿Y qué quiere usted que yo haga? -dijo el alcalde.
-¿Qué quiero que haga? Pues que le envíe una orden para que lo remedie. ¿Es que no
hay una ley?
-No creo que sea necesario -afirmó el juez Stevens-. Será que el negro ha matado alguna
culebra o alguna rata en el jardín. Ya le hablaré acerca de ello.
Al día siguiente, recibió dos quejas más, una de ellas partió de un hombre que le rogó
cortésmente:
-Tenemos que hacer algo, señor juez; por nada del mundo querría yo molestar a la
señorita Emilia; pero hay que hacer algo.
Por la noche, el tribunal de los regidores -tres hombres que peinaban canas, y otro algo
más joven- se encontró con un hombre de la joven generación, al que hablaron del
asunto.
-Es muy sencillo -afirmó éste-. Ordenen a la señorita Emilia que limpie el jardín, denle
algunos días para que lo lleve a cabo y si no lo hace...
-Por favor, señor -exclamó el juez Stevens-. ¿Va usted a acusar a la señorita Emilia de
que huele mal?
Al día siguiente por la noche, después de las doce, cuatro hombres cruzaron el césped
de la finca de la señorita Emilia y se deslizaron alrededor de la casa, como ladrones
nocturnos, husmeando los fundamentos del edificio, construidos con ladrillo, y las
ventanas que daban al sótano, mientras uno de ellos hacía un acompasado movimiento,
como si estuviera sembrando, metiendo y sacando la mano de un saco que pendía de su
hombro. Abrieron la puerta de la bodega, y allí esparcieron cal, y también en las
construcciones anejas a la casa. Cuando hubieron terminado y emprendían el regreso,
detrás de una iluminada ventana que al llegar ellos estaba oscura, vieron sentada a la
señorita Emilia, rígida e inmóvil como un ídolo. Cruzaron lentamente el prado y
llegaron a los algarrobos que se alineaban a lo largo de la calle. Una semana o dos más
tarde, aquel olor había desaparecido.
Así fue cómo el pueblo empezó a sentir verdadera compasión por ella. Todos en la
ciudad recordaban que su anciana tía, lady Wyatt, había acabado completamente loca, y
creían que los Grierson se tenían en más de lo que realmente eran. Ninguno de nuestros jóvenes casaderos era bastante bueno para la señorita Emilia. Nos habíamos
acostumbrado a representarnos a ella y a su padre como un cuadro. Al fondo, la esbelta
figura de la señorita Emilia, vestida de blanco; en primer término, su padre, dándole la
espalda, con un látigo en la mano, y los dos, enmarcados por la puerta de entrada a su
mansión. Y así, cuando ella llegó a sus 30 años en estado de soltería, no sólo nos
sentíamos contentos por ello, sino que hasta experimentamos como un sentimiento de
venganza. A pesar de la tara de la locura en su familia, no hubieran faltado a la señorita
Emilia ocasiones de matrimonio, si hubiera querido aprovecharlas..
Cuando murió su padre, se supo que a su hija sólo le quedaba en propiedad la casa, y en
cierto modo esto alegró a la gente; al fin podían compadecer a la señorita Emilia. Ahora
que se había quedado sola y empobrecida, sin duda se humanizaría; ahora aprendería a
conocer los temblores y la desesperación de tener un céntimo de más o de menos.
Al día siguiente de la muerte de su padre, las señoras fueron a la casa a visitar a la
señorita Emilia y darle el pésame, como es costumbre. Ella, vestida como siempre, y sin
muestra ninguna de pena en el rostro, las puso en la puerta, diciéndoles que su padre no
estaba muerto. En esta actitud se mantuvo tres días, visitándola los ministros de la
Iglesia y tratando los doctores de persuadirla de que los dejara entrar para disponer del
cuerpo del difunto. Cuando ya estaban dispuestos a valerse de la fuerza y de la ley, la
señorita Emilia rompió en sollozos y entonces se apresuraron a enterrar al padre.
No decimos que entonces estuviera loca. Creímos que no tuvo más remedio que hacer
esto. Recordando a todos los jóvenes que su padre había desechado, y sabiendo que no
le había quedado ninguna fortuna, la gente pensaba que ahora no tendría más remedio
que agarrarse a los mismos que en otro tiempo había despreciado.
III
La señorita Emilia estuvo enferma mucho tiempo. Cuando la volvimos a ver, llevaba el
cabello corto, lo que la hacía aparecer más joven que una muchacha, con una vaga
semejanza con esos ángeles que figuran en los vidrios de colores de las iglesias, de
expresión a la vez trágica y serena...
Por entonces justamente la ciudad acababa de firmar los contratos para pavimentar las
calles, y en el verano siguiente a la muerte de su padre empezaron los trabajos. La
compañía constructora vino con negros, mulas y maquinaria, y al frente de todo ello, un
capataz, Homer Barron, un yanqui blanco de piel oscura, grueso, activo, con gruesa voz
y ojos más claros que su rostro. Los muchachillos de la ciudad solían seguirlo en
grupos, por el gusto de verlo renegar de los negros, y oír a éstos cantar, mientras
alzaban y dejaban caer el pico. Homer Barren conoció en seguida a todos los vecinos de
la ciudad. Dondequiera que, en un grupo de gente, se oyera reír a carcajadas se podría
asegurar, sin temor a equivocarse, que Homer Barron estaba en el centro de la reunión.
Al poco tiempo empezamos a verlo acompañando a la señorita Emilia en las tardes del
domingo, paseando en la calesa de ruedas amarillas o en un par de caballos bayos de
alquiler...
Al principio todos nos sentimos alegres de que la señorita Emilia tuviera un interés en la
vida, aunque todas las señoras decían: “Una Grierson no podía pensar seriamente en
unirse a un hombre del Norte, y capataz por añadidura.” Había otros, y éstos eran los más viejos, que afirmaban que ninguna pena, por grande que fuera, podría hacer olvidar
a una verdadera señora aquello de noblesse oblige -claro que sin decir noblesse obligey
exclamaban:
“¡Pobre Emilia! ¡Ya podían venir sus parientes a acompañarla!”, pues la señorita Emilia
tenía familiares en Alabama, aunque ya hacía muchos años que su padre se había
