viernes, 31 de octubre de 2014

Pedro Páramo



"-¿Es usted don Bartolomé? -y no esperó la respuesta. Lanzó aquel grito que bajó hasta los hombres y las mujeres que regresaban de los campos y que los hizo decir: parece ser un aullido humano; pero no parece ser de ningún ser humano.

La lluvia amortigua los ruidos. Se sigue oyendo aún después de todo, granizando sus gotas, hilvanando el hilo de la vida."

Juan Rulfo

Despedida





Alcanzó la maletita de cartón piedra del altillo aupándose sobre las puntas, y restos de hojas de otoño se desprendieron de los zapatos. La apoyó en la cama doble. Del cajón de la cómoda escogió la ropa íntima, el frasco de perfume de violetas, el diario…, tras este apareció ―no lo recordaba― su ramo de novia: un lirio de pétalos transparentes. Exhausto, le vino a la cabeza. Lo depositó sobre la ropa un instante, lo tomó de nuevo, acunándolo fue hacia la ventana, suspiró y lo arrojó por ella.

Marusela Talbé




El fotográfo y la eternidad





«Estaba allí sentada, bien derecha en el banco, mirando de frente. Destacaba sobre los cristales oscuros: rodillas juntas y pies separados formando un triángulo equilátero como dibujado con escuadra y cartabón; a ambos lados de los muslos caía la tela de la falda, alas en reposo de un ave de fuego; sobre esta, en el centro —ante su centro— descansaban las manos con los dedos entrecruzados como en oración. 


Llevaba la chaqueta cerrada con una hilera de botones y el cuello redondo abrazaba la garganta esbelta como la de una garcilla. Era maravillosa. Me di cuenta a la primera ojeada que poseía una simetría bilateral única. Desde los pies, esquinas del triángulo, hasta la cabeza. Sí, también la cabeza. Peinada con raya al medio, la línea blanquecina del cuero cabelludo se convertía en bisectriz y abría el pelo oscuro en mitades sujetas con horquillas cayendo las guedejas, idénticas, sobre los hombros. 


Supe de inmediato que revelaría la imagen en blanco y negro, y dejaría la falda en su color original. Naturalmente, no iba a robar la foto. Me acerqué. Le expliqué que no era un fotógrafo cualquiera —soy uno de los grandes, señor juez, puede comprobarlo fácilmente—. Que pensaba editar un libro con mis mejores obras y que estaría encantado de hacérselo llegar a cambio de una instantánea. Sonrió tímida como una colegiala. Confesó que nunca había posado. Quédese así, le dije, no se mueva. Sencillo. 


Me separé, la tenía centrada en el objetivo. Pero es lo malo de las estaciones, ¿sabe?, un tipo cruzó por delante justo en el momento del disparo, Sorry dijo, y siguió como si nada hubiera ocurrido. Imbécil. Enfocaba de nuevo cuando oí un estrépito. Se aproximaba un grupo de excursionistas que se interpuso entre nosotros por unos minutos.

Pensé que ella habría podido marcharse entre esa manada de gente. Si hubiera sido así yo…Por fortuna, reapareció estática sobre el banco como en un altar. Me dispuse a disparar. Pero al observarla a través del objetivo algo había cambiado. No era la misma. Era vulgar; una joven sosa e impasible. El pulso me tembló. En ese momento lamenté mi precipitación. Me abrumó la posibilidad de que no hubiera elegido a la persona adecuada. Bajé la cámara, la miré acongojado, y entonces me di cuenta, ¡ella había retirado las manos de su falda! No estaban delante de su centro sino que las había colocado, de cualquier manera, sobre el banco. Conseguí serenarme. Aún era posible.

Si usted no es aficionado a la fotografía, señor juez, no lo entenderá, pero imagine tener la ocasión de convertir en eterna la perfección; de suspenderla en el tiempo como una estrella en el infinito. ¡De atrapar lo divino en papel para rescatarlo del olvido cuando quiera! Imagínelo. Hice acopio de paciencia, le expliqué, la coloqué de nuevo, inigualable, en aquel banco. Quedaban solo unos minutos de luz pero, al fin, tenía a la chica y soledad alrededor. ¡Clic! Disparé aunque supe que todo se había ido al garete. Me acerqué y la abofeteé. Sí, es cierto. No lo niego. Y la habría matado con mis propias manos. ¿Sabe qué había hecho? ¡Había girado la cabeza, mirado de reojo y sonreído adoptando una pose coqueta! Incluso sexy. Lo que el objetivo había captado era un rostro torcido, unos labios entreabiertos en desigual sonrisa, el torso doblado y giboso, y las piernas…Adiós simetría. Pobre criatura ridícula. Para colmo había empezado a gritar, a pedir socorro como si yo fuera a…En fin, es joven, aún puede tener oportunidad en manos de otro artista. Ya no en las mías, desde luego, nuestro feeling se perdió. Haga lo que tenga que hacer, señoría, pagaré una multa, realizaré servicios a la comunidad, ...».

—¿Qué sabe de la sexagenaria que apareció estrangulada hace aproximadamente un mes en el aparcamiento de esa misma estación
?

Marusela Talbé

jueves, 30 de octubre de 2014

Claroscuro



―No cambies de acera que ya te ví.

Desde el lado opuesto de la calzada un hombre responde:

―No cambié por ti, compadre. Cambié por la sombra.

―¡Pues claro está! Tú siempre por lo oscuro ―contesta el primero, que lleva sombrero de paja.

―Más oscuro tú que te sombreas de continuo con el ala del jipijapa.

―Pues fíjate como es la cosa que yo con solo este gesto ―dice descubriéndose―, me hallo en plena luz.

―Así me gusta ―dice sonriente el contrincante―, que te descubras cuando te dirijas a mí.

―¡Maldito!

Marusela Talbé

El regalo



El cajero automático parpadeó, saltaron chispas y empezó a escupir cientos de billetes. Tú que paseabas al perro con desgana y que con docilidad sucumbías ante el pesimismo día a día, fuiste el primero en acercarte, tímidamente, mientras mirabas a un lado y a otro pensando que en cualquier momento aparecería un pringao, micrófono en mano, al que envidiarías, para decirte que se trataba de una cámara oculta.
Luego te aproximaste tú, anciana de mano huesuda y artrítica agarrada al bastón, la que con disimulo empujaste al chico y a pesar de la rigidez de tu columna te agachaste lo suficiente para atrapar un par de billetes.
Seguisteis vosotros: transeúntes desocupados del barrio obrero con las manos en los bolsillos vacíos los que, sintiendo cosquillas en el estómago y abriendo los ojos incrédulos para intentar comprender el azar que se había colado en el día gris, os humillasteis una vez más pero ahora con un impulso feliz.
Llegasteis vosotras, hartas de fregar suelos que no son vuestros, de mendigar un kilo de esto o un paquete de esto otro, y abandonasteis las bolsas con la humilde colecta para entregaros a una forma tan fácil de conseguir dinero que os temblaban las manos.
La confusión se convirtió en dicha. Después en avaricia.



