viernes, 25 de mayo de 2018

AQUÍ VIENEN DE NUEVO

AQUÍ VIENEN DE NUEVO

Un jaleo inusual, como de manifestación, me obligó a asomarme a la ventana: un grupo recorría la calle. Saludaban a los que bebían la caña en el bar, a la florista, al que salía del garaje, al camarero que limpiaba las mesas de la terraza… Agucé el oído, no conseguía oír. Por los gestos supe que invitaban a unirse a ellos. No enarbolaban pancartas, ni lucían lazos en la solapa, no gritaban eslóganes. ¿Dónde se dirigían? ¿Qué pretendían con esa marcha alborotadora? El ruido había detenido mientras dormitaba en el sofá mi pasatiempo favorito: imaginar historias. La vecina del bajo, que se desplaza con andador, descubre un día que las piernas le funcionan lo que no le valen son los estrechos zapatos de cristal a los pies hinchados como pelotas.
Día tras día, pasan por delante de mi ventana cambiando el gris de la calle por un paisaje multicolor. Ya ni siquiera espero a escucharlos: me acodo en la ventana y aguardo. A veces distingo caras nuevas, hace unos días vi a la vecina del bajo, debe andar por los setenta. Lo increíble es que hoy que camina entre ellos no usa ni bastón y no distingo las arrugas que se le hundían en la cara, y los ojos, sobre todo los ojos, brillan, rebosan energía y hoy me ha mirado y ha levantado la mano y la ha sacudido como diciendo, «!Baja!». Señora, por Dios, si ni siquiera nos hemos cruzado por la escalera. ¡¿Cómo se le habrá ocurrido?! ¡¿Quién es ella para azuzarme a sumergirme en esa marea palpitante?!
Reconozco que un cuchicheo al oído decía algo como, ¿por qué no? Tumbada en el sofá, he imaginado que le gritaba que en cuanto encontrase unos zapatos, bajaba. Ella no lo sabe, pero hace tanto que no los uso que ni sé dónde los tengo. Me paso la vida con los pies subidos al sofá. Es un buen sofá, acogedor, suave, abrigadito en invierno y fresco en verano porque ya me ocupé yo de que fuera todo terreno, que sabía la de horas que me iba a pasar sentada en él con los pies resguardados bajo las piernas dobladas. Hasta ahora ha cumplido su propósito. Aunque este desfile diario me atrae como la manzana a Blancanieves, me obliga a dejarlo, a pasar más tiempo en la ventana y los pies se me enfrían y eso no me gusta. ¿Por qué pasan a diario, precisamente, por mi calle? No niego que me gusta el espectáculo, desde arriba veo la gente pequeñita, como niños juguetones. Y es que la mayoría son muy jóvenes aunque, después de lo sucedido con la del bajo, quién sabe si son rejuvenecidos, si ese caminar no les quita años, tristezas, rencores. Al final me van a hacen sonreír. Aunque verles unidos, hermanados, me pellizca como si un bicho se retorciese justo ahí, en la boca del estómago, cerca del pecho. Cerca del corazón.
Me miro en el espejo, no tengo las arrugas de la vecina, si bien mis ojos no brillan como los suyos. Al llegar Toni le he preguntado cómo me veía.
―¿Sinceramente? ―he notado un salto en las tripas, como si alguien las hubiera despertado de la siesta. He asentido porque sé que Toni no me hará daño― No aparentas la edad que tienes.
Y me ha sabido a poco la respuesta. Hablamos de edades diferentes.
―Me refiero al carácter, ¿tengo espíritu joven?, ¿mente abierta?, ¿puedo gustar a la gente al primer vistazo, y después?
Se ha reído.
―No sabría decirte…, en todo caso ¿qué importa? ¿A estas alturas estarías dispuesta a calzarte? ¿A salir a la calle?
Han sonado cristales rotos, debió ser mi imaginación.
Le he señalado la ventana. He ido hacia allí, creí que me seguía hasta que de reojo vi su sombra alejarse. Hacia la cocina, tal vez; suele llegar hambriento.
 La fanfarria ha pasado, ha dejado la calle desierta, ha arrastrado consigo a los pocos vecinos que quedaban, como el flautista aquel. Quiero que Toni me lo explique, «¿Cómo pueden sumergirse en el desfile lanzándose sin más? La misma vecina del bajo, ¿qué hace andando entre los jóvenes?», grito. «Mira, ven», quería mostrarle la desolación de la calle cuando se aleja el grupo cada día más numeroso. Es triste para los que nos quedamos. Se me llenan los ojos de lágrimas.
De pronto distingo el jersey azul eléctrico y el ademán que me incita a dejar la ventana. Debí imaginarlo, Toni también. Y me deslumbra la certeza de que no volverá conmigo a la ventana. ¿Cómo has podido, Toni?
Hoy he puesto la casa patas arriba. He encontrado un par de zapatillas de lona blanca de las que usaba para hacer gimnasia en el instituto. He pasado la mañana mirando los pies calzados, las zapatillas son ridículas, antiguas como yo. Todos se echarán a reír si me atrevo a bajar con ellas, incluso Toni y la privilegiada vecina. Si no lo hacen será por pena. Acaricio la tapicería del sofá, me imagino en la muchedumbre. Estoy despistada, gesticulo exageradamente para distraerles de mi paso lento, del vocabulario pobre. No pillo las bromas. No espero rejuvenecer, la transformación no será gratis, no sé qué precio habrá pagado la vecina, pero a mí me dirán que debo pasar el tiempo con ellos, abandonar mi sofá. Eso no, respondería yo; sí estaría dispuesta a acompañaros hasta el final de la calle. En cuanto la pisara podría confesar: no creo que mis zapatos sean adecuados para caminar a vuestro ritmo. Por educación, por caridad, dirán que sirven y se callarán lo que piensan, «Por qué se le ha ocurrido a la dinosaurio esta dejar su guarida». La sombra de la tarde oscurece el color del sofá tiñéndolo de tristeza. Preferiría que lo dijesen, podría regresar aquí sabiendo.
Si no lo hicieran, si persistieran en callar, no sabría que me ven como un dinosaurio y mi casa como una guarida. Si no verbalizamos no hay consecuencias, ni necesidad de tomar decisiones, eso lo tengo bien aprendido. Percibo un murmullo, me incorporo, son ellos. Y quién sabe si durante ese tiempo de silencio, de no decidir, lograría rejuvenecer, contagiarme de energía y preocuparme solo de atarme las zapatillas para caminar con paso firme.
Y, de paso, vivir.