enemistado con ellos, a causa de la vieja lady Wyatt, aquella que se volvió loca, y desde
entonces se había roto toda relación entre ellos, de tal modo que ni siquiera habían
venido al funeral.
Pero lo mismo que la gente empezó a exclamar: “¡Pobre Emilia!”, ahora empezó a
cuchichear: “Pero ¿tú crees que se trata de...?” “¡Pues claro que sí! ¿Qué va a ser, si
no?”, y para hablar de ello, ponían sus manos cerca de la boca. Y cuando los domingos
por la tarde, desde detrás de las ventanas entornadas para evitar la entrada excesiva del
sol, oían el vivo y ligero clop, clop, clop, de los bayos en que la pareja iba de paseo,
podía oírse a las señoras exclamar una vez más, entre un rumor de sedas y satenes:
“¡Pobre Emilia!”
Por lo demás, la señorita Emilia seguía llevando la cabeza alta, aunque todos creíamos
que había motivos para que la llevara humillada. Parecía como si, más que nunca,
reclamara el reconocimiento de su dignidad como última representante de los Grierson;
como si tuviera necesidad de este contacto con lo terreno para reafirmarse a sí misma en
su impenetrabilidad. Del mismo modo se comportó cuando adquirió el arsénico, el
veneno para las ratas; esto ocurrió un año más tarde de cuando se empezó a decir:
“¡Pobre Emilia!”, y mientras sus dos primas vinieron a visitarla.
-Necesito un veneno -dijo al droguero. Tenía entonces algo más de los 30 años y era aún
una mujer esbelta, aunque algo más delgada de lo usual, con ojos fríos y altaneros
brillando en un rostro del cual la carne parecía haber sido estirada en las sienes y en las
cuencas de los ojos; como debe parecer el rostro del que se halla al pie de una farola.
-Necesito un veneno -dijo.
-¿Cuál quiere, señorita Emilia? ¿Es para las ratas? Yo le recom...
-Quiero el más fuerte que tenga -interrumpió-. No importa la clase.
El droguero le enumeró varios.
-Pueden matar hasta un elefante. Pero ¿qué es lo que usted desea. . .?
-Quiero arsénico. ¿Es bueno?
-¿Que si es bueno el arsénico? Sí, señora. Pero ¿qué es lo que desea...?
-Quiero arsénico.
El droguero la miró de abajo arriba. Ella le sostuvo la mirada de arriba abajo, rígida, con
la faz tensa. -¡Sí, claro -respondió el hombre-; si así lo desea! Pero la ley ordena que hay que decir
para qué se va a emplear.
La señorita Emilia continuaba mirándolo, ahora con la cabeza levantada, fijando sus
ojos en los ojos del droguero, hasta que éste desvió su mirada, fue a buscar el arsénico y
se lo empaquetó. El muchacho negro se hizo cargo del paquete. E1 droguero se metió en
la trastienda y no volvió a salir. Cuando la señorita Emilia abrió el paquete en su casa,
vio que en la caja, bajo una calavera y unos huesos, estaba escrito: “Para las ratas”.
IV
Al día siguiente, todos nos preguntábamos: “¿Se irá a suicidar?” y pensábamos que era
lo mejor que podía hacer. Cuando empezamos a verla con Homer Barron, pensamos:
“Se casará con él”. Más tarde dijimos: “Quizás ella le convenga aún”, pues Homer, que
frecuentaba el trato de los hombres y se sabía que bebía bastante, había dicho en el Club
Elks que él no era un hombre de los que se casan. Y repetimos una vez más: “¡Pobre
Emilia!” desde atrás de las vidrieras, cuando aquella tarde de domingo los vimos pasar
en la calesa, la señorita Emilia con la cabeza erguida y Homer Barron con su sombrero
de copa, un cigarro entre los dientes y las riendas y el látigo en las manos cubiertas con
guantes amarillos....
Fue entonces cuando las señoras empezaron a decir que aquello constituía una desgracia
para la ciudad y un mal ejemplo para la juventud. Los hombres no quisieron tomar parte
en aquel asunto, pero al fin las damas convencieron al ministro de los bautistas -la
señorita Emilia pertenecía a la Iglesia Episcopal- de que fuera a visitarla. Nunca se supo
lo que ocurrió en aquella entrevista; pero en adelante el clérigo no quiso volver a oír
nada acerca de una nueva visita. El domingo que siguió a la visita del ministro, la pareja
cabalgó de nuevo por las calles, y al día siguiente la esposa del ministro escribió a los
parientes que la señorita Emilia tenía en Alabama....
De este modo, tuvo a sus parientes bajo su techo y todos nos pusimos a observar lo que
pudiera ocurrir. Al principio no ocurrió nada, y empezamos a creer que al fin iban a
casarse. Supimos que la señorita Emilia había estado en casa del joyero y había
encargado un juego de tocador para hombre, en plata, con las iniciales H.B. Dos días
más tarde nos enteramos de que había encargado un equipo completo de trajes de
hombre, incluyendo la camisa de noche, y nos dijimos: “Van a casarse” y nos sentíamos
realmente contentos. Y nos alegrábamos más aún, porque las dos parientas que la
señorita Emilia tenía en casa eran todavía más Grierson de lo que la señorita Emilia
había sido....
Así pues, no nos sorprendimos mucho cuando Homer Barron se fue, pues la
pavimentación de las calles ya se había terminado hacía tiempo. Nos sentimos, en
verdad, algo desilusionados de que no hubiera habido una notificación pública; pero
creímos que iba a arreglar sus asuntos, o que quizá trataba de facilitarle a ella el que
pudiera verse libre de sus primas. (Por este tiempo, hubo una verdadera intriga y todos
fuimos aliados de la señorita Emilia para ayudarla a desembarazarse de sus primas). En
efecto, pasada una semana, se fueron y, como esperábamos, tres días después volvió
Homer Barron. Un vecino vio al negro abrirle la puerta de la cocina, en un oscuro
atardecer.... Y ésta fue la última vez que vimos a Homer Barron. También dejamos de ver a la
señorita Emilia por algún tiempo. El negro salía y entraba con la cesta de ir al mercado;
pero la puerta de la entrada principal permanecía cerrada. De vez en cuando podíamos
verla en la ventana, como aquella noche en que algunos hombres esparcieron la cal;
pero casi por espacio de seis meses no fue vista por las calles. Todos comprendimos