La última mano ha sido la tuya, chiquilla; rápida como la lengua de un camaleón ha salido de tu manga cochambrosa para volver a esconderla junto a su presa de papel y, así, evitar que un adulto te arrebate el único billete que has conseguido escurriéndote entre esa maraña de piernas y brazos compactos como un muro.

Faltabas tú. Has aparecido desbocado como un caballo salvaje, acompañado del guardia de seguridad para que no quepa duda de quién manda aquí, reclamando honestidad y decencia. Tú, el depositario de las monedas, sucesor de Judas, te desgañitaste hasta que la garganta se quemó y tus pies se cansaron de castigar el suelo con patadas de rabia. Pero no te sirvió de nada: los billetes habían desaparecido, volado a otras manos, como impulsados por una ráfaga de viento justiciero que milagrosamente hubiera visitado el barrio.


Marusela Talbé

martes, 28 de octubre de 2014

Historia de Pepe el "bello"



Esta historia seguro que no la conocéis, sucedió hace mucho tiempo.
El domingo Pepe “el bello” como no podía salir al mar en su lancha, fue a la cetárea con su caña a pescar.
Al llegar a la piscina divisó algo en la arena, le pareció ver a una persona. A medida que se iba acercando se sentía más confundido, lo que contemplaba era sorprendente. Una sirena estaba varada en la arena ¡Pero si no existen! pensaba Pepe.
Se acercó con cuidado, arrodillándose en la arena a su lado. No se movía. Una larga melena rubia le cubría la cara, apartó un poco el pelo y se quedó prendado con su belleza.
Su corazón empezó a palpitar con fuerza, su respiración era cada vez más agitada, no sabía qué hacer.
De repente, se le ocurrió que podía necesitar agua. Dejó su caña y demás enseres al lado de la sirena y se dirigió a la orilla con el cubo que siempre lleva a pescar.
Recogió agua, regresó a su lado y mojando su mano fue pasándole poco a poco por la cola. Enseguida empezó a moverse y cuando abrió los ojos se asustó echándose atrás, era la primera vez que veía a un humano.
─Tranquila, no te voy a hacer nada ─le dijo Pepe, intentando calmarla.
─Aaaaa Aaaaaa Aaaaaaa ─cantó ella con su voz melodiosa.
─Claro no me entiendes, no pasa nada, si quieres te llevo hasta el agua ─le dijo Pepe señalando hacia el mar.
Ella le entendió y le dijo que si con la cabeza.
Pepe la cogió en brazos y la llevó al mar.
Cuando ya estaba a la altura de la cintura la sirena empezó a moverse y él la bajó despacio sin dejar de mirarla. No quería soltarla, no quería dejarla ir.
La sirena lo miró a los ojos y empezó a hablar en su idioma. Pepe no entendía nada, pero estaba hechizado, esa voz tan dulce...
─Ooooooo, Oooooo, Ooooo, ooooo ─cantaba la sirena mientras se despedía levantando la mano.
Después de desaparecer la sirena en el mar, Pepe se quedó clavado en el agua sin moverse durante diez minutos. “No hay mujer más hermosa en tierra, ¡quién fuera pez como ella! disfrutaría del mar para siempre” pensaba Pepe mientras salía del agua.
Se marchó a casa hipnotizado por la sirena.
Su vecina Manolita le preguntó:
─¿Qué te pasa “bello”?
─¿Por qué me lo preguntas?
─Hombre, hace una hora que te fuiste a pescar ya estás de vuelta y no traes ni cubo, ni caña, ni nada.
─Nada Manolita, nada, que me acordé que había dejado la comida en el fuego y vine a apagarla, y lo dejé todo en la cetárea.
Pepe no sabía qué hacer, no tenía ganas de nada, no sabía que le pasaba.
Al día siguiente salió como siempre con su lancha. Estaba preparando las redes, cuando se asomó por la borda la sirena.
Sorprendido, la miró con dulzura y le dijo: “¡Hola!”
La sirena le cogió del brazo y lo acercó a ella. Él no se resistió y dejó que le diera un beso.
─¿Cómo te llamas sirena? ─le preguntó sin esperanza de entender lo que ella dijera.
─Me llamo Perla ─le contestó la sirena.
Pepe se sorprendió mucho al entenderla y ella se dio cuenta y le explicó.
─Es por el beso, ahora entiendes todo lo que yo diga y también lo que digan todas las criaturas del mar, bueno hasta que se pase el efecto.
─¡Ah, qué bueno!
─¿Quieres venir conmigo al fondo del mar?
─No tengo botellas de oxígeno aquí, no creo...
─Tranquilo, no te harán falta.
─¿Cómo...?
La sirena lo tiró al agua y una vez dentro le sopló en la nariz y así Pepe pudo respirar en el agua.
Dieron un paseo por el fondo del mar. Pepe estaba alucinado con su belleza y le dijo a la sirena.
─No me importaría quedarme aquí para siempre.
Puedes hacerlo si quieres le respondió Perla.
─¿Si? me encantaría vivir aquí contigo.
─Ven, vamos a ver a Neptuno.
Se dirigieron al castillo del rey y hablaron con él. Neptuno se oponía, pero Perla y Pepe estaban tan seguros que al final accedió, aunque le dijo a Pepe que si hacía algo malo contra ellos, lo pagaría con su vida.
Neptuno dirigió su tridente a Pepe y lo convirtió en sireno y nunca más regresó a su casa en tierra.
Dicen, que todos los años por el Rosario, está vigilando lo que hace la gente del pueblo, escondido en la cueva, es lo único que añora de tierra, pasear a su virgen por el mar. Y si prestáis atención seguro lo oiréis cantar.


Kristin

Margarita está linda la mar



Pierre tiene una tienda de antigüedades en al casco viejo de Niza escondida en el laberinto de callejuelas adoquinadas, fragantes a jazmín y a mar. Sobre el local, su vivienda: un apartamento pequeño pero con una terraza de más de cuarenta metros cuadrados que se vuelca al mar.

