viernes, 10 de noviembre de 2017

La trampa

La imagen del portátil tiembla como sacudida por un momentáneo terremoto, el rostro de su hermana se desdibuja. «Mierda con la tecnología», protesta Ana en tanto la imagen se recupera.
—¿No era para mandarla al infierno? —lanza al rostro fraternal en cuanto revive la imagen.
—Pero Ana, ¡es tu amiga! —responde su hermana levantando la vista de la plancha hacia el portátil apoyado en la mesa. 
—Yo soy más amiga de ella que ella de mí. Esta semana le iba a caer una bronca del jefe, lo evité, como lo oyes, había enviado un documento a un mail erróneo y la avisé. Y el otro día se le atascó la fotocopiadora, menos mal que estaba cerca, hubiese sido incapaz de solucionarlo sola. Pero vamos, eso se acabó.
—Estabas encantada con ella. Te ha ayudado con el contrato de internet, el del alquiler, el del banco, ¿no?
—Hermana, tampoco es para tanto. Llega alguien de tu país y qué otra cosa que ayudar a que se instale, en fin, lo normal, digo yo. Que tampoco ha hecho milagros. Fíjate en el apartamento, sí muy céntrico, muy bien de precio, mucha luz… Llevo aquí dos meses y ¡toma!, avería en el baño, sin ducha tres meses por lo menos, ¡vamos hombre! Que vale no tiene culpa, pero tía no me dejes tirada. Que lo siente, que no puede decirme que vaya a su casa que ya le gustaría, pero el alquiler, el casero. Bla, bla, bla... Una falsa, eso es lo que es. Mucho decir que me echa un cable y mira. No sé cómo ha engatusado a Nico, de verdad, con lo estupendo que es el tío, un pibón lo mires por donde lo mires. Espera, tengo una foto por aquí. La mando.
—¡Vaya! Pues, sí. Tú lo tienes bien agarradito por el brazo, bandida. ¿Ella es la que lo coge de la mano?
—No vale nada, ¿a qué no?
—Yo no diría tanto.
—Puede dar el pego maquillada, pero es sosa. Y de carácter..., ella dice que si parece distante es por timidez, qué va, es que se lo tiene creído. Lo que le faltaba era el ascenso a responsable de área. Se pasa el día metiendo las narices en todo, menos mal que no está en mi departamento. La gente se siente incómoda, vigilada. Vamos, que si no es por mí en la oficina estaría más sola que la una.
—Tengo que dejarte, los niños van a llegar del cole.
—Siempre me tienes que cortar.
—Ya, perdona, entre semana es lo que hay. Llámame el viernes, Jorge los llevará al cine, podremos hablar tranquilas y mucho rato. 
—El viernes seguro que salgo.
—¡Ay, hija, qué envidia! Bueno, pues ya vemos cuándo. Un beso.
El azul del Skype ocupa el lugar de su hermana. Suspira, habla a la pantalla como si tuviese oídos. «Si ella estuviese en otro país con un montón de problemas, lo menos que haría sería escucharla. Dice que me envidia, pero seguro que nunca ha hablado a un rectángulo de vidrio con el vago reflejo de la cara y nada más». El zumbido del móvil la obliga a cambiar el punto de vista: el WhatsApp. Una frase interrumpe el fondo con la foto de sus padres, su hermana y los niños: “Oye, aunque no puedas quedarte en casa durante la obra…”. ¿Qué querrá esta ahora?, es lo primero que piensa. Duda si terminar de leer, si lo hace, ella, su amiga, sabrá que lo ha visto, esperará respuesta. Puede no responderle, sería como darle la espalda. Entonces, decide tocar el símbolo verde, clicar en el nombre: Mamen.
“Oye, aunque no puedas quedarte en casa durante la obra, a ducharte puedes venir siempre que quieras, por supuesto. Creo que el otro día cuando lo hablamos no te lo ofrecí claramente, pero cuenta con ello sin problema”.
 “Estoy sobrepasada con el curro nuevo, a veces repito las cosas que he dicho y otras me olvido de decirlas. Perdona si ha sido tu caso.”
“Siento un montón que te haya pasado esto y encima habiendo buscado el piso yo. Un beso, guapi.” 
La asalta un sentimiento embarazoso, algo se conmueve en su interior, como si al corazón le hubiesen salido alas enérgicas que cachetean las costillas y sacuden los pulmones. Se siente incómoda con ese aleteo, por su culpa vislumbra un terreno desconocido.  Qué ha percibido durante unos segundos, se pregunta. Ha perdido de vista las nubes que empañan el día a día, la ha reconfortado la ola de calor que le ha inundado el pecho. Mamen la ha arropado con un chal suave y ligero, ella se ha dejado envolver en el tibio abrazo. Levanta la vista del mensaje, se despoja del chal. «¿Y ahora qué? No puedo estar cambiando de opinión, pensarían que no sé relacionarme, que no soy de fiar si hoy me llevo mal con una persona y mañana bien. ¿Y qué le diría a mi hermana la próxima vez?».
“Gracias, no hace falta, usaré las duchas del gimnasio”, teclea.
Lamenta no contestar como realmente le gustaría, mostrando toda la rabia que esconde por no hacer daño. Al hacerlo, Mamen, su hermana, el casero, o el albañil no aprecian su esfuerzo por ser amable con todos ellos y así le va.