entonces que esto era de esperar, como si aquella condición de su padre, que había
arruinado la vida de su mujer durante tanto tiempo, hubiera sido demasiado virulenta y
furiosa para morir con él....
Cuando vimos de nuevo a la señorita Emilia había engordado y su cabello empezaba a
ponerse gris. En pocos años este gris se fue acentuando, hasta adquirir el matiz del
plomo. Cuando murió, a los 74 años, tenía aún el cabello de un intenso gris plomizo, y
tan vigoroso como el de un hombre joven....
Todos estos años la puerta principal permaneció cerrada, excepto por espacio de unos
seis o siete, cuando ella andaba por los 40, en los cuales dio lecciones de pintura china.
Había dispuesto un estudio en una de las habitaciones del piso bajo, al cual iban las
hijas y nietas de los contemporáneos del coronel Sartoris, con la misma regularidad y
aproximadamente con el mismo espíritu con que iban a la iglesia los domingos, con una
pieza de ciento veinticinco para la colecta.
Entretanto, se le había dispensado de pagar las contribuciones.
Cuando la generación siguiente se ocupó de los destinos de la ciudad, las discípulas de
pintura, al crecer, dejaron de asistir a las clases, y ya no enviaron a sus hijas con sus
cajas de pintura y sus pinceles, a que la señorita Emilia les enseñara a pintar según las
manidas imágenes representadas en las revistas para señoras. La puerta de la casa se
cerró de nuevo y así permaneció en adelante. Cuando la ciudad tuvo servicio postal, la
señorita Emilia fue la única que se negó a permitirles que colocasen encima de su puerta
los números metálicos, y que colgasen de la misma un buzón. No quería ni oír hablar de
ello.
Día tras día, año tras año, veíamos al negro ir y venir al mercado, cada vez más canoso
y encorvado. Cada año, en el mes de diciembre, le enviábamos a la señorita Emilia el
recibo de la contribución, que nos era devuelto, una semana más tarde, en el mismo
sobre, sin abrir. Alguna vez la veíamos en una de las habitaciones del piso bajo -
evidentemente había cerrado el piso alto de la casa- semejante al torso de un ídolo en su
nicho, dándose cuenta, o no dándose cuenta, de nuestra presencia; eso nadie podía
decirlo. Y de este modo la señorita Emilia pasó de una a otra generación, respetada,
inasequible, impenetrable, tranquila y perversa.
Y así murió. Cayo enferma en aquella casa, envuelta en polvo y sombras, teniendo para
cuidar de ella solamente a aquel negro torpón. Ni siquiera supimos que estaba enferma,
pues hacía ya tiempo que habíamos renunciado a obtener alguna información del negro.
Probablemente este hombre no hablaba nunca, ni aun con su ama, pues su voz era ruda
y áspera, como si la tuviera en desuso.
Murió en una habitación del piso bajo, en una sólida cama de nogal, con cortinas, con la
cabeza apoyada en una almohada amarilla, empalidecida por el paso del tiempo y la
falta de sol. V
El negro recibió en la puerta principal a las primeras señoras que llegaron a la casa, las
dejó entrar curioseándolo todo y hablando en voz baja, y desapareció. Atravesó la casa,
salió por la puerta trasera y no se volvió a ver más. Las dos primas de la señorita Emilia
llegaron inmediatamente, dispusieron el funeral para el día siguiente, y allá fue la
ciudad entera a contemplar a la señorita Emilia yaciendo bajo montones de flores, y con
el retrato a lápiz de su padre colocado sobre el ataúd, acompañada por las dos damas
sibilantes y macabras. En el balcón estaban los hombres, y algunos de ellos, los más
viejos, vestidos con su cepillado uniforme de confederados; hablaban de ella como si
hubiera sido contemporánea suya, como si la hubieran cortejado y hubieran bailado con
ella, confundiendo el tiempo en su matemática progresión, como suelen hacerlo las
personas ancianas, para quienes el pasado no es un camino que se aleja, sino una vasta
pradera a la que el invierno no hace variar, y separado de los tiempos actuales por la
estrecha unión de los últimos diez años.
Sabíamos ya todos que en el piso superior había una habitación que nadie había visto en
los últimos cuarenta años y cuya puerta tenía que ser forzada. No obstante esperaron,
para abrirla, a que la señorita Emilia descansara en su tumba.
Al echar abajo la puerta, la habitación se llenó de una gran cantidad de polvo, que
pareció invadirlo todo. En esta habitación, preparada y adornada como para una boda,
por doquiera parecía sentirse como una tenue y acre atmósfera de tumba: sobre las
cortinas, de un marchito color de rosa; sobre las pantallas, también rosadas, situadas
sobre la mesa-tocador; sobre la araña de cristal; sobre los objetos de tocador para
hombre, en plata tan oxidada que apenas se distinguía el monograma con que estaban
marcados. Entre estos objetos aparecía un cuello y una corbata, como si se hubieran
acabado de quitar y así, abandonados sobre el tocador, resplandecían con una pálida
blancura en medio del polvo que lo llenaba todo. En una silla estaba un traje de hombre,
cuidadosamente doblado; al pie de la silla, los calcetines y los zapatos.
El hombre yacía en la cama..
Por un largo tiempo nos detuvimos a la puerta, mirando asombrados aquella apariencia
misteriosa y descarnada. El cuerpo había quedado en la actitud de abrazar; pero ahora el
largo sueño que dura más que el amor, que vence al gesto del amor, lo había aniquilado.
Lo que quedaba de él, pudriéndose bajo lo que había sido camisa de dormir, se había
convertido en algo inseparable de la cama en que yacía. Sobre él, y sobre la almohada
que estaba a su lado, se extendía la misma capa de denso y tenaz polvo.
Entonces nos dimos cuenta de que aquella segunda almohada ofrecía la depresión
dejada por otra cabeza. Uno de los que allí estábamos levantó algo que había sobre ella
e inclinándonos hacia delante, mientras se metía en nuestras narices aquel débil e
invisible polvo seco y acre, vimos una larga hebra de cabello gris