Cuando un cliente duda si comprar esa pieza que “Puede que lo sea, pero no sé…Parece que no se ajusta a la época de datación”, Pierre lo toma del brazo, por una escalera de caracol lo desembarca en la terraza, le invita a tomar algo y le presenta a su mujer: Marguerite —Mar como él la llama—, es la experta en arte.

Pero Mar está ausente. “Ausente del mundo, doctor, ¡no comprendo qué le pasa! Sí, deprimida, pero ¿por qué? Se siente insatisfecha, dice. Mejoró cuando tomaba tres pastillas al día”, le cuenta al médico, que asiente comprensivo. Y vuelve a casa con una caja con mayor número de comprimidos.

― ¿Eres tú, cariño? ― la voz proviene de una mujer que se marchita tendida en una hamaca en la terraza. Ronda los cuarenta. Se adivina, tras la máscara de la apatía, una mente despierta y un rostro hermoso―. ¿Qué ha dicho el médico?

―Que sí, que tomes las tres pastillas ―Pierre se asoma a la barandilla de la terraza― ¡Ahí está!

― ¿Quién? ―pregunta ella sin moverse de la hamaca.

―Ese hombre. Me da la sensación de que es alguien famoso. ¡Asómate!, ¿lo reconoces?

―El traje es alta costura, estoy segura… Un poco excéntrico con ese sombrero de paja ¿verdad?, pero muchos ricos lo son. No me resulta conocido. Desgarbado y chulo, ¡qué gracioso!

El personaje alza la vista en ese momento, sonríe y se quita el sombrero a la vez que inclina cómicamente la cabeza, a continuación todo el torso y después flexiona la pierna derecha .

―Una reverencia en toda regla ¡ Como un mosquetero! ―Mar ríe.

—Viene a la tienda. Voy a atenderle —anuncia Pierre, atusándose el escaso cabello y alisando su camisa.

Mar escucha las voces de Pierre y Coralie, la ayudante del negocio, hablar con él y tras un rato, oye pasos en la escalera. Su marido suele levantar la voz antes de llegar a la terraza para prevenirla, pero esta vez no era necesario.

―El señor dice que no tiene nombre, querida ―indica su marido guiñándole un ojo―. Además, no sabe muy bien lo que busca. Le he dicho que suba a tomar un refresco y se deje aconsejar por tí. 

El desconocido se adelanta, toma la mano de Mar, hace ademán de besarla y cuando parece que va a retirarse, la besa impetuoso y con sonoridad cómica. Ella ríe divertida, mientras el rostro de Pierre muestra desconcierto.

―Le traeré un refresco, ¿quiere? —propone Mar.

―Preferiría una cerveza. Y algo de picar. No me sienta bien beber con el estómago vacío.

El anticuario se sorprende no tanto por el desparpajo de su invitado, como por la naturalidad con que actúa su mujer.

―Dos bellas mujeres, una abajo y otra arriba, ¡vaya suerte!, ¿eh? —le comenta guiñándole un ojo y bajando la voz en cuanto Mar se pierde por el pasillo. Pierre enmudece―. Vamos, no irá a decirme que no hay un affaire con la señorita Coralie. Estas cosas se notan ―el hombre le pasa un brazo por los hombros ―, pero no se preocupe, su secreto está seguro conmigo —afirma sonriente.

Pierre prefiere regresar a la tienda, aunque a medida que transcurren los minutos se impacienta y se acerca cada poco tiempo al pie de la escalera. Oye a Mar y al desconocido a veces riendo, a veces cuchicheando y ahora, en este momento, se escucha música y parece que bailan.

―¡Tranquilízate! ―le reconviene Coralie.

― No sé qué hace tanto tiempo ahí arriba. Por otro lado, si algo fuera mal Mar me habría avisado, ¿no?
―Nos hemos pasado la tarde vigilando cada ruido de ahí arriba. Ha habido de todo, Pierre. Yo juraría que hasta se han besado— sugiere Coralie maliciosamente frunciendo con coquetería los labios juveniles maquillados de rojo intenso.—Pierre protesta con vehemencia— Si de verdad me quieres eso no debería importarte ―añade mimosa acercándoselos al oído.

En ese instante Mar se asoma a la escalera, “Pierre, nuestro invitado se queda a cenar. También le he invitado a dormir”, le advierte entre risueña y misteriosa.

Al día siguiente, Pierre se despierta con resaca. Recuerda que la noche anterior cenaron, bebieron —demasiado, a juzgar por su dolor de cabeza— y bailaron.

"Al despertar, Mar no estaba en la cama, ¿dónde está?, me pregunté ― le contará más tarde a Coralie―. Encima de la mesita de noche vi la hoja doblada, la abrí y ¡mira! : “Cariño, no te enfades, me voy con Tipo. Así le he llamado porque no recuerda su nombre, ja,ja,ja. No es rico, cree que es un vagabundo. El traje se lo regalaron en un outlet. Voy a vivir su vida desordenada y absurda que me hace reír. Tú pásalo bien con Coralie. Puede que volvamos a vernos. Tira mis pastillas, ya no las quiero. Un beso, Marguerite”.


Marusela Talbé

lunes, 27 de octubre de 2014

John Banville

"Bueno, en mi opinión, la ficción consiste en soñar mientras estás despierto. Además, una frase siempre puede escribirse mejor. Me considero un poeta en prosa. ¿Usted usa también esa artesanía, en su propia escritura, con esa complejidad o complicidad que exige la poesía?"

Preadultas





Mis papis dejaron de escribir a los Reyes para hacerlo a la cigüeña. Se llamará Zhanna y pronto aprenderá a estresarse delante de los escaparates de gominolas. Madrugará para ser esclavizada por Bob Esponja. Se enrabietará cuando a final de mes se acaben los pasteles y el chocolate. Prometerá portarse bien para ir a casa de los yayos a perseguir gallinas y esperar regalos.

Imitará a mamá: cocinará para todos los Pokemons, planchará la ropa de Hello Kitty y limpiará la Casa de Mickey Mouse. Detectará toda la comida corrupta: la verde, la roja y la del centro. Pagará con besos cada una de sus deudas. Sin embargo, yo le enseñaré todo aquello que para los adultos no existe.

Rukkia

La añoranza del rey



Camina lento y majestuoso por un barrio marginal. La soledad y el olor a mojado se cuelan por todos sus poros y le transportan a un pasado sin ataduras. Hace tiempo que no pisa las calles de noche con la única compañía de un par de amigos y su perpetua melancolía. Por ser rey tiene prohibido realizar actividades habituales para el pueblo. Lo asume y se conforma con su suerte, pero no por eso lo añora menos.