FIN
(premisas tema 2 del curso Escritura y Meditación)

martes, 7 de noviembre de 2017

Vulcano, un viaje al interior




Le calculé unos sesenta. Alto, fibroso, con tostadas pantorrillas estilizadas por su ir y venir al volcán, calzaba zapatillas desgastadas, vestía bermudas amplias, camiseta y una gorra igual a las que había visto la tarde anterior en los tenderetes. Él la lucía a la manera de los bohemios parisinos, los poetas, los revolucionarios: resbalada hacia la nuca. Tenía los ojos del color azul intenso del Tirreno. Con voz poderosa hablaba un italiano impaciente difícil de entender.
En la agencia me habían convencido de que la marcha, de dificultad moderada, la realizaban personas de mi edad. Al poco de emprender el camino, maldije mi credulidad. Tenía sesenta y cuatro años, kilos de más y no había contado con uno de mis enemigos, el calor.
Ochocientos metros de terreno desigual, en pendiente, me esperaban. Una temeridad. Pero el volcán con sus fumarolas de azufre me atraía. Nos detuvimos en un colmado, «¡Andiamo, comprimo acqua!», ordenó el guia. Unos metros más adelante, se detuvo, hurgó entre los matorrales y sacó una docena de cañas gruesas, firmes y bien pulidas. Los caminantes se arremolinaron como avispas, él separó una, me la dio. Surgieron las bromas, incomprensibles, que respondí con una sonrisa abochornada e incómoda. La caña era fundamental, ayudaba a equilibrarse, a tomar impulso y contrarrestar el desnivel del terraplén. Al poco, el suelo de tierra apelmazada se transformó en polvo color hueso que flotaba con cada pisada hasta instalarse en la garganta. Él, Césare escuché que le llamaban, caminaba en la avanzadilla aunque vigilaba la marcha de los que componíamos la cola. El camino desapareció. Cambió a un resbaladizo y serpenteante reguero de piedrecillas oscuras. Mantenerme firme, apoyarme con cierta seguridad me fatigaba las piernas y exaltaba el corazón. El sol ardía sobre mi cabeza.
Primeros doscientos metros de subida, leí en un cartelillo. Evitaba mirar a lo alto, levantaba la vista lo justo para vislumbrar la gorra de poeta de Césare. Lo que venía anunciándose, se hizo realidad: ocupé la última posición. Me proponía regresar —ya hacía rato que había dejado de preocuparme abandonar sin advertirlo—, pero un descanso para fotografiar el entorno me permitió atrapar al grupo. Absorta en no resbalar y seguir el ritmo, apenas había mirado alrededor. A esa altitud, la vista se derramaba por un horizonte amplio de mar azul, farallones, barcos, islotes verdinegros, casitas encaladas manchadas con el fucsia de las buganvillas. Una justa recompensa. Eché un trago de agua, estaba caliente; un golpe de aire trajo el olor a huevo podrido del sulfhídrico, la mezcla me revolvió el estómago, respiré profundamente para evitar la náusea. Césare se acercó. Habló jaleándome; invocando “signora”, cada poco. «Regreso. Me voy», dije. «¡Ma che cosa dice!». Gesticulé impaciente. Si él chillaba yo también podía hacerlo, «¡No es tan difícil entenderme, caramba!». Negó con la cabeza, «Signora, el volcano no é