Verde que te quiero verde



—Cada uno en su lugar: tú, al junco; tú al estanque bajo los nenúfares —ululó el búho desde la rama más alta del chopo.
—¡No! Yo quiero vivir con Cancionero en el estanque. Bañarme, cantar con él, cuidar de sus alevines...—dijo la mantis sacudiendo con coquetería las antenas como si fueran alas de mariposa.
—Lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible —sentenció el señor del bosque.
—¿Y yo? ¿No puedo mudarme al junco? —preguntó el sapo cambiando el color verde parduzco de sus mofletes por un rubor que brillaba como si se hubiera tragado dos luciérnagas.
—Pero  ¡sapo de Dios!, ¡¿ cómo vas a a vivir en el junco?! Lo doblarías con tu peso y Teresa se ahogaría. ¡Ay!, habéis tenido mala suerte...Sois una de esas parejas de amantes a la que solo le es permitido el amor platónico. Pero animaos, si permanecéis  fieles a vosotros mismos, algún día, alguien escribirá vuestra historia y os hará inmortales.
—¡Pues vaya consuelo! — croó el sapo.
—Encima, utilizados —apuntó la mantis— .Reclamo mi derecho a la intimidad y exijo que mi imagen no se use sin mi consentimiento.
—También yo —, añadió el sapo moviendo sus ojos de globo que parecían volar hacia su enamorada.
—El vuestro es un amor contranatura. Si Teresa viviese contigo cuando te poseyera el hambre te la comerías, Cancionero.
—O yo a él. Eso es asunto nuestro — protestó  la mantis —. Pareces un pájaro de mal agüero en lugar de un ave sabia.
—Hay un orden natural y tiene que ser respetado.
—Por eso mismo: si lo natural es que el sapo se alimente de mantis  religiosas no debes ser tú quién se interponga—razonó Teresa, cruzando una antena con otra y mirando con uno de sus hexágonos visuales a Cancionero que saltó de alegría hasta caer del nenúfar.
—¡Cáspita! Tienes razón. Bien, allá vosotros —concedió el búho emprendiendo el vuelo hacia otro árbol.

Cancionero se transformó en un sapo vegetariano y Teresa en una mantis nunca satisfecha. Así pudieron amarse, contra el orden natural, durante toda su vida.

Marusela Talbé


Reglas de Kurt Vonnegut para escribir un cuento

Sigo con algunas traducciones. Neil Gaiman puso el viernes en su blog (o en su tumblr, no recuerdo bien) las Reglas de Kurt Vonnegut para escribir un cuento. Más que reglas, son sugerencias. De hecho, no estoy tan de acuerdo con la última, es cosa de gustos y del tipo de historia. Sin embargo, el resto me parece que se aplica a todo.
Acá se las dejo en español.
Reglas de Kurt Vonnegut para un cuento
1.     Usa el tiempo de un complete extraño de tal modo que él o ella no sientan que fue un tiempo perdido.
2.     Dale al lector al menos un personaje al cual pueda alentar.
3.     Cada personaje debe querer algo, aunque sea un vaso de agua.
4.     Cada oración debe hacer alguna de estas dos cosas: mostrar personaje o avanzar la acción.
5.     Comienza tan cerca del final como sea posible.
6.     Sé un sádico. No importa cuan inocentes o dulces sean tus personajes principales, haz que les pasen cosas horrorosas, de modo que el lector pueda ver de qué están hechos.
7.     Escribe para agradar sólo a una persona. Si abres la ventana y le haces el amor al mundo, por decirlo de algún modo, a tu historia le va a dar neumonía.
8.     Dale a tus lectores tanta información tan pronto como sea posible. A la mierda con el suspenso. Los lectores deben tener un entendimiento tan completo de qué está sucediendo, donde y por qué, que ellos podrían terminar la historia por si mismos, si las cucarachas se comieran las últimas páginas.