—¿Qué crees que pasaría si te vieran? —le han dicho más de una vez.
La advertencia de uno de sus compañeros le saca de sus pensamientos.
—¡Venga, Melchor, acelera! Aún nos quedan muchos regalos por repartir.

Marga García Pacios

domingo, 26 de octubre de 2014

Ella no necesita un psiquiatra



Se paró un instante en el vestíbulo. Como una autómata se dirigió al buzón, lo abrió. Extrajo varios sobres que hojeó sin prestar atención. Propagandas; publicidades que la hacían sonreír porque ella —reina de los dobles sentidos, metáforas y símiles—, se las sabía todas. “Si trabajasen en mi agencia durarían lo que un insecto ante un camaleón”. 


Se enfrentó al ascensor. No sabía qué tipo de fobia estaba gestando, pero cada día tragaba saliva antes de subir al hermético de acero, como lo había bautizado.
“Por qué coño se nos ocurriría elegir las alturas”. Tomó aire y entró. Veinte pisos recorridos en cuarenta segundos si no hay paradas intermedias. Lo ha comprobado un centenar de veces para decírselo al psiquiatra, cuando vaya: “Cuarenta eternos segundos”. Dani desea que concierte la cita. Ella sabe que no es solo por el ascensor es, sobre todo, por el constante posponer el tema de los hijos. “Dame una razón, cariño. Somos una pareja estable, las cosas nos van mejor que bien, tenemos salud. Nos falta crear una familia, un par de niños. Será maravilloso. Ya lo verás”. La palabra familia rechina en su cerebro igual que encontrar arena en un plato de almejas.

Una voz de caramelo anuncia la planta veinte. Por fin puede abandonar el hermético que la asfixia como si hubiera ascendido a ocho mil metros. Suda. La llave padece el baile de San Vito y cuesta introducirla en la cerradura hasta que sujeta una mano con la otra. Se abren unas puertas y se cierra otra. Reflexiona apoyándose sobre la mesa redonda de cristal y pizarra que ocupa la entrada “Es fría”, le había comentado a Dani en la tienda de Milán. “Es espectacular — había contestado él—. Como tú”.


Daniel, buen publicista, todo un manipulador. Lo supo desde el primer momento y por eso se consideraba a salvo, pero le fastidiaba la frescura con que usaba esa habilidad. Lo había reflejado en varios relatos. Se los enseñaba cuando mostraba interés por sus textos. Nunca se dio por aludido. No sabía si era una pésima escritora o el hombre con quién vivía, un necio. No compartía con nadie una vocación que se iba abriendo paso a empujones, con un ímpetu que la desequilibraba y que ocupaba más espacio del que tenía disponible, como si un archivo de mil teras quisiera descargarse en un portátil.

Dejó las cartas y el bolso sobre la mesa. Se detuvo bajo el arco que daba paso al salón con su frente de ventanales asomados al cielo de la ciudad. “¿Cuántas veces los he abierto en el último año? Cuatro. Cinco. La climatización me atrapó”, se dijo.
Sacudió la cabeza para huir de la visión que le palpitaba dentro; el recuerdo de la visita al escritor reconocido la apremiaba. La había recibido en el piso, con escaleras de madera que crujían secas de tantas lejías, en el barrio viejo de la ciudad: zonas peatonales, turistas, tiendas de recuerdos, y franquicias de bares de comida rápida mezclados con viejas tabernas frecuentadas por sus parroquianos. Sentada frente a él, le había lanzado una pregunta que la noqueó: ¿Por qué quiere escribir?”. Incómoda en la habitación con balconcillo, librería desigual comprada a golpe de edición, libros manoseados, cenicero con escudo de un club de fútbol, y ante una persona —sobre todo eso— que no podría estar en ninguna otra parte mundo porque ese cuarto era un abrigo hecho a medida, la embargó la envidia. Él no envidiaría a nadie y nada echaría en falta, porque lo tenía todo. La entrevista no había funcionado. No es que esperase que el escritor abriera su manuscrito y bolígrafo en mano se dedicara a comentar frases, elipsis, metáforas..., no; aunque, tal vez, un poco sí. Pero fue ella quien insistió en dejárselo a pesar de la certeza de que el hombre no encontraría tiempo para leerlo, y él quién no supo rechazarlo.


Al regresar de estas reflexiones pensó que podía llevar allí quince minutos o quince segundos, notó que en otro tiempo no se habría perdonado el despiste y ahora no le importaba.

Se había descalzado los “manolos”, servido una copa de vino y miraba los tejados de la ciudad cuando oyó el ruido de la llave en la puerta. Se giró. Daniel se acercaba sonriendo. La cogería por la cintura y besaría su mejilla. Tomaría un sorbo de vino e intentaría adivinar bodega y cosecha, se equivocaría y eso le valdría de excusa para ir a la cocina y servirse su copa. Ella preguntaría si no había bebido en la agencia, y él contestaría que solo un par de gin-tonic y medio güisqui.Y cuando él volviera la encontraría con la cabeza baja mirando la copa que giraría entre las manos.

- Qué pasa? ¿Te ocurre algo?


—Dime…, si desapareciera por un tiempo, no sé… tres, cuatro años, diez, ¿crees que la gente me olvidaría? —Ella misma se respondió— Yo sé que sí.

—No entiendo a qué viene esto —replicó él con una sonrisa intranquila. Fue hacia la puerta, la abrió, miró el ascensor y las escaleras, y se volvió para decirle:

—¿Te mudarías a un bajo?


—¡Claro que no! —respondió él—. Nadie querría vivir con los pies en la tierra cuando puede tener el cielo —contestó guiñando un ojo.


La vio perderse por el pasillo hacia el vestidor y salir dos minutos después ataviada con vaqueros, sudadera y deportivas.


—Yo sí. Me marcho.
Sonreía como si le estuviera dando una buena noticia. Daniel oyó los pasos ligeros desaparecer escaleras abajo. 

Marusela Talbé

En memoria



La vida en suspenso, en automático, en realidad pasa, y tú estás pero no estás. Participas o eso parece, pero no… En tú cabeza está eso.
No siempre, sólo a veces. Lo que te hace sentirte aún peor. ¿Es esa la solución?¿el olvido?
El sentimiento de culpa oprime el pecho.
No puedes olvidar… no debes… No, sería como si tú lo mataras. Pero es duro… el recuerdo.

Estas letras sobre el papel le devuelven parte de lo que fue, le hacen regresar al mundo que sigue y que parece sólo querer reservarle un sitio hacinado y frío.