una meta imposibile. Ustede porta una mochilia molto pesada. ¡Tirala!, ¡tirala!». «Yo no tengo su fuerza» balbuceé confundida palpando mi bolso del tamaño de una riñonera. Recolocó la gorra de revolucionario, me señaló con el índice, «Ustede tiene que subir, bajare, visitar el volcano y sere piú feliche». Reí. Qué otra cosa podía hacer. Repitió «¡Andiamo!» y se incorporó al grupo. Apoyé la caña en el suelo endurecido, surcado por hendiduras profundas como cicatrices del alma con determinación guerrera. Mientras, pensaba en la cima, en el orgullo de alcanzarla. Y ¿qué es el orgullo sino el íntimo convencimiento de que uno vale?, de ahí a la felicidad anunciada por Césare faltaba un paso, me dije.
Cuatrocientos metros hasta la cúspide. Eran las diez y media y el calor húmedo aliado con el sudor me empapaba. Pensé en mis torpes movimientos, en los cercos oscuros que sin duda contorneaban las axilas, en el balanceo del pecho prominente. Césare se giró, el grupo iba por delante, él me observaba a unos cien metros de distancia. Grité adiós. Levantó las manos desaprobándolo. «¡Mañana volveré!». Lo dije por decir. Deseaba el confort del hotel. Sin embargo, cuando llegué a la altura de los arbustos donde debía depositar la caña, no lo hice. Nada impedía intentarlo otro día más temprano. Un rato después, desde la tumbona de la piscina, vi llegar al grupo hablando, riendo amigable y ruidosamente. Por detrás se alzaba la cresta que emitía vapores sulfurosos a un cielo inocente. El infierno en el cielo, pensé.
Al día siguiente emprendí el camino al amanecer. Hacia la mitad del trayecto me alcanzó el primer grupo de caminantes. Césare no se detuvo, señaló la caña, «Cuando consiga llegare debe retornare el báculo, ¿eh?», advirtió moviendo el índice, sacudiendo la cabeza tocada con la gorra bohemia. Tampoco ese día alcancé la meta. A medida que avanzaba, el terreno se empinaba; en el suelo, convertido en roca con jorobas, redondeadas a veces, angulosas, otras, no servía de nada la caña. Dependía de mis propias fuerzas. Tuve miedo de resbalar y quedar tullida por los restos. En el hotel sentí el peso de la verdad: jubilada, sin nadie que me aguardase, sobreviviendo diluida en tertulias de viudas, series de televisión y nostalgia. ¿Era esa la "mochilia" de la que habló Césare?
Intenté alcanzar la cumbre dos veces más. Lo logré a la segunda ocasión.
Cero metros para coronar la cima. Hinché el pecho hasta saturarme de aire libre. Abrí los brazos a la isla bordeada de azul, un límpido plato para el tazón del cráter que liberaba fumarolas hirvientes. Me hallaba ante una depresión, a ratos maloliente, guardiana de un corazón de fuego que avivaba la tierra hasta el punto de convertirla en fascinante. Recordé las palabras de Césare. Ser feliz, animar el fuego que palpitaba dentro de mí, ¿por qué no? Nos cruzamos en el descenso, «Puedo devolverle el báculo, ya no lo necesito». Por primera vez lo vi sonreír, «Allora, potrá venire con me».
Y compré una gorra igual a la de Césare para llevarla a su manera poética, revolucionaria y bohemia.