  




martes, 8 de mayo de 2018

Qué vergüenza dan ciertas cosas





Odiosa tarea la de la compra semanal. Me recompenso con una cena con amigos; del grupo forma parte Mario que me encanta y esta noche acudirá, así que, aunque muy justa de tiempo, reservo hora en la peluquería para presentarme lo más atractiva posible.
Pescadería, carnicería, frutas y verduras, una cola tras otra. Transito veloz por los pasillos recogiendo productos, esquivando carros. Paciencia en los quesos. Queda tiempo. Camino de la caja pienso si dejar el coche en el aparcamiento del súper e ir andando a la peluquería, o llevármelo y buscar sitio en la calle. No consigo decidirme.
Con un vistazo repaso las colas de caja, localizo una con un único comprador. Y tiene pocos productos en la cinta. ¡Bingo! Comienzo a sacar mi compra. Quizá sea mejor llevarme el coche.
—No corras tanto que faltan cosas —dice el hombre.
—¿Cómo?
—Que faltan cosas —responde con fastidio.
La cajera, de veintipocos, sonríe tímida, nos mira sucesivamente y espera con las manos en el regazo. Oigo el chirrido de ruedas metálicas. Una mujer flaca, desaliñada y pelo decolorado con agua oxigenada empuja un carro medio lleno.
—¡Venga ya, coño! —le grita el hombre.
Ella esboza una frágil sonrisa.
—Perdone, ¿puedo…?
—Oiga, tengo prisa, no pueden guardar sitio y aparecer después con este montón de cosas.
Hace ademán de explicarse. Apenas abre los labios y la voz del déspota irrumpe de nuevo.
—Tú no tienes que darle explicaciones. Se lo he dicho, ahora que se joda. Quite el carro de en medio —me ordena.
La mujer decolorada se ha refugiado en la que va detrás. Cuchichean. Tensa como la cuerda de un arco decido no renunciar a mis planes.
—Llame al encargado —pido a la cajera—De aquí no me muevo. Su compra ha pasado, me toca a mí.
—¡Vas a quitar el carro ahora mismo o lo quito yo y te lo tiro a la cabeza! ¡Y el de la vecina también va a pasar! —añade señalando a la segunda mujer que levanta la cabeza, mostrando los ojos, redondeados por el sobresalto, espejos del pensamiento en qué hora se me ha ocurrido venir.
Parece que soy la única de las cuatro dispuesta a hacer frente a la bestia.
—¡Sí, hombre, y qué más! —protesto.
Las dimensiones del individuo son impresionantes. Me viene a la mente la imagen de un chico del colegio al que temía, incluso, sin haber cruzado palabra con él. El miedo, la rabia, la sumisión ante la superioridad física, regresan. Ya no estás en el colegio, a la mierda la peluquería, tía.
—Creo que debería hacer algo ya —digo a la cajera—, llame al encargado, a la policía local, a quién haga falta. De aquí no me muevo —intento imprimir seguridad a mis palabras, dentro de la garganta tiemblan.
Me giro hacia las mujeres. Ambas, mudas de repente, me observan. La bestia ruge. Continuo vaciando el carro sobre la cinta de caja. Entonces, leve y tímida, se posa en la manga de mi chaqueta la mano de la mujer decolorada. Levanto la vista, hallo sus ojos húmedos y suplicantes.
—Por favor —dice muy bajito.
La vecina que la acompaña asegura que no tiene prisa, ella esperará.
—¡Coño! ¡Qué no le supliques a la hija de puta! Y tú —señala de nuevo a la vecina con índice acusador—, tú pasas también, ¡por mis cojones!
La vecina traga saliva y asiente. Miro alrededor. La gente arremolinada espera el desenlace. Levanto la vista al entresuelo, a las oficinas acristaladas, nadie. La cajera, bajo el mostrador, apila bolsas. La única mirada que sostiene la mía es la de la mujer. Un ligero temblor, como de puchero infantil, le asoma a la boca. Escucho una conexión ancestral tan inexplicable como cierta, «Yo voy a volver a casa con él, tú no».  Retiro mi compra, aparto el carro. Ella pasa, la vecina pasa. Adivino la mirada de la bestia regocijarse con la visión. No quiero levantar los ojos de la cinta, enfrentármelo, solo quiero pensar que he hecho lo correcto.
He perdido todo interés por la hora y, sin embargo, quiero marcharme aún con mayor premura. Camino con la cabeza levantada, mirando al frente me repito has hecho lo correcto. Antes de alcanzar el coche, de la penumbra, surge un hombre que se acerca a buen paso. Siento acelerarse el corazón. No es él, no tiene su corpulencia. Prendida en la camisa lleva una identificación: “Encargado”.
—Señora, disculpe lo ocurrido. Salí al almacén, al volver he visto la película de seguridad si quiere denunciar está a su disposición.
Los ojos azules del encargado expresan interés, diría que anhela la denuncia. Maltratada, humillada. Las palabras llegan de la mano de la mujer decolorada de mirada húmeda y suplicante, nos vinculan. Dos desconocidas unidas durante unos pocos minutos, o bien durante los días, semanas o meses de un proceso judicial.
—No, no denunciaré. Ya ha pasado. Da igual.
Esas palabras escogidas al azar, sin embargo, me iluminan. Retomaré mis planes. Llego a la cena con poco retraso. Mis amigos están en la terraza, a algunos les ciegan los últimos rayos de sol obligándoles a entrecerrar los ojos, a interponer la mano delante de la vista a modo de visera. Mario me ha reservado asiento a su lado al abrigo de la insidiosa luz.
—Algunos no querían que te guardara el sitio, ¿sabes? Que cuando llegaras ya se habría ido el sol, decían. He tenido que amenazarles —afirma empuñando el tenedor.