Obtenido del blog "escribe sobre lo que sabes"

sábado, 15 de noviembre de 2014

Aún queda luz

Por la comarcal traquetea una camioneta en el atardecer de agosto. El conductor, capataz de la hacienda La Venturosa, lleva a la propiedad a doña Soledad Ana, sobrina del viejo Martín Martín dueño de la finca.

La mujer se ha recolocado el sombrero varias veces queriendo escapar del sol. Suspira con languidez. Saca un pañuelo festoneado de encaje de su bolsa de mano y lo pasa por la nuca y la frente con disimulo. Entrecierra los ojos y se pregunta por qué se le ocurrió venir al fin del mundo. La herencia, sí; la carta del administrador del tío Martín, claro; su sentido de la responsabilidad, sobre todo eso. Atravesar el país. Todo por una granja qué solo Dios sabía de qué le iba a servir, piensa contemplando sus manos de piel fina y los dedos desnudos de alianza.

La carretera terminó hacía un rato. Ahora, el camino polvoriento atraviesa una zona llana y desértica cuyo fin es el horizonte. Algo oscuro, de forma irregular llama su atención. Lo señala al capataz. El hombre carraspea.

─Serán hijos de la mujer que vive en el chamizo. Tiene cinco o seis. Los deja ahí de vez en cuando. Espera que alguien los recoja.

La respuesta de Soledad Ana queda suspendida al borde de los labios marchitos. En ese momento pasan por delante del bulto: dos niños de pelo revuelto sentados sobre una manta deshilachada. Mira con desconcierto al hombre que conduce.

─ Señora, antes que verlos morir de hambre prefiere que se los lleven. Dice que se le ocurrió al ver que una carreta recogió a un perro que se había tendido en el erial.

─Regrese.

─Mejor seguimos. Esto le viene grande, dicho sea con todo respeto. Además, no queda mucha luz y la necesitamos para llegar a la hacienda. Las últimas lluvias destrozaron el camino…

─Quiero hablar con ella.

El capataz resopla, pero da la vuelta. Se detiene ante los niños que los observan con ojos imperturbables.

Al empujar la puerta de la choza se oye rechinar las bisagras oxidadas como el graznido de un pájaro cortando el aire. En el centro de la pieza una mujer mugrienta apila hojas y ramas; se incorpora y encuentra la mirada de la forastera.

─Tengo seis hijos, no puedo alimentarlos. Llévese alguno ─dice a bocajarro─.  La Beneficencia me acogió dos, pero no más.

Soledad Ana se espanta: un catre, dos orzas, un cubo y un balde de hojalata, y una estera en el suelo arenoso donde se apretujan unas criaturas. “Alguien tiene que ayudarla”, dice hablando para sí. La mujer clavándole la mirada, ruega   “Llévese a estos dos. Ayúdeme usted ya que está aquí”.

El capataz cruza los brazos sobre el pecho y observa a la señora. Se lo advertí ―parece decirle―. Sí, prométale que hará gestiones, que volverá en una semana. Mejor eso. Aunque usted no logrará nada porque ella lo intentó todo. Y es más mujer que usted, señora, dicho sea con todo respeto.

En los siguientes días, Soledad Ana visita al administrador de la propiedad y cuenta la historia. “Qué barbaridad, siento que haya tenido que ver eso nada más llegar a nuestro pueblo. Muy triste. Pero es el Estado el que debe ocuparse. Nadie puede apropiarse de unos niños así como así, como si fueran…pajarillos caídos del nido. ¿A usted no se le habrá pasado por la cabeza, verdad? No, claro que no. Son seres humanos, los dos lo sabemos”.

Tras solicitar audiencia logra que un funcionario del Estado la reciba. “Conocemos el caso, por supuesto. Esa mujer siempre ha vivido así. Allí la parió su madre y allí se quedó. Lástima por los chiquillos, pero saldrán adelante como lo hizo ella”, sentencia el hombre.

Esa tarde, Soledad Ana pasea por la hacienda, cabizbaja a veces, mirando al horizonte otras. Este lugar extraño, perdido en mitad de la nada. Para qué lo quiero. Tal vez crear un lugar de retiro espiritual.  Tal vez organizar una casa de acogida, una escuela. Si don Cástulo quisiera venir aquí sería diferente. Bendito sea el padrecito, mi guía, mi amor Dios me perdone. Pero no dejará la feligresía, lo sé. Yo tendría que renunciar  al bien que hacemos, a las visitas a los enfermos, a las catequesis, a nuestras lecturas del Martirologio. No, a la noche diré al administrador que no viviré en La Venturosa.

“En ese caso no heredará la propiedad porque esa es la condición impuesta por su tío, en paz descanse. Pasará al Estado”.  “Haga lo que tenga que hacer, pero mañana regreso.” A qué esperar más, cada día aquí es día perdido.

De nuevo en la camioneta intenta concentrarse en que dirá a la mujer que la espera, pero le resulta difícil: cuanto más se acorta la distancia más la posee un comezón como el que siente cuando la linchan los mosquitos. El capataz la mira de reojo con media sonrisa. Sí, él sabía. De alguna manera supo que si hubiese sido ella la conductora habría pasado de largo. Soledad Ana desciende con ímpetu del vehículo y cierra la portezuela con un golpe que lo hace tambalear.

La puerta de la choza cede como la otra vez. Un cuchillo de luz ilumina la pared de barro y cañas y ve a la mujer tendida en el catre y a los niños sentados alrededor. Se levantan los dos más grandes, la agarran cada uno de una mano y tiran de ella. Creía que la madre dormía hasta que se fija en la tierra empapada por algo oscuro y amorfo bajo el camastro. Indica al capataz que abra la puerta por completo: la palidez del rostro, los labios blanquecinos, la postración, la hendidura bordeada de rojo oscuro medio oculta entre los pliegues del refajo.