FIN

domingo, 29 de octubre de 2017

TODO VIENE DE HOLLYWOOD

A mi abuela le gustan las películas en blanco y negro. A mí no me desagradan, al igual que las fotos pienso que transmiten autenticidad, orgullo por la diferencia. Muchas tardes al salir del instituto voy a merendar con ella, a menudo la pillo viendo una peli en su Tablet. Hoy veía El Manantial, basada en una novela de Ayn Rand que, según mi abuela, era el seudónimo de una rusa que se estableció nada menos que en Hollywood. Mientras oíamos el alegato del malo de la película podíamos, en verdad, escuchar un discurso de Lenin. Mejor dicho, lo que Lenin hubiera exaltado en un mitin ya que Lenin y nosotras no somos contemporáneas y, si lo hubiésemos sido, dudo mucho que acudiéramos a uno de sus mítines, ya que los mítines no nos gustan, aunque Lenin, sí. Mi abuela sabía dónde había ido a parar la autora de la novela —al capitalista Hollywood—por lo que ha encontrado lógico que el héroe fuera un luchador incansable del individualismo y la propiedad privada, mientras que el tipo despreciable era un hombre austero, fundador de sociedades y amante de las asambleas. «Esa salió por pies de Rusia, te lo digo yo». Al terminar la película ha ido a preparar café, no ha tardado ni cinco minutos porque usa las cápsulas que anuncia un guaperas también de Hollywood. Yo me he metido de cabeza en internet.
—Abuela, en realidad, hizo mucho más que escribir novelas y guiones. Creó una filosofía. Decía que el hombre debía buscar su propia felicidad, que son virtudes el egoísmo y el orgullo, mientras que el sacrifico personal en favor de otros inmoral, nadie debe pedirlo, ni esperarlo.
—¡Menuda pájara! —ha dicho al soltar la bandeja en la mesa con poco mimo.
Yo leía; cuánto más leía, mejor comprendía la película y a la escritora. 
—“Mediante la novela, Rand a través del personaje de un arquitecto enfrentado a una arquitectura aferrada a lo Clásico, convierte la construcción en algo más que levantar un edificio: realza la necesidad absoluta de seguir cada cual su propia senda. Lleva al lector a cuestionarse la validez de unirse para alcanzar metas. Los personajes que deambulan por las páginas del libro sumidos en la amargura y la envidia forman parte del grupo establecido, su personalidad está anulada en favor del colectivo. Al contrario que el protagonista cuyo individualismo le permite vivir en paz consigo mismo y el mundo…" 
—¿Qué es eso?
—Un blog. Oye, puede ser verdad. A veces, hacemos cosas por el grupo que en realidad no nos convencen, cosas que si pudiéramos decidir con verdadera libertad tal vez no haríamos. Por ejemplo, no me apetece nada, pero nada de nada, perder la tarde del viernes en la función de teatro del insti, pero actúan compañeros así que tengo que ir. Si pudiera, si de verdad pudiera sin que nadie se enfadara, ni me pusieran caras largas el lunes, no iría. ¿Cómo crees que estaré el viernes noche si voy? ¿En paz conmigo misma  o cabreada como una mona?
—No puedes ir por la vida haciendo solo que quieres hacer. Deja, anda. Vamos a merendar. Ya sé todo lo que necesito sobre esa tipa.
—¿Por qué no? Igual éramos más felices, desde luego más sinceros, los que fueran al teatro serían los que de verdad quisieran ir, y si confiamos…
—Bebéte el café que se enfría.
—Espera, y si confiamos en la bondad de la gente, ¿por qué no pensar que habría quién acudiría, a pesar de no entusiasmarle el teatro, como una especie de obra de caridad que, en cualquier caso, lo haría porque quiere? ¿Apartarme de esto, decir que prefiero quedarme en casa, me convertiría en egoísta?
—Pues..., no sé.
—Pues no, y sabes por qué, porque hay muchos que opinan como yo en realidad, pero como no se atreven a decirlo, a ir contracorriente, abuela, piensan que si ellos se fastidian yo también. Acabo de verlo claro. ¿Qué te parece?
—Que la próxima vez elegiré la película con más cuidado.
—Abuela… 
Mi abuela navega en internet, sigue las fotos de sus nietos en Instagram, si perdiera el móvil le daría un ataque al corazón, desde la muerte del abuelo, se compra ropa llamativa, lo dejo ahí. Se traga todas las tertulias políticas para comentarlas después con amigas de su misma opinión, con las que opinan distinto no, para no enfadarse. Suele decirme que seguro que no conozco ninguna abuela tan cool como ella —se ha apuntado a inglés en la asociación de vecinos del barrio—. Cada vez tengo más claro que vive en un mundo fabricado “individualmente” a su medida, y no lo sabe. 