Ríe. Todos ríen. Esa silla debería halagarme en lugar de incomodarme, pero lo cierto es que, la única a resguardo de la luz cegadora, me esperaba. Intento recordar en qué momento me sentí atraída por Mario y por qué, aparto la silla hacia la zona soleada para reconstruirlo. Me mira sorprendido. Voy a pronunciar una excusa, pero decido que no. Tampoco voy a contar lo del supermercado. Si lo hecho fue lo correcto puede que no me lo haya repetido lo bastante.

sábado, 3 de marzo de 2018

EL FINAL





Allá abajo, la húmeda masa verdosa. Me deslumbran brillantes, ondulados espejos de plata que arranca el sol. Entran por mis ojos, penetran hasta lo más hondo como hiciste tú con tu sonrisa, tus maneras de seductor. La inmisericorde luz del mediodía me ilumina sentada en la roca mientras dejo resbalar de las manos conchas huecas. Te oigo justificar tu marcha.
—Te lo había dicho. Te advertí que quizá fuese este fin de semana. No es mi culpa si no retienes lo que digo o lo filtras para oír solo lo que quieres oír. No comprendo por qué te enfadas.
No hay dónde refugiarse, la luz desvela, saca a flote. Tú, a mi espalda, esperas. ¿Por qué no comprendes? Es fácil.
—No estás obligado. No hay razón para que vayas si no te apetece. Si es que es esa la verdad —digo cortando la respuesta; escondiendo lo que pienso, «Si no es una excusa para volver con tu mujer».
—Ya estamos.
Tu voz se tensa como una cuerda de guitarra al girar la clavija. Intento sosegarte.
—No es importante en realidad... En realidad, casi nada es importante, solo, tal vez, la muerte, que trunca, que te deja a mitad de un camino. Cuántas veces lo hemos hablado.
Yo siempre sé de qué hablo. Siempre hablo de nosotros por debajo de cualquier tema, por encima: NOSOTROS. Tú sueles hacerte el tonto. Hoy te haces el tonto con la reunión de exalumnos.
—No puedo faltar. Dije que yo podía en esta fecha. Por mí cambiaron la que habían propuesto.
—¿Y qué más da? Gente que hace un siglo que no ves y que no verás después, que no forman parte de tu vida, ni lo harán, ¿por qué te importan más que yo?
Oigo crujir los caracolillos, las conchas, aplastadas por tu peso. Guardo silencio. Añades más crujidos. Me chirrían dentro de la cabeza, me aturdes como si pisaras mis sesos. No volveré a comer almejas, ni chirlas, ni ningún bicho que se convierta en cáscara hueca y cruja bajo la pisada de alguien. Es como morir dos veces: una, cuando te entregas; otra, cuando te pisan.
No llevo cuentas, ni registros de renuncias, no recuerdo cuántas veces he antepuesto tus gustos, tus motivos, tus “tus” a los míos. Házmelo entender, explícame por qué es tan importante no faltar a esa reunión de exalumnos en lugar de terminar el fin de semana aquí conmigo frente a este mar lleno de posibilidades, de promesas. Parece calmado, pero ambos sabemos que se encrespa con facilidad, eso forma parte de su encanto. Un golpe de viento y ¡zas! El oleaje bate las rocas, arremete contra las conchas pegadas a la piedra y lame, y lame, hasta arrancarlas de su hábitat. Después, las lanza furioso a tierra para que mueran al sol.  Aparto el pensamiento, aún hay esperanza. Yo sigo aquí y tú estás. A mi espalda, pero estás. Vamos inténtalo. Yo haré el esfuerzo de creerte, tú el de convencerme. Si no lo intentas sabré que tu mujer te reclama, que aún no se lo has dicho y ya ni siquiera quieres disimular. Pensaré que no quieres despedirte de vuestros doce años juntos y nuestro final está cerca. No quiero oír crujir esos pequeños esqueletos. No los destruyas aún más. Porque no sería justo, porque yo no elegí llegar tarde, porque no merezco que pises mi ofrenda. Si oigo crujir los buzios, los longuerones, las coquinas, si los oigo… Está cerca el cortado, es fácil resbalar, no hay agarre posible, la roca cae como lenguas de chocolate derramadas del cazo.
Escucho el crujido que indica que te alejas. Me levanto, te provoco.
—¡Espera! Acércate, acabo de descubrirla. Quién lo hubiera pensado, una flor que nace de la piedra en el acantilado.


