lunes, 29 de mayo de 2017

Que viene el Coco

La mano suave agarraba la mia. Mis piernecitas seguían sus pasos por mañanas de jubilación, de sol potente y amapolas. Al iniciar la subida aparecían destellos de raíles, olor a hollín y al poco notaba las aristas del balasto a través de la suela. La mano me soltaba, era libre para saltar sobre las traviesas. Él charlaba con un hombre que, cuando menos lo esperaba me gritaba, «Que viene, que viene». Se reía. Me protegía tras las piernas del abuelo inútilmente. nada aparecía en el horizonte. Un día me armé de valor, «Quiero verlo». El abuelo me llevó a una nave gigante donde aguardaba palpitante un humeante gusano tostado por el sol. 

FIN

Compañero fiel

Se acerca. Tiembla el suelo. Me incorporo de un salto. La lamparilla se balancea. Solo un poco. El ruido aumenta. Oiré el pitido. Ya. Corro a la puerta. El pomo se resiste a girar. Por fin. Salgo como un loco a su encuentro. Pero debo detenerme. Cuando estoy tan cerca. Él ha visto mi estampida. Me reclama. Dos silbidos cortos.
En el andén de guardia entre olores a hollín de hierro gomas el sudor humano pacientemente. Pacientemente. Hubiese aguardado. Pacientemente entre olores.
Me acaricia la cabeza.
--Ella no se marchó en un cercanías, colega, ¿no lo entiendes?






FIN


Dieta variada

Como un abejorro inquieto bajo las luces, constreñido en la estrechez del pasillo, lo sentí revolotear. Lamenté no poder ahuyentarle. Llegó incluso a asomar por encima de mi hombro la cabeza cubierta por rizos flojos. Destrozó el momento mágico de la primera lectura: la del lomo del libro, la que dispara una expectación comparable a la primera caricia. No aguanté más, me volví. Era alto, desgarbado. Los rizos me hicieron sospechar un laxo apretón de manos, siguiendo mi particular senda fetichista las busqué: alargadas, estrechas, poco varoniles.
Se quitó las gafas. Perdone, dijo, necesitaba ver los títulos de la letra ce. De la letra ce, respondí. Sí, escojo las lecturas por orden alfabético. Es muy útil que la librería los ordene de este modo, así tengo la certeza de no perderme ninguna. Ninguna, ¿eh?, contesté empezando a interesarme por su voracidad. Si siempre como carne de primera termino por no saborearla, sentenció sonriendo, encogiéndose de hombros resignado a su suerte de predador, mientras me abrazaba su mirada magnética.
Terminé con la zeta hace tres meses, es mi segunda vuelta, me oí decir.

FIN

GERUNDEANDO

https://www.tallerdeescritores.com/quedate-en-casa-a-escribir?sc=dozmv7bo8hzl6um&in=kw35vb0jr7h13kf&random=9092 Por César Sánchez