El capataz se acerca liando un cigarro, carraspea, “Siempre fue luchadora. Ya lo consiguió. El Estado se ocupará”.

Marusela Talbé




martes, 11 de noviembre de 2014

Clasificación de textos según el número de palabras

Según Science Fiction and Fantasy Writers of America, responsable de los premios Nébula 


Novela
Sobre 40.000 palabras

Novela Corta
17.500 a 40.000 palabras

Novelette
7.500 a 17.500 palabras

Cuento
Menos de 7.500 palabras

Pero existen otras clasificaciones La inglesa, por ejemplo, considera:


Novela entre 40.000 y 150.000 palabras

Novela corta entre 7.000 y 40.000 palabras

Cuento entre 2.000 y 7.500 palabras

Cuento corto menos de 2.000 palabras

Ficción flash menos de 1.000 palabras

domingo, 9 de noviembre de 2014

Sin título




Cuántas palabras contenidas en esas hojas, cuántas vivencias, realidades y mentiras. Como en las personas. Como en mí. Libros y gentes, ¿no serán la misma cosa? -se preguntaba el hombre sentado ante la biblioteca-. No, viejo, ellos son eternos.


El gran Borges

¡Atención! Microcirugía a cuentos. Realizada por su creador.


http://dreamers.com/manuscritos/docs/manuales/manual029.htm


Una Perla : Definición de Cuento

Enrique Anderson Imbert fue uno de los mejores críticos y narradores de Argentina. Gran enamorado de la literatura, en su libro Teoría y técnica del cuento el viejo profesor nos dejó una magistral enseñanza acerca de qué es un relato. Aquí va:

“El cuento vendría a ser una narración breve en prosa que, por mucho que se apoye en un suceder real, revela siempre la imaginación de un narrador individual. La acción –cuyos agentes son hombres, animales humanizados o cosas animadas- consta de una serie de acontecimientos entretejidos en una trama donde las tensiones y distensiones, graduadas para mantener en suspenso el ánimo del lector, terminan por resolverse en un desenlace estéticamente satisfactorio”.

Revisemos juntos algunos conceptos clave que encierra la segunda parte de la definición:

(La acción) “consta de una serie de acontecimientos”, en los cuentos pasan cosas. Se muestran acciones y personajes que las llevan a cabo. En la descripción en prosa de un paisaje pesadillesco no hay historia hasta que no sobrevenga la pesadilla con sus oscuros hechos y los personajes que lo sufren.

“entretejidos en una trama” esas cosas que pasan forman una urdimbre compacta, una trama de hilos argumentales que, enlazados, van configurando la tela, la textura del texto.

“donde las tensiones y las distensiones”, esta noción es fundamental, cuando a un personaje le pasan cosas, su mundo se altera: se produce un juego de tironeos argumentales que los afectan a él y a su entorno. En medio de esos zarandeos, vemos agonizar (luchar, en griego) a los protagonistas.

“graduadas para mantener en suspenso el ánimo del lector”, el juego de tensiones e intensidades va creciendo de manera tal que no podemos dejar de leer el cuento. Por eso decimos que una buena historia “nos va atrapando”. Parece una metáfora pero es real: el ánimo del lector queda suspendido –“colgado”-hasta la próxima página o renglón.

“terminan por resolverse en un desenlace”. Tarde o temprano, toda sucesión de hechos concluye. Siempre hay una resolución, aun cuando no haya desenlace argumental o el final del cuento quede “abierto”. Las tensiones terminan por distenderse, para bien o para mal de los protagonistas.

“estéticamente satisfactorio”, esa resolución es apropiada cuando satisface nuestro apetito por la belleza. Advertencia: un cuento de espantoso final resulta estéticamente satisfactorio, si bien no “moralmente satisfactorio”.

Básicamente, toda buena historia es una estructura en la que intervienen cuatro momentos bien diferenciados:
Situación inicial: es la que cuenta el estado de las cosas, el ámbito en el que se desarrollará la narración. Es todo lo que sucede previamente al verdadero comienzo de la historia.
Situación número dos o disparador: algo o alguien interfiere en la situación inicial. Lo nuevo y lo inesperado se presentan y atacan el imperante estado de cosas.
Conflicto: del choque de la situación número dos con la situación inicial resulta, siempre, una contrariedad, una dificultad, una traba. A todos esos fenómenos que amenazan cambiar la vida de los protagonistas se los llama, técnicamente, conflictos. Cambian la vida de los personajes tanto para mal como para bien; la situación inicial no tiene por qué ser siempre sosegada y apacible. Supongamos una novela que comienza en un campo de concentración y que describe en sus primeras páginas la horrible miseria de las víctimas y el sadismo de los victimarios (situación inicial). En los siguientes capítulos, una nueva prisionera entre en escena y el jefe del campo se enamora de ella (situación número dos o disparador). ¿Qué debe hacer ese comandante? ¿Ceder al deber y terminar con la vida de su amada o dejarse ganar por el amor? (conflicto). Es el juego de tensiones y distensiones del que hablaba Anderson Imbert.
Resolución: esas tensiones y distensiones tienen que resolverse de algún modo. Las cosas tomarán determinada dirección y desembocarán en una situación de la que no se puede regresar: el final. Ubicado ante el conflicto, el jefe del campo tiene tres posibilidades, como siempre nos sucede a todos en la vida cuando debemos enfrentarnos a situaciones que nos mueven el piso: a)huir; b) pelear; c) adaptarse.