                                                                            FIN

sábado, 28 de octubre de 2017

David Foster Wallace

...Tener solo un poco de conciencia crítica sobre mí mismo y mis certidumbres. Porque un amplio porcentaje de las cosas sobre las que tiendo a estar automáticamente seguro resultan ser totalmente engañosas y erróneas.

Extraído de "Discurso de David Foster Wallace en el año 2005 a los graduados del Kenyon College en Ohio"
https://arsenaldeletras.com/2014/03/12/david-foster-wallace-this-is-water-discurso-de-la-ceremonia-de-graduacion-del-kenyon-college-2005/

jueves, 26 de octubre de 2017

BARRERAS

Ya me ha llamado mi madre. Son las diez menos veinte de la noche. No ha tardado doce horas porque, tanto mi hermana como ella, hayan estado ocupadas. Viven en la desocupación, es su medio natural.
La había telefoneado sobre las diez de la mañana, el tono se repitió más de seis veces. Finalmente, descolgó mi hermana, «Mamá está en el baño». Le he comentado que creía que no estaban en casa, que una vez más no descolgarían el teléfono. Se apresuró a defenderse, «Te hacía todavía de viaje». ¿Pensaba que estaba fuera y por eso ha descolgado?, decidí no comenzar la charla con suspicacias. Ha preguntado si era “urgente”. Y es que es importante para ellas saberlo porque reciben docenas de llamadas al día y, claro, tienen que filtrarlas. Le he explicado que Juanma pasaba por Sevilla el viernes y volvería el domingo, podrían viajar con él, pasaríamos juntos el fin de semana. Tienen coche, pero se les hace cuesta arriba desplazarse ya que su día a día, plagado de tareas agotadoras, dejan exhausta a mi hermana hasta para conducir. He omitido decirle que el sábado es mi cumpleaños. No sé si lo recordarán porque en sus cabezas bullen cientos de preocupaciones, tareas, obligaciones. Estupideces varias. Mi hermana es diplomática y aséptica, «Ah, vale, pues se lo digo, que te llame luego». No esperaba mayor entusiasmo, de entre las posibilidades existentes, esta, lacónica, tenía premio. El premio del aplazamiento, de pasar la bola, de lanzar la pelota a otro tejado.
En doce horas cualquiera hubiese tenido tiempo de tener respuesta a una inocente invitación. Cualquiera, pero no mi madre y mi hermana. 
Mi madre dice que como hoy es martes y hasta el viernes hay tiempo, me contestará en estos días.

FIN

miércoles, 14 de junio de 2017

Ahora empieza lo divertido

Papá llega. «Haz las maletas, nos mudamos». Y se va. Mamá no rechista,está acostumbrada a deshacer la casa en un pis pas. Se pone a hacer maletas. Nos da tres mochilas. «Tú hermana y tú haréis la del peque y las vuestras».Lo sabemos. Una mochila para cada uno, para que metamos lo que más nos gusta. No podemos llevarlo todo.Vamos dejando juguetes y cachivaches allá por dónde pasamos. Aunque yo, a cambio, me llevo un pestillo, una llave, una cadena de seguridad, un cerrojo... Mamá dice que pronto empiezo. De aquí cargo con un pasador de ventana.
El peque se entretiene moviendo baldosas de un lado a otro en el patio. Mientras, mi hermana llora y protesta porque debe abandonar a su verdadero y único amor, de este instituto. A mí no me importa cambiar de escuela las veces que sea necesario. Todo con tal de no volver al caserón con rejas, cualquier cosa antes de que nos obliguen a separarnos de nuevo.
Papá regresa. Salimos pitando. Cuando el vecindario oiga las sirenas, estaré sintiendo el aire caliente, su zumbido, entrando a raudales por las ventanillas de la furgo.



Microrrelato seleccionado en el edición de Junio en Radio Extremadura, programa El sol sale por el oeste.