Sí, estas letras permiten restituirle parte de lo que fue, de su dignidad. Luchan contra el olvido que no es ni será la solución. Ahora recupera en parte su sitio, el lugar que le corresponde: entre los vivos.
Al menos mientras tú y otros que le conocieron estéis aquí.
David Álvarez 

Carta a un joven poeta


París, a 17 de febrero de 1903
Muy distinguido señor:

Hace sólo pocos días que me alcanzó su carta, por cuya grande y afectuosa confianza quiero darle las gracias. Sabré apenas hacer algo más. No puedo entrar en minuciosas consideraciones sobre la índole de sus versos, porque me es del todo ajena cualquier intención de crítica. Y es que, para tomar contacto con una obra de arte, nada, en efecto, resulta menos acertado que el lenguaje crítico, en el cual todo se reduce siempre a unos equívocos más o menos felices.

Las cosas no son todas tan comprensibles ni tan fáciles de expresar como generalmente se nos quisiera hacer creer. La mayor parte de los acontecimientos son inexpresables; suceden dentro de un recinto que nunca holló palabra alguna. Y más inexpresables que cualquier otra cosa son las obras de arte: seres llenos de misterio, cuya vida, junto a la nuestra que pasa y muere, perdura.
Dicho esto, sólo queda por añadir que sus versos no tienen aún carácter propio, pero sí unos brotes quedos y recatados que despuntan ya, iniciando algo personal. Donde más claramente lo percibo es en el último poema: "Mi alma". Ahí hay algo propio que ansía manifestarse; anhelando cobrar voz y forma y melodía. Y en los bellos versos "A Leopardi" parece brotar cierta afinidad con ese hombre tan grande, tan solitario. Aun así, sus poemas no son todavía nada original, nada independiente. No lo es tampoco el último, ni el que dedica a Leopardi. La bondadosa carta que los acompaña no deja de explicarme algunas deficiencias que percibí al leer sus versos, sin que, con todo, pudiera señalarlas, dando a cada una el nombre que le corresponda. 

Usted pregunta si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí, como antes lo preguntó a otras personas. Envía sus versos a las revistas literarias, los compara con otros versos, y siente inquietud cuando ciertas redacciones rechazan sus ensayos poéticos. Pues bien -ya que me permite darle consejo- he de rogarle que renuncie a todo eso. Está usted mirando hacia fuera, y precisamente esto es lo que ahora no debería hacer. Nadie le puede aconsejar ni ayudar. Nadie... No hay más que un solo remedio: adéntrese en sí mismo. Escudriñe hasta descubrir el móvil que le impele a escribir. Averigüe si ese móvil extiende sus raíces en lo más hondo de su alma. Y, procediendo a su propia confesión, inquiera y reconozca si tendría que morirse en cuanto ya no le fuere permitido escribir. Ante todo, esto: pregúntese en la hora más callada de su noche: "¿Debo yo escribir?" Vaya cavando y ahondando, en busca de una respuesta profunda. Y si es afirmativa, si usted puede ir al encuentro de tan seria pregunta con un "Si debo" firme y sencillo, entonces, conforme a esta necesidad, erija el edificio de su vida. Que hasta en su hora de menor interés y de menor importancia, debe llegar a ser signo y testimonio de ese apremiante impulso. Acérquese a la naturaleza e intente decir, cual si fuese el primer hombre, lo que ve y siente y ama y pierde. No escriba versos de amor. Rehuya, al principio, formas y temas demasiado corrientes: son los más difíciles. Pues se necesita una fuerza muy grande y muy madura para poder dar de sí algo propio ahí donde existe ya multitud de buenos y, en parte, brillantes legados. Por esto, líbrese de los motivos de índole general. Recurra a los que cada día le ofrece su propia vida. Describa sus tristezas y sus anhelos, sus pensamientos fugaces y su fe en algo bello; y dígalo todo con íntima, callada y humilde sinceridad. Valiéndose, para expresarse, de las cosas que lo rodean. De las imágenes que pueblan sus sueños. Y de todo cuanto vive en el recuerdo. 
Si su diario vivir le parece pobre, no lo culpe a él. Acúsese a sí mismo de no ser bastante poeta para lograr descubrir y atraerse sus riquezas. Pues, para un espíritu creador, no hay pobreza. Ni hay tampoco lugar alguno que le parezca pobre o le sea indiferente. Y aun cuando usted se hallara en una cárcel, cuyas paredes no dejasen trascender hasta sus sentidos ninguno de los ruidos del mundo, ¿no le quedaría todavía su infancia, esa riqueza preciosa y regia, ese camarín que guarda los tesoros del recuerdo? Vuelva su atención hacia ella. Intente hacer resurgir las inmersas sensaciones de ese vasto pasado. Así verá cómo su personalidad se afirma, cómo se ensancha su soledad convirtiéndose en penumbrosa morada, mientras discurre muy lejos el estrépito de los demás. Y si de este volverse hacia dentro, si de este sumergirse en su propio mundo, brotan luego unos versos, entonces ya no se le ocurrirá preguntar a nadie si son buenos. Tampoco procurará que las revistas se interesen por sus trabajos. Pues verá en ellos su más preciada y natural riqueza: trozo y voz de su propia vida. 
Una obra de arte es buena si ha nacido al impulso de una íntima necesidad. Precisamente en este su modo de engendrarse radica y estriba el único criterio válido para su enjuiciamiento: no hay ningún otro. Por eso, muy estimado señor, no he sabido darle otro consejo que éste: adentrarse en sí mismo y explorar las profundidades de donde mana su vida. En su venero hallará la respuesta cuando se pregunte si debe crear. Acéptela tal como suene. Sin tratar de buscarle varias y sutiles interpretaciones. Acaso resulte cierto que está llamado a ser poeta. Entonces cargue con este su destino; llévelo con su peso y su grandeza, sin preguntar nunca por el premio que pueda venir de fuera. Pues el hombre creador debe ser un mundo aparte, independiente, y hallarlo todo dentro de sí y en la naturaleza, a la que va unido. 

Pero tal vez, aun después de haberse sumergido en sí mismo y en su soledad, tenga usted que renunciar a ser poeta. (Basta, como ya queda dicho, sentir que se podría seguir viviendo sin escribir, para no permitirse el intentarlo siquiera.) Mas, aun así, este recogimiento que yo le pido no habrá sido inútil : en todo caso, su vida encontrará de ahí en adelante caminos propios. Que éstos sean buenos, ricos, amplios, es lo que yo le deseo más de cuanto puedan expresar mis palabras. 
¿Qué más he de decirle? Me parece que ya todo queda debidamente recalcado. Al fin y al cabo, yo sólo he querido aconsejarle que se desenvuelva y se forme al impulso de su propio desarrollo. Al cual, por cierto, no podría causarle perturbación más violenta que la que sufriría si usted se empeñase en mirar hacia fuera, esperando que del exterior llegue la respuesta a unas preguntas que sólo su más íntimo sentir, en la más callada de sus horas, acierte quizás a contestar. 