Material extraído del libro "Atreverse a escribir" Marcelo di Marco y Nomi Penzik

Para escribir cuentos, Flannery O'connor

Absolutamente recomendable, no os lo perdaís:


http://cdigital.uv.mx/bitstream/123456789/1795/2/199074P99.pdf

viernes, 7 de noviembre de 2014

La razón número diez

Sentada sobre la sucia manta verde, frente al súper, le sonrió tras la taza humeante.
—No. Nadie me echaría de menos.
—Ok. Si los otros nueve no lo hacen, yo sí.
—Tú no cuentas, te piras mañana.
—Pero hoy estoy aquí. —Se sentó en el suelo abrazándose las piernas—. Hablando contigo.
—¿De qué?
—No sé, ¿de qué te apetece?
—Ayer se me acercó un extranjero, ¿sabes? Y me trajo un sándwich de pollo, un refresco de naranja y una bolsa de patatas fritas —los dos rieron— y esta mañana ha aparecido con un café...

Pablogsgm

El embrujo de Shangai

Desde su tenderete junto a la verja, Juan y Finito habían establecido con la niña enferma una relación muda y afectiva, un código risueño de señales y referencias, y a menudo le prestaban tebeos y novelitas y la proveían de hojas de eucalipto para la olla. La madre de Susana solía aparecer en el jardín para enviar a uno de ellos a comprar fruta, o al carbonero, o al panadero, y cuando por la tarde se iba al cine les pedía que vigilaran para que no entrara nadie en el jardín. Algunas veces me paré a hojear novelas en el tenderete y podía ver a Susana levantarse de la cama y saludar a sus guardianes desde el otro lado de los cristales con una sonrisa triste y agitando la mano.

Un atardecer inhóspito que pasé por la calle de las Camelias cuando los Chacón ya se habían ido, seguramente atosigados por el frío y la neblina que barría la calle y desdibujaba el jardín y la torre, me pareció ver una mancha rosada girando como una peonza detrás de la vidriera, junto a la cama, y era la niña tísica que bailaba abrazada a su almohada. Fue solo un momento, enseguida se dejó caer de espaldas sobre el lecho, luego se incorporó y vi con claridad su mano limpiando el vaho del cristal y seguidamente su cara pegada a él pálida y remota, mirándome como si flotara en el interior de una burbuja. Pero creo que no me vio, porque agité mi mano y no respondió al saludo, y la cálida atmósfera de la galería no tardó en empañar nuevamente el cristal hasta emborronar su rostro.


Juan Marsé.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Entrevista a Andrés Neuman


El Pasado No Es Entretenido, Sino Revelador. Julio 14, 2009


"... Y si lo hice fue porque, por un lado, el mayor acto de justicia era terminarla para poder dedicársela a mi madre, y, por otra parte, ya que no había podido salvar a mi madre, era una tremenda pena dejar morir a los personajes del libro. Y bueno, la ficción tiene ese poder de resurrección no de los seres que tú amas, pero sí de las emociones que los rodean."

Andrés Neuman

Odisea de las castañas



Cuando Guille dio la vuelta a la esquina ya no volvió a ver a Luisito por ningún lado, la plaza estaba concurrida pero ni rastro de aquel pequeñajo, que como siempre, después de provocarle, se le había escurrido como una lagartija entre las calles y los soportales.

Mortificar a Guillermo Robledo De los Robledales, era el más divertido de los juegos para Luis, que no desaprovechaba ocasión cada vez que se lo cruzaba por el barrio:

― ¡Eh, gafotas! ¡Estirao que te pisas la corbatita!

― ¡Cara huevo! ¡Cara huevo!

De nada le servían al niño Robledo sus trece abriles ni sus largas y escuálidas piernas, aquel mocoso de nueve años era su peor pesadilla; menudo y ligero como un gorrión, Luisito siempre se le escapaba, o se camuflaba con el entorno como un camaleón o simplemente desaparecía por arte de birlibirloque.

¡Demonio de crio! Aquella tarde no encontró mejor escondite que tras el puesto de castañas, y ¡Virgen de los Castaños! junto a un saco lleno de castañas, gordas y duras como pelotas de caucho. Con la rapidez de una ardilla, sin que la castañera se apercibiera de nada, se llenó los bolsillos y bien abastecido de munición se pertrechó tras el quiosco de prensa. Cuando la cara de Guille no hizo más que aparecer por el chaflán, mirando a uno y otro lado: ¡Zaca! ¡castañazo! ¡en plena frente! pues no tenia puntería Luisito ni nada, tan entrenado como estaba en tales ofensivas.

El pobre de Guille no supo ni por dónde le venían los tiros. Seguía cabeceando con su cuello de ánade en todas las direcciones buscando a su torturador, cuando un nuevo proyectil le dio en mitad de la espalda. Se volvió y vio la castaña en el suelo, la recogió, la miró con atención y aunque el chico no era muy avispado, logró relacionar la extraña munición con el puesto de la castañera, así que se dirigió hacia allí relamiéndose de gusto:

― ¡Esta vez te pillo, listillo! ¡Te vas a enterar!

Pero en ese momento un silbido junto a su oreja le advirtió de que, esta vez el lanzamiento no había hecho diana en su persona y además le vino por la retaguardia, así que se volvió intrigado:

― ¿Humm? pero entonces ¿Dónde estás? ¡maldito gusano!