FIN


Ejercicio para ilustrar el tema 9 del curso Escritura y Meditación, Los símbolos.

domingo, 28 de enero de 2018

Afrodita extraviada en lo humano


En los seis años de matrimonio sucedía por primera vez: iba a pasar ambas fechas fuera con su familia. ¿Por qué?,  pregunté alarmada. Su hermana venía desde Nueva York en Navidad, pero su hermano Miguel no llegaría hasta Fin de Año. Me recordó que tenía un sobrino que aún no conocía. Argumentó que los lazos familiares no convenía dejarlos aflojar por lo fastidioso que resultaba más tarde reanudarlos y aclaró, «Lo digo en el sentido de insistencia más que con el propio significado de renovación. Por lo tanto, he pensado no en la diversión, sino en lo conveniente». Le pregunté con bastante mala leche a cuanta gente conocía que enfocara una reunión familiar con ese pragmatismo, palabra que usé para estar a tono con su lenguaje. Respondió, «Quiero conseguir acostumbrarme a prestar atención a otra cosa que no sea tu ombligo o el mío». Ahí me pilló, solo pude pronunciar un “Ah”. 
No podía quitarme de la cabeza la frasecita de los ombligos. Cuanto más pensaba en ello, más me indignaba. A qué venía ese rodeo. El circunloquio me aguijoneó durante toda una noche. Por la mañana tenía la explicación: si había un lugar al que no le acompañaría era a casa de su familia. Todo ese anudar y aflojar lazos, esa repentina preocupación por la anatomía, no se había manifestado nunca antes. Le dejé marchar con una sonrisa, incluso reuní ánimo para enviar recuerdos a mis suegros y cuñados. Tras cerrar la puerta, programé una alarma en el móvil a las cinco de la tarde para los siguientes siete días.
Él hablaba poco cuando le telefoneaba; lo compensaba yo contándole con detalle las horas sin él; a quién había visto, los planes para la tarde, la noche, trasmitía saludos de amigos y fragmentos de conversaciones con tal de huir de los silencios que pudieran darle ocasión a pedirme que espaciara las llamadas. El miércoles le hablé de la opinión de unos amigos, «Cariño, no sabes cómo nos admiran. Marcos me dice que hay que ver lo estupendamente que he aceptado tu ausencia justo en estos días en que disponíamos de más tiempo libre. No veo de qué se asombran, en el amor hay que ser generoso». Silencio al otro lado de la línea.
La tarde del jueves me atreví a preguntar algo que me rondaba desde la mañana.
—¿Lo pasas mejor allí que aquí? 
Un sabor metálico como si me hubiese mordido concienzudamente los labios, y tal vez lo hice, me llenó la boca. 
—¿Mejor? ¿Cómo mejor? 
—¿El año próximo estaré sola? 
Ataqué limpiamente preocupada por la posibilidad de convertirme en adicta al rodeo.
—Lo planteas como si fuera decisión mía y el destino no importase en absoluto. ¿Acaso tengo una bola de cristal? Es como si me preguntas si el año que viene me va a tocar la lotería…
No es lo mismo, pensé, la lotería es cuestión de azar. El gusto a metal se intensificó. Si un papagayo “circunloquease” habría sonado igual que aquella sucesión de frases vanas.  Tras unos minutos me despidió apresurado.