Fue para mí una gran alegría el hallar en su carta el nombre del profesor Horacek. Sigo guardando a este amable sabio una profunda veneración y una gratitud que perdurará por muchos años. Hágame el favor de expresarle estos sentimientos míos. Es prueba de gran bondad el que aun se acuerde de mí, y yo lo sé apreciar. 

Le devuelvo los adjuntos versos, que usted me confió tan amablemente. Una vez más le doy las gracias por la magnitud y la cordialidad de su confianza. Mediante esta respuesta sincera y concienzuda, he intentado hacerme digno de ella: al menos un poco más digno de cuanto, como extraño, lo soy en realidad. 
Con todo afecto y simpatía, 
Rainer Maria Rilke


Carta a Rilke de un joven poeta



Mi estimado Rainer:

No sabe cómo celebro esta aproximación a usted, poeta insigne y admirado desde hace años. La feliz coincidencia del conocimiento mutuo del profesor Horacek me ha abierto las puertas de su inestimable presencia, aunque  sea a través de la comunicación epistolar, por otro lado, quizá la más apropiada para hombres dedicados al  mundo literario. Ante todo, le ruego que disculpe esta intromisión en su vida y en su tiempo, del cual deseo no robarle más que el estrictamente imprescindible.

Escribo desde que tengo uso de razón, pero en estos años de universidad se me ha mostrado el espacio  poético, y a él me he dedicado en cuerpo y alma. Considero que es la mejor mano para desnudar los sentimientos. Sin duda, la disciplina impuesta por la necesidad del estudio ha contribuido a una suerte de transformación en mi persona como la que experimenta una larva que abandona un capullo confortable para convertirse en adulto. Un adulto, eso sí, recluido entre las paredes de este noble recinto y sus normas, que no permiten alterar el ritmo de los días ni siquiera en unos simples minutos en aras a la consecución de altos fines.

Me he permitido adjuntar a esta carta algunos de mis poemas ya que, como habrá supuesto, anhelo conocer su opinión sobre mi trabajo.

No tema ser sincero, al contrario, sea tan radical como un cirujano ante una pústula y sane con su pluma todo lo podrido o extraño al cuerpo de la poesía.

Mis poemas tratan sobre el más allá, el destino y, como no, el amor, en el que dicho sea de paso he padecido más experiencias amargas que dulces, hasta el punto de considerar a Safo como mi única y auténtica amante, ya que gracias a su consuelo he logrado superar esos trances.

Mi poesía está repleta de sentimiento, rebosa sinceridad y no adolece de estilo, pienso yo. Pero los intentos por verla publicada en revistas literarias o ediciones sencillas han sido por completo infructuosos. Estos reveses me hacen cuestionarme el camino a seguir y si verdaderamente estoy llamado a escribir poemas. He pasado por noches negras en las que decidía abandonar del todo, retirarme incluso de la lectura para centrar mis energías en actividades sin relación con las letras. Pero al despuntar el alba, ¡qué cierto es que se valoran las vivencias con otra medida!, me doblegaba ante la rabiosa certeza de que abandonar sería renunciar a expresarme.

Debo confesarle que me subleva leer en algunos diarios poemas insulsos ensalzados, sin embargo, por determinados críticos que francamente, a usted puedo contárselo, hacen un flaco favor al propio poeta y, sobre todo, al lector al presentarle como estimable algo mediocre. En más de una ocasión lo he comentado con el profesor Horacek y me sugiere mesura en mis juicios. Los cree impulsivos. Según él consecuencia de mi juventud e inexperiencia. El profesor me insta a que lea con interés esos poemas en que el autor hable de la vida cotidiana: un paseo por el campo en primavera, recuerdos de viajes, encuentros con amigos alejados durante años..., temas sin duda cargados de emoción pero, francamente, insustanciales, a mi modo de ver. En verdad, pienso que existen solo tres argumentos sobre los que escribir, el amor, la vida y la muerte*, y todo lo demás son vagas aproximaciones, retazos inconclusos de una realidad fragmentada, instantáneas tomadas con una cámara deficiente.

Mi admirado amigo, (¿puedo llamarle amigo?, permítamelo, por favor, pues lo siento tan cercano a través de su obra como si lo conociera desde siempre) no deseo robarle más tiempo a sus palabras y a su arte, espero su respuesta que anticipo acertada y sepa que en este discípulo tiene usted a alguien con quién contar en cualquier circunstancia.

Con todo respeto y sincera amistad,

Reniar Eklir

*Este planteamiento sobre los argumentos no es mío sino de Juan Rulfo.

Marusela Talbé

Retrato




    


Su corpulencia se debía a la anchura de hombros y caderas, no a la estatura, y a la masa musculosa que cubría los huesos e inflaba la piel como si fuera la espuma de un cojín. Poseía una sonrisa dispuesta a brotar como manantial y la carcajada limpia como el agua. Miraba a los ojos cuando le hablabas, pero algunas veces se perdía en sus pensamientos volando en una alfombra mágica que lo alejaba de tí y, entonces, dejaba de escuchar, de paladear, de ver.
Desprendía calor. En invierno era un calor físico que te hacía buscar sus manos para estar reconfortada como cuando sostienes un tazón de leche humeante, o le das un buen trago a una copa de coñac. Pero emanaba otro calor que le surgía del corazón globoso y granate como fresa madura y que saboreabas con glotonería para no perder su esencia. Este calor te envolvía con un manto del que deseabas no desprenderte. Aunque no siempre era así, convertirse en un animal a la defensiva o dispuesto al ataque formaba parte de él como su olor corporal o su sombra.
Estos picos y valles, estas sierras abruptas y tormentosas lo transformaban en alguien con quién, de haberlo intuido, no hubieras compartido ni un instante, ni un café, ni una sonrisa. No podías evitar desear que la tormenta pasara cuanto antes, sin importar los destrozos a su paso, para regresar al hogar con chimenea, a la alfombra y al cojín.

La pasión con la se entregaba a la vida había engendrado un hombre bondadoso y terrible, y yo me había enamorado de él.


Nuestras vidas comenzaron a discurrir plácidas en un río que aunque se acelerase en los torbellinos terminaba por fluir hacia el remanso, y la corriente nos arrastró en el mismo bote.


