miércoles, 29 de abril de 2015

Suspense



No te muevas

El sonido de un motor  rompe el sopor de la madrugada. Un deportivo se orilla, una mujer desciende, se tambalea, ríe, sofoca la carcajada llevándose el foulard a la boca. Su acompañante la coge por el brazo.
—Invítame a tomar la última, Sara.
—Ni hablar, Charli. Lo he pasado de maravilla, pero bye.
Sara se aleja con paso torpe hacia la cancela de hierro del adosado. Charli se apoya en el coche y enciende un cigarrillo.
—Me quedaré aquí un rato por si cambias de opinión —grita mientras ella traspasa la verja.
Al llegar a la puerta, Sara intenta una, dos veces, tres, meter la llave en la cerradura; culpa de la mala puntería a los gin-tonic y no a la falta de luz del farolillo. Según su costumbre deja el llavero colgando de la cerradura interior. Aprieta el interruptor, la luz no se enciende. Mierda, ¿qué ha pasado aquí?, se dice mientras ilumina el cuadro de luces con el móvil.
Nota pequeños trozos que se clavan en la suela de las sandalias, desvía la luz al suelo.
—¡Será posible! Dichoso gato.
Oye un ruido tenue en la planta alta.
—Es inútil que te escondas, Misha. Has sido un gato malo. Has roto mi figurilla—  grita mientras revisa las palancas del cuadro.
El móvil se apaga, la batería es mínima. A su espalda escucha el crujir de la tarima de madera.
—Misha, te voy a castigar sin leche, ¿me oyes? ¿Crees que será la bombilla? Pero estas modernas no se funden, ¿qué opinas?
Sara mueve los interruptores sin resultado mientras conversa con Misha, le tranquiliza oírse. Un maullido suave, un suspiro gatuno, la hace sonreír.
Pero comienza a notar que le tiembla la mano, suda, la respiración ha perdido su compás. Un movimiento en el aire, un aliento más bien, le ha erizado el vello de la nuca.
El móvil se apaga definitivamente. Busca la manilla de la puerta. Salir, encontrar la luz de las farolas. Y a Charli, que ojalá siga ahí.
Percibe susurros a su espalda, instintivamente mira al suelo.
—¿Misha?
Encuentra la manilla, abre la puerta con sigilo. Un cuchillo de luz ilumina la entrada, en el triángulo amarillo del suelo yace el gato de angora convertido en una masa amorfa y sanguinolenta. Quiere gritar, pero la voz ha desaparecido como si le hubieran amputado las cuerdas vocales.
En ese instante la puerta resbala sobre sus bisagras con un quejido, escucha girar la llave que destraba el cerrojo de seguridad y el pestillo que encaja con un sonido definitivo. El tintineo del llavero desaparece. Un silencio de cristal se adueña de la oscuridad. El rostro se le moja con el agua tibia de las lágrimas. Siente unos labios casi pegados a su oreja, un aliento que huele a tabaco, oye una voz pastosa y recia.
—No me has visto, lo cual es una suerte para ti.
La arrastra hasta una silla. Sara, ahora, prefiere la oscuridad. El hombre la ata con los brazos cruzados por detrás del respaldo y usa el foulard para taparle la boca. Después, ni una palabra.
Sara le escucha mover muebles, golpear  paredes, abrir armarios, mientras ella baraja opciones con la misma rapidez con que ha barajado cartas en el casino hace unas horas. Forcejea. Nota que las ligaduras se aflojan, consigue sacar una mano, después la otra y correr hacia la puerta cerrada. Como temía, las llaves no están. Se deja caer en el suelo, tiembla, siente náuseas, ahoga arcadas. Maldice haber dado de baja el teléfono fijo.
Se incorpora y va hacia la cocina tanteando, teme encontrar el relieve de un cuerpo en lugar de la uniformidad de la pared. Las piernas le pesan, decide cada paso como si tuviera delante un abismo. Por fin se hace con las cerillas y de la cajonera escoge el cuchillo más afilado. La hoja brilla a la luz vacilante del fósforo. El arma se le resbala de las manos, el ruido sobre el gres es como un timbre que llama para el segundo acto de la función.
Le escucha descender. No son los pasos invisibles de antes sino los de una apisonadora. Busca donde ocultarse. Se acurruca tras la puerta de la despensa. Herir el abdomen, ahí, blando, con decisión, tendré que hacerlo con decisión, se dice mientras el haz de una linterna penetra en la cocina.
La voz de Charli rebozada en vapores de alcohol se deja oír a través de la puerta en ese instante, «Vamos, Sara, una última copa. Te advierto que no si no me dejas pasar estoy dispuesto a quedarme aquí toda la noche».
Marusela Talbé