El lunes oí la llave en la cerradura justo en el momento en que iba a tomar el primer café vespertino del año. Al verlo en la puerta recordé mi sonrisa de la despedida, volví a sonreír. No le dejé deshacer la maleta, lo senté en el sofá, le serví el café y esperé que me hablara. Sorbió el café mientras miraba por encima del borde de la taza hacia la ventana. En vista de su mutismo, decidí quejarme dulcemente de lo largos que se me habían hecho los días, de que las fiestas no lo habían sido para mí en realidad. Noté que se tensaba, que no perdía de vista la oscuridad que caía tras el visillo. Cambié el tono por otro alegre para decirle que Marcos había dejado un mensaje en el contestador: «¡Feliz año! Oye, tío, que nada, que pases otro año cojonudo con tu chica. Yo estoy solo otra vez. No sabes lo que envidio vuestra estabilidad, cómo os complementáis. Llama y nos vemos». Sí, lo reconozco, esperaba, al menos, la cortesía de algo como “cierto que nos complementamos”, o algo más cálido “somos afortunados por habernos encontrado, es verdad”; no  me atrevía a esperar lo ideal “has sido muy comprensiva. No volveré a dejarte sola”. En lugar de eso, su expresión de niño enfermizo cambió como si hubiese visto un cocodrilo tras la ventana. Se incorporó y fue al dormitorio murmurando:
—Nos complementamos…¡Oh, claro! Mantener un piso, gastos, compartir amigos, aficiones…Hasta han llegado a gustarnos los mismos pintores, músicos y restaurantes por diferentes razones, ¡no cabe mayor complementariedad! 
Había abierto la maleta que reposaba sobre la cama.
—¿Qué?, ¿qué pasa con eso? 
—Nada de eso huele a amor. 
Revisaba el armario, seleccionaba de nuevo ropa y zapatos conmigo pegada a sus talones, lo arrojaba a la maleta con gestos que podrían hacer pensar que iba a perder un tren último y esquivo. Cubrió el desbarajuste con la tapa, apretó con decisión aunque inútilmente. Gotas de sudor le caían por la cara. Nunca había sido un tipo fuerte.
—¿Hay otra mujer?
—¿Otra? No. Ni siquiera estás tú.
— ¿Perdona? ¿Que qué?
—No soporto esta perfección. Esta complementariedad —aclaró en un tono de burla, como si imitase a otro—, me aburre esta calma chicha.
Le empujé. Cayó de lado sobre la cama. Reviví cuántas veces le sugerí poner un espejo en el techo; a él gustaba estar debajo tanto como a mí ser la poderosa amazona que le cabalgaba encima, el colmo de la lujuria habría sido verme la cara, sería tanto como follar conmigo misma. Pero ahora, como si lo viera por primera vez tumbado, comprendí por qué a él le parecía un capricho. 
—No eres más que un pobre hombre, un tipo flacucho y pasivo. Yo, complementariamente —ahora me tocaba aprovecharme del tono burlón, de la voz de otra—, disfruto con el ejercicio físico, voy al gimnasio y desde hace dos años tomo clases de defensa personal. 
Noté su estupefacción, sentí que percibía lo precario de su posición tanto que, estaba segura, de haber adelantado un paso podría haberlo visto levantar los brazos para protegerse ante un posible golpe.
—¿Qué te pasa? ¿Te has vuelto loca?
—Así que calma chicha. La culpa es tuya, ¿cómo mantener una relación de verdad con palabras de mentira? Tú mismo te has ahorcado con tus circunloquios. —Me eché a reír ante su gesto: se cubrió la garganta con la mano—. ¿No lo entiendes? La calma chicha que desprecias es cosa tuya. Tú, el único responsable —sentencié señalándole con el índice. 
Intentó incorporarse. Al afirmarse sobre la rodilla un gesto de dolor le detuvo. Le había visto golpearse con el canto de la mesita de noche, imaginé bajo el pantalón la rodilla rota, tullida para siempre. Usó la otra pierna para acercarse al borde de la cama, con las manos, los dedos en punta, se impulsaba. Ya medio incorporado, animada por un ardor que me cosquilleaba la nuca y las sienes y despertaba la sensación de poder de una cabalgada, le di un empujoncito de  nada que le volvió  a derribar. Estaba encantada.
—Vuelvo en una hora, no te quiero aquí. Lárgate a divertirte horrores con otra. Aunque te lo advierto, no lo conseguirás.
Las carcajadas rompían la última frase, me costó verdadero esfuerzo pronunciarla.