Pero tras la época dulce de lo nuevo ─los cepillos de dientes juntos en un mismo vaso, los amigos de ambos reunidos en nuestra mesa, los planes de fin de semana compartidos y repartidos entre la “gran superficie”, la colada, y el sexo─, llegaron las lluvias, el bote hacía aguas y yo tuve la certeza de que las únicas manos que intentaban achicar eran las mías.


Cuando llegaba a casa salía a recibirle como un perrillo, pero él, al levantar la vista de las llaves, ensombrecía el rostro, dejaba la sonrisa aguardándole en el felpudo hasta el día siguiente, y a mí me permitía leer en sus ojos la palabra “indiferencia” escrita con mayúsculas. Yo no había cambiado. Seguía buscando su calor, tolerando los pensamientos que se inmiscuían en mi charla y se lo llevaban lejos, seguía anhelando la calma tras la tormenta. Pero una neblina de amargura había ido empapando las cortinas, se había escondido en rincones, ocupado armarios y arrellanado en el sofá quedándose con el mejor sitio. Con el paso del tiempo se había espesado como una melaza que no se despegaba de nosotros.


Un fin de semana conseguí encajar las piezas para huir a un hotelito rural. Las fotos de internet no le habían hecho justicia porque los colores eran más brillantes, la visión más amplia y los olores y sonidos nos aislaban en un paraíso terrenal. O eso pensé hasta que le vi sacar el móvil. No desesperé, fui hasta él, le besé y le quité el teléfono.


Una hora después preguntaba dónde estaba, bromeé con la posibilidad de dárselo el domingo por la tarde.


─No tiene gracia. Devuélvemelo.


─¿No puedes olvidarte de él por cuarenta y ocho horas?


─Puedo, pero no quiero ─respondió con una mirada de hielo que me congeló el corazón.


─¿Y si te lo pido como un favor? Te quiero para mí durante unas horas.


─Siempre igual. Devuélvemelo.


─Ya no me amas, ¿verdad? Ni siquiera te gusto ─ le vi removerse impaciente en la cama, levantar el brazo derecho y agitar la mano solicitando el móvil, mientras con la otra tamborileaba sobre las sábanas. Sin ruido, como si no pasara nada. Pero yo sabía que dentro de él existía un reloj que descontaba los segundos hasta que la espoleta se disparase, y no me importó agotar la cuenta.


Fui por el aparato que había guardado en el bolsillo del pantalón abandonado en el respaldo de una silla desde el primer beso.


─Si no me contestas lo tiraré por la ventana.


Estaba allí el animal furioso, con las mandíbulas apretadas, los puños tan cerrados como los ojos de un muerto y esa mirada que había pasado del hielo al fulgor hiriente del sol de mediodía.


─Haz memoria ─dijo mirándome como si quisiera leer en mi cerebro y comprobar que obedecía─, ¿te dije alguna vez que te amaba?


Tiré el teléfono. Pero lo hice apuntándole y fue, sin duda ninguna, la primera vez que di en el blanco. En el blanco pálido de su sien derecha. Perdió la vista. Ahora y para siempre es mío.


Marusela Talbé




¿Después de todo que es el hombre en la naturaleza?, nada en relación con la infinidad, todo en relación a la nada. Un punto central entre la nada y el todo e infinitamente lejos de entender la diferencia entre estas dos posturas." Blaise Pascal

Empezar desde tres

     


Un año después Paul volvió a casa. Nada más entrar depositó en el suelo una pesada caja llena de libros, cerró la puerta y se adentró unos pasos en el apartamento. Se asomó al dormitorio principal y después al baño; echó una ojeada al pasillo y finalmente retrocedió y se detuvo en el umbral del salón. Con las manos apoyadas en la cintura respiró hondo y llenó al máximo sus pulmones. Exhaló y sonrió, satisfecho, al comprobar que ya nada olía a ella.

Sin embargo aún se percibía un desagradable olor a tabaco, agarrado a las paredes, los techos y las puertas, y que tardaría semanas en desaparecer. Hacía nueve meses que Paul había dejado de fumar, y el olor a cigarrillos le resultaba tan molesto como introducir la cabeza en el cesto de la ropa sucia y sumergirla entre calcetines y camisetas sudadas. Cruzó la estancia y abrió de par en par la ventana y la puerta que daba acceso a la terraza. Una corriente de aire fresco comenzó a deslizarse por el salón.

De acuerdo con lo pactado allí habían quedado los dos sofás, una estrecha librería blanca, una mesa de centro y las dos lámparas que colgaban del techo. El resto había desaparecido junto con su propietaria. El televisor había sido depositado descuidadamente en el suelo, rodeado de una maraña de cables que tendría que volver a conectar al reproductor de bluray y al home cinema. «Bueno —se dijo—, al menos no ha destrozado la pantalla a martillazos».

Paul sacó una pequeña libreta y un lápiz de un bolsillo y comenzó a escribir: «Un mueble para la televisión. Un par de librerías. Una mesa y media docena de sillas. Algunos cuadros. Quizá una alfombra. Una mesita auxiliar y una lamparita de sobremesa». De momento era todo. Tras un rápido cálculo aproximado concluyó que se mudaría más tarde de lo planeado. «No hay ninguna prisa —pensó— Lo único que importa es que he logrado recuperar mi casa» Inmediatamente se corrigió: «No, lo verdaderamente importante es que me importa un carajo dónde se ha largado ella»

El timbre de su teléfono móvil le sacó de golpe de sus pensamientos. Miró la pantalla, sonrió y descolgó:

—Hola, Jim —saludó.

—Buenos días, amigo ¿Todo en orden?

—Sí, tranquilo. Todo parece estar bien —contestó Paul. Se sentó en el sofá y miró alrededor— Pero tendré que comprar algunas cosas.

—Asegúrate, esa loca es capaz de haber dejado alguna pintada obscena en las paredes, o de cortarte la goma del gas.

—Necesitaré algunos muebles, lo imprescindible.

—O de cagarse en mitad del pasillo y dejarte el «regalito».

—Puede que vaya a Ikea, me gusta su catálogo de este año.

— ¿Has mirado en los baños? La creo capaz de arrancar los lavabos de la pared o atascar los retretes con compresas.

—Jim —interrumpió Paul.

—Está bien, ya me callo —se rindió— Es que me jodería mucho que esa idiota...

—Ya basta. Todo está bien, gracias por tu interés.

—De acuerdo —concedió—. ¿Cuándo te instalarás?

—No lo sé, puede que tarde semanas, o incluso meses.