jueves, 23 de abril de 2015

Monedas

—¡Pepe! Fichas para el teléfono. Tengo que llamar a la Guardia Civil.
Pepe deja de secar el mostrador, se echa el trapo sobre el hombro y se apresura hacia la caja donde guarda las fichas doradas.
Cesan los murmullos, el entrechocar de las fichas de dominó, Pepe apaga la radio.
—…fui a echar de comer a los cerdos, allí estaba, una mujer. Muerta, señor guardia, muerta en mi pocilga. Tenía un papelillo sobre el pecho, pone que la cerda entre cerdas está. ¿Cómo?..., ¿el papel? Lo tengo en la mano...¡Y yo qué sabía!
«Dicen que posiblemente he estropeado el indicio más valioso de la investigación», explica Curro tras colgar el auricular.
—Tómate un vino, anda —dice Pepe—, y tranquilo, compadre.
Ya antes de beber los labios se han relajado en una sonrisa.
Pepe, frente a él, es el único en verlo.
—Cincuenta céntimos —pide con voz neutra.
—Creí que ibas invitarme —contesta Curro hurgando en su bolsillo.
Pepe, levanta la cabeza, deja de secar un vaso. Mira fijamente a Curro buscando la transparencia de la juventud y la niñez en las pupilas y encuentra desafío.
—Hasta más ver, compadre —añade Curro dejando el dinero sobre el mostrador y dándole la espalda.

Marusela Talbé

 .