FIN


Ejercicio correspondiente al tema 6 del Curso Escritura y Meditación

viernes, 29 de diciembre de 2017

Colección. Coleccionismo. Coleccionar.

Ha pasado a ser asignatura obligatoria. El profesor explica en qué consiste. «Podéis coleccionar cromos, chapas, fotos, vestidos de Barbie, películas de vídeo…da igual, lo importante es que consigáis la colección. La meta os la marcáis vosotros mismos y la cumpliréis durante el curso». En la última fila una niña pálida, rubia, de ojos azules muy claros, una niña casi transparente y olvidada, levanta el brazo. «Y cuando terminemos la colección, ¿qué haremos con ella?» El profesor lamenta que para una vez que levanta el brazo y llama su atención sea para incomodarlo. «Pues, nada, qué quieres hacer. Las cosas empiezan y terminan». Un chico al que le cae un flequillo negro en la frente sentado en segunda fila responde, «Pues hacer otra colección». Y toda la clase se alegra de la respuesta, incluido el profesor, incluida la niña, que había sufrido al comprender que su pregunta ocultaba otra mucho más molesta ¿Para qué sirve coleccionar? Por eso el profesor había contestado irritado y la clase se había sentido desilusionada cuando parecía muy buena idea hasta que ella la desbarató. Pero el chico del flequillo por fortuna lo arregló, y desde hace semanas todos andan por los pasillos preguntándose unos a otros qué coleccionan, y surgen intercambios interesantes aunque también disputas, y algunas envidias. Nada importante si se compara con lo que sucedía anteriormente: acoso, extorsión, grabaciones ilícitas, bandas paseando su violencia en el patio. Ahora, sin embargo, la mayor preocupación es averiguar cuál es la colección más importante. El chico del flequillo cree que la suya, una colección de miniaturas de coches metálicos que le está costando terminar —se ha propuesto llegar a cincuenta modelos diferentes— ya que solo dos chicos en el centro la comparten. Otros lo tienen fácil, han elegido cromos de fútbol o muñecos de los huevos Kinder. La niña pálida ha escogido coleccionar pasadores de pelo; durante los recreos intenta, sin gran resultado —su transparencia juega en contra—, cambiar los repetidos e introducir un poco de desmadre en el mundo emparejado de los pasadores. 
La solución aportada por el chico del flequillo para dar sentido al esfuerzo de investigar, tantear, intercambiar y convencer, ha calado: a una colección le sigue otra. La naturaleza de las colecciones evoluciona sofisticándose conforme crecen los autores. En la adolescencia el chico colecciona besos, la niña pálida esmaltes de uñas; en la juventud, el chico colecciona videos guarros; y la chica, recetas de cocina, será cocinera. En los primeros años de universidad, el chico del flequillo colecciona suspensos y juergas; la chica colecciona amigas porque es demasiado tímida para coleccionar amantes aunque es lo que le gustaría.
Un día el chico colecciona suficiente éxito, y con ello empieza a coleccionar coches, casas, acciones de multinacionales, enemigos en el trabajo, esposas y ex-esposas, hijos, horas de vuelo y noches de hotel. Colecciona botellas mini de alcohol en los bolsillos y las correspondientes borracheras. La chica, es mujer que ha coleccionado soledad, horas de trabajo, mascotas y desengaños amorosos. Harta de una vida plana decide coleccionar kilómetros, curvas, derrapes, rugido mecánico y potencia entre los muslos enfundados en cuero a lomos de una moto de gran cilindrada. Colecciona sensación de libertad hasta que le toca coleccionar lágrimas, dolor, días de reclusión hospitalaria, ejercicios de rehabilitación, horas de fisioterapia. Más tarde, colecciona dolor en la espalda, calambres en la nuca, presión en la cabeza; colecciona calmantes, ira y ansiedad si le quitan sus pastillas.
En el Centro de Deshabituación “Diógenes/ Módulo Uno”, la gente ha coleccionado de todo: robos, jeringuillas, tarjetas de crédito, polvos y pastillas, abrigos de visón, navajas, noches errantes, días sin luz, peleas, colchones piojosos, revistas, chabolas, cucharillas dobladas, fiestas junto a la piscina, Dom Perignon, amistadas rusas, horas de ruleta; han coleccionado experiencias, ilusiones, delirios, sesiones de hipnosis, tratamientos de autoestima, llanto, desesperación y colocones; y perdones, reencuentros, discusiones, miedos, amores, odios, insomnio y días de cárcel. 
El chico del flequillo negro lo tiene ahora cano, y la niña pálida se maquilla, ya no lo es; pero cuando se encuentran uno frente a otro se reconocen. Se miran, bajan la vista a sus manos vacías. «No terminé mi colección de pasadores de pelo», dice. «Ni yo conseguí los cincuenta coches», tras un culpable silencio continua, «Lo siento, parecía tan inocente…» Ahí lo deja. Ella asiente y añade, «Los de afuera están peor, aún no lo saben».

FIN

 Ejercicio del tema 5 perteneciente a Escritura y Meditación

lunes, 20 de noviembre de 2017

La hija

Tenía diez años cuando nació Cristina, hija de su tío y padrino, Titi. Titi se casó tardío y la niña llegó, inesperada, cinco años después. Entretanto se había desvivido por ella, por la ahijada que le convertía en visitante asiduo del hogar de la hermana y del cuñado, en compañero de paseo por los Jardines del Alcázar, en constructor de castillos de arena en la playa de Sanlúcar.

En apariencia las cosas no cambiaron demasiado al nacer Cristina, solo que entonces las visitas tomaron el sentido contrario: era ella con sus padres quienes agasajaban a la pequeña de inmensos ojos verdes heredados de la nórdica belleza de Nora, su madre. Titi no dejó de ir a buscarla cada sábado. Ella jugaba con Cristina hasta donde lo permitía su diferencia de edad. Envidiaba secretamente algunos de sus juguetes. Como aquella caja de música con espejito y bailarina multiplicada en su reflejo que se incorporaba nada más levantar la tapa y giraba. Ella apreciaba el milagro, Cristina, no, qué desperdicio. Titi no dejó de llevarla al Alcázar, si bien ya no paseaba con ella porque sostenía los pasos vacilantes de Cristina. Ni de invitarla a restaurantes y hoteles cuando Cristina tuvo edad para ir. No dejó de hacerle regalos. Titi seguía comportándose como siempre, solo que Cristina estaba allí.