—Te dije que tenías que haberla dejado con una mano delante y otra detrás. Y que le zurzan.

—Las cosas no son así, Jim. El reparto ha sido equitativo. Tanto ella como yo hemos nos hemos visto obligados a renunciar a algo. No me importa haberme quedado sin frigorífico o lavadora. Mi tranquilidad tiene un precio y no me importa pagarlo.

—Te juro que me gustaría tener delante a esa golfa. Le iba a decir cuatro cosas.

— ¿Podrás ayudarme con la mudanza? Tengo toda una vida metida en cajas de cartón, guardadas en un trastero.

—Esa maldita enferma mental. Se merece todo lo malo que le está pasando. Deberías denunciarla.

— ¿Te parece bien que quedemos donde siempre? Me encanta el café de ese sitio.

— ¿No la puedes denunciar por lo que te hizo?

—Claro que sí, Jim. Ahora mismo conecto la máquina del tiempo y retrocedo hasta la época en la que el adulterio era delito. Te recojo en media hora.


Pascual Gozálvez Martínez

sábado, 25 de octubre de 2014

La vida después de Fran



No voy a engañarme pensando que todo irá bien. ¡Ni hablar! Nada va bien y nada va a cambiar ahora porque sí. Por mucho que Laura esté feliz de nuevo. A veces sonríe, mírala, ahora está sonriendo sola. Si ve que la miro dejará de hacerlo ¿Qué hora debe ser? Toda la maldita tarde lloviendo, vaya semana. Deben de ser ya las seis, o más tarde... Yo empezaba a asumirlo, creo que ya no lo tenía tan a flor de piel y solo me hacía daño cuando algo me lo recordaba. ¡Dios, otra vez no! Y ahora, tan reciente. Mira cómo nos pilla. Será que no hemos llorado bastante. La otra tarde vi llover… ¿Dónde andará el cedé de Manzanero? Tenemos que hablar, no podemos continuar con este silencio que nos está matando. Iré a buscarla al estudio y le diré: Laura, ven. Siéntate conmigo, hablemos. Lo haré luego. O cuando deje de llover. Y no estabas tú. Quizá sea una nueva oportunidad… ¡Ingenuo! Cómo puedo pensar eso. Nadie va a borrar lo que hemos vivido, y además tampoco quiero olvidar. No sé si soy yo, que no quiero separarme de él, o Fran el que insiste en venir a verme noche sí y noche también. Me duele. Dios, cómo me duele. Pero me reconforta. No sé si hablo en sueños, o si lloro cuando le veo. No quisiera. No quiero que Laura me oiga. ¿Qué debe estar haciendo por ahí? Debería ir a buscarla. Tal vez lo haga luego. ¿Y qué pasará ahora? ¿Qué pasará dentro de unos meses? Cuando nació Fran, llovía como hoy. Yo sentía pánico de no saberlo coger, de que se me cayera. La vida es tan frágil. Esta estúpida vida se ríe de nosotros. Nos vapulea y luego sigue adelante como si tal cosa. Esa lluvia me pone enfermo. No, no voy a olvidarle, no buscaré en otra parte las ilusiones que le pertenecen. ¿Quién dice que todo irá bien? Ni hablar. Ya nada irá bien..

..............


Las primeras semanas tras la muerte de Fran fueron las más duras. Me despertaba con los ojos llenos de lágrimas y envuelto aún por la angustia de las pesadillas. En ellas, su recuerdo solía visitarme con una intensidad que creía no poder soportar. Aparecía envuelto de luz, regalándome su sonrisa. Y después, sin motivo, se alejaba para siempre en silencio. Era en esos momentos cuando más me preguntaba sobre el sinsentido de que mi vida continuara un día tras otro, si irremediablemente no iba a sentir el abrazo de mi hijo nunca más.
Algunos amigos se me acercaban, movidos por su vocación de consuelo, cargados de buenas intenciones y de frases huecas. Debes seguir viviendo, afirmaban, y apelaban a mi ánimo y a mi cordura. Tienes que volver a ser el de antes, recomponerte… Pero yo seguía roto por dentro, convencido de que no existía ninguna razón para hacerlo, que no podía volver a ser el de antes porque ese yo había muerto aquel día con Fran. El duelo me transformaba y me enemistaba con la vida. Y yo quería ese dolor para siempre porque estaba convencido que, de otra manera, traicionaba su memoria y todo lo que de él quedaba en mí; porque me sentía culpable y renegaba de cualquier posibilidad de volver a ser algún día resignadamente feliz.

Con Laura no era distinto. Buscábamos la distancia por no hacernos más daño, por no enfrentar en cada sollozo del otro nuestro propio dolor. Omitíamos su nombre y su recuerdo porque creíamos que hablar de él y apoyarnos cada uno en el otro nos haría sentir aún más vulnerables. Y de ese modo nos prohibimos las caricias y los abrazos que tanto necesitábamos.

Tres meses después de la muerte de Fran, Laura rompió de un modo brutal esa ausencia de roce que nos habíamos impuesto. Tomó mi mano y la acercó a su vientre. Ella me miraba con desesperada ternura y con ese dolor infinito quemándole más que nunca. Caí de rodillas y, sin hablarnos, lloramos amargamente.

Fue en ese estremecedor cúmulo de añoranzas, tristeza, dudas y nuevas esperanzas, cuando sentí por encima de todo un repentino y angustiado temor. Un miedo atroz a depositar todo el amor de nuestra alma dolorida en la fragilidad de una nueva vida.


Carmelo Plaza

Deseos, deseos...



De niño deseaba cumplir diecinueve años. Una cifra un tanto rara; claro que siempre se destacó por ser raro.
A los diecinueve ni se acordaba, ya tenía otro: casarse y gobernar su vida.
Llegó el matrimonio, los hijos y las responsabilidades. «Cuando se vayan tendré un lugar para mí», pensaba.
A medida que la casa se vaciaba se sustituían los deseos. El último, jubilarse para hacer lo que siempre quiso.
Un mes antes de la fecha realizaba el viaje que nunca deseó.
Y así, en deseos, se le pasó la vida.

Guadalupe del Real


viernes, 24 de octubre de 2014

Ernest Hemingway


"La compañía de otros escritores ayuda a valorar la creación literaria.Sirve de estímulo cuando se comprueba que las dificultades son similares para todos"


GERUNDEANDO

https://www.tallerdeescritores.com/quedate-en-casa-a-escribir?sc=dozmv7bo8hzl6um&in=kw35vb0jr7h13kf&random=9092 Por César Sánchez