Y así fue como no se dio cuenta, de que esta vez el proyectil hizo impacto en un tranquilo viandante, que caminaba en avanzadilla ajeno a aquella conflagración. Según se dio la vuelta el buen hombre, se encontró con la expresión anonadada de Guille que aun sujetaba la castaña en la mano. Ambos se miraron, el señor con mirada desafiante y el chico sin saber donde mirar. Por suerte para el pequeño Robledo de los Robledales, justo en ese momento, una andanada de castañas volantes pasó rauda junto a ellos, alcanzando a algún que otro transeúnte. Cuando unos y otros quisieron reaccionar, el listillo de Luisito, que estaba disfrutando más que con sus videojuegos, ya había cambiado de atrincheramiento y reanudaba su ataque desde un nuevo ángulo.

En cosa de unos minutos la plaza se vio colapsada por una lluvia meteórica de castañas y un montón de ciudadanos sorprendidos, que miraban en todas direcciones sin saber que estaba ocurriendo. Unos se resguardaban poniéndose el antebrazo sobre la cabeza, otros se agachaban tras una de las papeleras, las señoras se parapetaban tras los caballeros, y los niños reían y se sumaban a aquella fantástica “guerra de las castañas”, de la que se habló durante mucho tiempo en el colegio.

Cuando tras la inesperada emboscada, algunos empezaron a reaccionar y se dieron cuenta de que se trataba de castañas, se dirigieron todos a una, y sin haberse puesto de acuerdo, hacia el puesto de castañas.

La castañera al verlos venir se puso muy contenta: ― ¡Madre mía, cuanto público hoy! –pensó- pero al fijarse en que todos traían las manos llenas de castañas, se quedó como conmocionada: ―¡Nunca me había ocurrido tal cosa, normalmente las castañas las pongo yo!

Cuando la situación se medio tranquilizó, pues todos a la vez se demandaban explicaciones los unos a los otros, la castañera, que no salía de su asombro, echó un vistazo al saco de sus castañas y viéndolo medio vacío empezó a imaginar lo que había pasado, pero para entonces Luisito ya iba camino de su casa con una sonrisa traviesa dibujada en la cara.


Theru

martes, 4 de noviembre de 2014

La señora Marisa



(Dedicado a las señoras mayores de cuarenta. Abstenerse menores de edad, física o mental.)



A las cuatro de la tarde me presenté en el domicilio de mi amigo para irnos juntos hacia Filología. Aunque la clase empezaba a las cinco, estaba ansioso por enseñarle el texto desencadenado por la novela Lolita de Nabokov: quería ver su expresión cuando le contara que había escrito mi mejor poema mientras me masturbaba... manoarriba, un verso; manoabajo, otro verso.

―¡Hola Miguel, cuánto tiempo sin verte! ―La madre de mi amigo abrió la puerta―. Pasa y espéralo en el salón: no creo que tarde en llegar... te haré café. ¿Has comido?

―Lo siento; olvidé que Juan iba hoy al gimnasio... no se moleste...

―¡Qué muchacho! No es ninguna molestia. ―Me agarró de un brazo con suavidad y me condujo al salón―: Siéntate en el sofá y ahora te traigo el café... ¿cómo están tus padres?

―Muchas gracias. ¿Mis padres? Bien y...

Me interrumpí al mirarla: los labios gruesos y rojos de aquel rostro todavía terso me turbaron. Nunca me había fijado bien en aquella mujer porque era la madre de mi amigo ―recordé que algunos compañeros de facultad alardeaban de sus interesantes experiencias sexuales con maduritas―, pero aquel día, a solas con ella por primera vez, descubrí la belleza cálida y rolliza que insinuaba su ligero vestido lila de verano, abotonado desde las rodillas hasta el amplio y espléndido escote.

―Voy a preparar café ―dijo al darme la espalda, y su orondo trasero, para dirigirse a la cocina.

Unos minutos después, la señora Marisa se inclinó sobre la mesa del salón para dejar la bandeja. Frente a mí, a un escaso metro, dos enormes tetas intentaban escapar del generoso escote que apenas las contenía con un pequeño botón. Como si éste adivinara mi deseo, se desprendió y liberó dos blanquecinas montañas que saltaron hambrientas y redondas hacia mi rostro. Las agarré con fuerza antes de que me taparan la boca y la nariz con su lechosa inmensidad, y tuve una erección instantánea al comprobar la todavía suave y firme piel que los cubría... los erectos pezones, rosados e insolentes, miraron mi boca con la perversa intención de penetrarla hasta que una lengua larguísima, afilada y babosa, les atacó como una lanza: era la mía, incontrolable y ávida, sedienta de aquellas moles maternales.

―Miguel, aquí tienes el azúcar y unas galletas. Espero que Juan no tarde mucho ―La voz de la señora Marisa me despertó de mis fantasías y la miré sudoroso y culpable. Ella, con una sonrisa que me pareció dulce, dejó la cafetera en la bandeja después de llenarme la taza y se subió el escote del vestido hacia arriba, insinuando que se había percatado de mi lúbrica mirada. Ruborizado, bajé la vista hacia la mesa, recogí la mochila del suelo, la coloqué encima de mi vientre para ocultar la abultada bragueta, cogí con mano temblorosa la taza de café y bebí deprisa un amargo sorbo.

―Lo siento... tengo que irme: Juan no viene y va empezar la clase de... ―dije sin mirarla al levantarme.

―No te preocupes, no pasa nada, cosas de jóvenes y... mi hijo no estará en casa mañana por la tarde ―susurró al llevar mi mano derecha hacia su escote.

Matilde Selva

GERUNDEANDO

https://www.tallerdeescritores.com/quedate-en-casa-a-escribir?sc=dozmv7bo8hzl6um&in=kw35vb0jr7h13kf&random=9092 Por César Sánchez