Unos años después, ella dejó su ciudad debido al trabajo paterno. Un trabajo detenido feliz y puntualmente cada agosto, lo cual permitía el reencuentro en Sanlúcar. Allí, Titi volvía a centrarse en ella que, ya adolescente y huraña, bajaba a la playa a bañarse a primera hora. Titi la observaba desde la terraza. Nadaba para él, se zambullía una vez y otra para él a pesar del agua fría y el sol a medio encender. La playa, desierta, les pertenecía.

A mitad de mañana, los hombres organizaban una partida de Continental bajo el toldo alrededor de una mesita plegable. Las mujeres tomaban el sol. Ella se encajaba entre las sillas de los jugadores. Buscaba la sombra, el silencio, y concentrarse en la lectura del momento cerca de Titi que levantaba la vista de las cartas cada poco, la miraba y sonreía. «La más inteligente de la familia, ¿cómo estás, preciosa?». Ese “preciosa” centelleaba en la voz de Titi que hacía sonar la ce como ese.

En el horizonte, resistían los gritos de Nora: «¡Sal ya!¡Que salgas, Tina!». Cristina, harta del puñado de indicaciones que le llovían, se hacía la sorda. Y la voz punzante de Nora se dirigía a los jugadores para hacer blanco en Titi, «La niña no me hace caso. Ya es la una, tiene que comer». Titi se levantaba, volvía con Cristina. De reojo, ella vigilaba los movimientos de Nora y Cristina mientras recogían; contaba aquellos minutos eternos. Después, Titi y ella se alejaban hacia la zona menos concurrida. A Titi le gustaba nadar, ella no podía seguir su brazada larga, aguardaba en la orilla. La mayoría de los días subía con él al apartamento. Comían en la terraza. Siempre, en algún momento, ella se acercaba a la baranda, imaginaba cómo la vio él esa mañana, ideaba piruetas para ofrecerle al día siguiente. Después de comer, Nora se llevaba a Cristina a dormir la siesta, Titi se recostaba en su sillón, ella cruzaba el rellano para meterse en casa.

Fue cosa de Titi que el padre de ella comprara el apartamento de enfrente. «Es un disparate comprar un piso para disfrutarlo un mes y vivir de alquiler el resto del año», había argumentado ante su mujer y su cuñado inútilmente. Titi podía permitirse dos casas en propiedad, ganaba mucho dinero en Sudamérica con el negocio de maquinaria agrícola. Mucho. Así, Nora se engalanaba con esmeraldas de Colomba, zafiros de Brasil…, joyas que el esposo traía de sus viajes. Ella anhelaba alcanzar la edad de recibir esos obsequios y decir «Me lo ha regalado mi tío».

No hubo tiempo. Se vendió el apartamento de la playa —también el de los padres de ella, permutado por un piso en la ciudad—, se empeñaron las joyas, desaparecieron los restaurantes, las empleadas de hogar, los viajes. Ella con sus padres los visitaban siempre que podían, no hacía falta avisar, raramente salían. Nora hablaba de la ruina con pasmosa naturalidad, una naturalidad que a ella le resultaba insoportable. Parecía que hiciera leña del árbol caído. Solo importaba Cristina, su presente, su futuro. La prima, convertida en mujer, se había contagiado de la frialdad nórdica de su madre, su rostro resultaba infranqueable como un espejo. A Titi, sin embargo, le habían brotado arrugas, ojeras y bolsas, y se le había caído el pelo. Lo hallaban acurrucado en su sillón, taciturno. Pero cuando ella aparecía por la puerta los ojillos se achinaban pícaros con una sonrisa de oreja a oreja, y pronunciaba aquel “Cómo estás, presiosa”, reservado en exclusiva. «Hay qué ver cómo te quiere», decía Nora en un tono indiferente que caía a plomo.

Un cáncer de vejiga se lo llevó por delante.

En el funeral, ella no podía dejar de llorar, las lágrimas le consolaban del mismo modo que de niña cuando algo la confundía y no sabía qué otra cosa hacer. Nora se volvió, su voz extranjera pareció dirigirse a un camarero, «Ya hija, ya. Para». Cristina también se había girado, su mirada verde era gris. Incineraron su cuerpo. Sabía que la intención de Cristina era esparcir las cenizas, la cuestión era dónde, cuándo. Ella quería estar presente, les hizo saber.

Pasaron meses. Un día su madre la telefoneó, «Cristina las ha echado al mar en Sanlúcar, me parece bien. Fue el día…». Dejó de escuchar, ya no importaba. Imaginó a Cristina en algún barco entre Bajo de Guía y Doñana lanzando al mar las cenizas. Dibujó su rostro de mármol en ese momento lúcido del adiós definitivo a lo poco que le quedaba del padre, sin una lágrima. Le confortó imaginar la desazón de Cristina cada vez que Titi le obsequiaba aquel «Cómo estás, presiosa». Fue entonces. Cayó en la cuenta de que ella le había robado. Cayó en la cuenta de que Cristina soportó el expolio con su rostro inexorable.

FIN
Ejercicio correspondiente al tema 3 del curso "Escritura y Meditación"

viernes, 10 de noviembre de 2017

La trampa

La imagen del portátil tiembla como sacudida por un momentáneo terremoto, el rostro de su hermana se desdibuja. «Mierda con la tecnología», protesta Ana en tanto la imagen se recupera.
—¿No era para mandarla al infierno? —lanza al rostro fraternal en cuanto revive la imagen.
—Pero Ana, ¡es tu amiga! —responde su hermana levantando la vista de la plancha hacia el portátil apoyado en la mesa. 
—Yo soy más amiga de ella que ella de mí. Esta semana le iba a caer una bronca del jefe, lo evité, como lo oyes, había enviado un documento a un mail erróneo y la avisé. Y el otro día se le atascó la fotocopiadora, menos mal que estaba cerca, hubiese sido incapaz de solucionarlo sola. Pero vamos, eso se acabó.
—Estabas encantada con ella. Te ha ayudado con el contrato de internet, el del alquiler, el del banco, ¿no?
—Hermana, tampoco es para tanto. Llega alguien de tu país y qué otra cosa que ayudar a que se instale, en fin, lo normal, digo yo. Que tampoco ha hecho milagros. Fíjate en el apartamento, sí muy céntrico, muy bien de precio, mucha luz… Llevo aquí dos meses y ¡toma!, avería en el baño, sin ducha tres meses por lo menos, ¡vamos hombre! Que vale no tiene culpa, pero tía no me dejes tirada. Que lo siente, que no puede decirme que vaya a su casa que ya le gustaría, pero el alquiler, el casero. Bla, bla, bla... Una falsa, eso es lo que es. Mucho decir que me echa un cable y mira. No sé cómo ha engatusado a Nico, de verdad, con lo estupendo que es el tío, un pibón lo mires por donde lo mires. Espera, tengo una foto por aquí. La mando.
—¡Vaya! Pues, sí. Tú lo tienes bien agarradito por el brazo, bandida. ¿Ella es la que lo coge de la mano?
—No vale nada, ¿a qué no?
—Yo no diría tanto.
—Puede dar el pego maquillada, pero es sosa. Y de carácter..., ella dice que si parece distante es por timidez, qué va, es que se lo tiene creído. Lo que le faltaba era el ascenso a responsable de área. Se pasa el día metiendo las narices en todo, menos mal que no está en mi departamento. La gente se siente incómoda, vigilada. Vamos, que si no es por mí en la oficina estaría más sola que la una.
—Tengo que dejarte, los niños van a llegar del cole.
—Siempre me tienes que cortar.
—Ya, perdona, entre semana es lo que hay. Llámame el viernes, Jorge los llevará al cine, podremos hablar tranquilas y mucho rato. 
—El viernes seguro que salgo.
—¡Ay, hija, qué envidia! Bueno, pues ya vemos cuándo. Un beso.
El azul del Skype ocupa el lugar de su hermana. Suspira, habla a la pantalla como si tuviese oídos. «Si ella estuviese en otro país con un montón de problemas, lo menos que haría sería escucharla. Dice que me envidia, pero seguro que nunca ha hablado a un rectángulo de vidrio con el vago reflejo de la cara y nada más». El zumbido del móvil la obliga a cambiar el punto de vista: el WhatsApp. Una frase interrumpe el fondo con la foto de sus padres, su hermana y los niños: “Oye, aunque no puedas quedarte en casa durante la obra…”. ¿Qué querrá esta ahora?, es lo primero que piensa. Duda si terminar de leer, si lo hace, ella, su amiga, sabrá que lo ha visto, esperará respuesta. Puede no responderle, sería como darle la espalda. Entonces, decide tocar el símbolo verde, clicar en el nombre: Mamen.
“Oye, aunque no puedas quedarte en casa durante la obra, a ducharte puedes venir siempre que quieras, por supuesto. Creo que el otro día cuando lo hablamos no te lo ofrecí claramente, pero cuenta con ello sin problema”.
 “Estoy sobrepasada con el curro nuevo, a veces repito las cosas que he dicho y otras me olvido de decirlas. Perdona si ha sido tu caso.”
“Siento un montón que te haya pasado esto y encima habiendo buscado el piso yo. Un beso, guapi.” 
La asalta un sentimiento embarazoso, algo se conmueve en su interior, como si al corazón le hubiesen salido alas enérgicas que cachetean las costillas y sacuden los pulmones. Se siente incómoda con ese aleteo, por su culpa vislumbra un terreno desconocido.  Qué ha percibido durante unos segundos, se pregunta. Ha perdido de vista las nubes que empañan el día a día, la ha reconfortado la ola de calor que le ha inundado el pecho. Mamen la ha arropado con un chal suave y ligero, ella se ha dejado envolver en el tibio abrazo. Levanta la vista del mensaje, se despoja del chal. «¿Y ahora qué? No puedo estar cambiando de opinión, pensarían que no sé relacionarme, que no soy de fiar si hoy me llevo mal con una persona y mañana bien. ¿Y qué le diría a mi hermana la próxima vez?».
“Gracias, no hace falta, usaré las duchas del gimnasio”, teclea.
Lamenta no contestar como realmente le gustaría, mostrando toda la rabia que esconde por no hacer daño. Al hacerlo, Mamen, su hermana, el casero, o el albañil no aprecian su esfuerzo por ser amable con todos ellos y así le va.

FIN
(premisas tema 2 del curso Escritura y Meditación)