Cartas



El sonido de un motor  rompe el sopor de la madrugada. Un deportivo se orilla, una mujer desciende, se tambalea, ríe, sofoca la carcajada llevándose el foulard a la boca. Su acompañante, la coge por el brazo.
—Invítame a tomar la última, Sara.
—Ni hablar, Charli. Lo he pasado de maravilla, pero bye.
Sara se aleja con paso torpe hacia la cancela de hierro del adosado. Charli, se apoya en el coche y enciende un cigarrillo.
—Me quedaré aquí un rato por si cambias de opinión —grita mientras ella traspasa la verja.
Al llegar a la puerta, Sara intenta una, dos veces, tres, meter la llave en la cerradura, culpa a los gin-tonic bebidos y no a la falta de luz del farolillo de su puntería. Según su costumbre deja el llavero colgando de la cerradura interior. Aprieta el interruptor, la luz no se enciende. Mierda, ¿qué ha pasado aquí?, se dice mientras ilumina el cuadro de luces con el móvil.
Nota pequeños trozos que se clavan en la suela de las sandalias, desvía la luz al suelo. «¡Será posible!,  dichoso gato—oye un ruido tenue en la planta alta—. Es inútil que te escondas Misha. Has sido un gato malo. Has roto mi figurilla», grita mientras revisa las palancas del cuadro. El móvil se apaga, la batería es mínima. A su espalda escucha el crujir de la tarima de madera. «Misha, te voy a castigar sin leche, ¿me oyes? ¿Será la bombilla? Pero estas modernas no se funden, ¿qué opinas?» Sara mueve los interruptores sin resultado mientras conversa con Misha, le tranquiliza oírse. Un maullido suave, un suspiro gatuno, la hacen sonreír.
Pero comienza a notar que le tiembla la mano, suda, la respiración ha perdido su compás. Un movimiento en el aire, un aliento más bien, le ha erizado el vello de la nuca.
El móvil se apaga definitivamente. Busca la manilla de la puerta. Salir, encontrar la luz de las farolas. Y a Charli, que ojalá siga ahí.
Percibe susurros a su espalda, instintivamente mira al suelo, «¿Misha?» Encuentra la manilla, abre la puerta con sigilo. Un cuchillo de luz ilumina la entrada, en el triángulo amarillo del suelo yace el gato de angora convertido en una masa amorfa y sanguinolenta. Quiere gritar, pero la voz ha desaparecido como si le hubieran amputado las cuerdas vocales.
En ese instante la puerta resbala sobre sus bisagras con un quejido, escucha girar la llave que destraba el cerrojo de seguridad y el pestillo que encaja con un sonido definitivo. El tintineo del llavero desaparece. Un silencio de cristal se adueña de la oscuridad. El rostro se le moja con el agua tibia de las lágrimas. Siente unos labios casi pegados a su oreja, un aliento que huele a tabaco, oye una voz pastosa y recia, «No me has visto, lo cual es una suerte para ti». La arrastra hasta una silla. Sara, ahora, prefiere la oscuridad. El hombre la ata con los brazos cruzados por detrás del respaldo y usa el foulard para taparle la boca. Después, ni una palabra.
Sara le escucha en su dormitorio. Mueve muebles, golpea  paredes, abre puertas de armarios. Baraja opciones con la misma rapidez con que ha barajado cartas en el casino hace unas horas. Mientras, forcejea; nota que las ligaduras se aflojan, consigue sacar una mano, después la otra y corre hacia la puerta cerrada. Como temía las llaves no están. Se deja caer, tiembla, siente náuseas, ahoga arcadas. Maldice haber dado de baja el teléfono fijo.
Se incorpora y va hacia la cocina tanteando, teme encontrar el relieve de un cuerpo en lugar de la uniformidad de la pared. Las piernas le pesan, decide cada paso como si tuviera delante un abismo. Por fin se hace con las cerillas y de la cajonera escoge el cuchillo más afilado. La hoja brilla a la luz vacilante del fósforo. El arma se le resbala de las manos, el ruido sobre el gres es un avisador que llama para el segundo acto de la función.
Le escucha descender. No son los pasos invisibles de antes sino los de una apisonadora. Busca donde ocultarse. Se acurruca tras la puerta de la despensa. Herir el abdomen, ahí, blando, con decisión, tendré que hacerlo con decisión, se dice mientras el haz de una linterna penetra en la cocina.
La voz de Charli rebozada en vapores de alcohol se deja oír en ese instante, «Vamos, Sara, una última copa. Te advierto que no si no me dejas pasar estoy dispuesto a quedarme aquí toda la noche».

Marusela Talbé

Un traje y un Packard del 51

Nació en mal momento. Otro hijo no era bienvenido y la  Hermandad de Acogida de los Samaritanos estaba solo a dos manzanas. Allí fue a parar mi hermano Jim.  Yo pasaba  a verlo los domingos, cuando mis padres estaban de funeral. Siempre había algún muerto en domingo, leían la prensa, iban a presentar sus condolencias a la familia, luego se daban un atracón de comida y regresaban a casa hablando maravillas del difunto.
No me esforzaba por ocultar las visitas a Jim, pero como ellos no preguntaban, yo no les contaba cómo le iba.  Tampoco a mis otros hermanos, cinco en total; solo la pequeña Mary, que me acompañó una ocasión en que no podía dejarla sola en casa, me preguntaba por ese chico con la cara llena de granos que no le había caído bien, porque Jim le había dicho que se había salvado de vivir en un lugar como ese por ser niña y Mary había echado una mirada alrededor y no había visto nada raro: paredes descoloridas, puertas descolgadas, ventanas que dejaban pasar el aire helado en invierno, como dejarían pasar los insectos en verano. Al contrario, le pareció que era un buen lugar. Yo estuve dando vueltas a esto. Era cierto que Jim no se quejaba de nada, casi no hablaba. Cuando lo hacía solía preguntarme cómo se vivía por aquí fuera, y yo le contestaba que mal.  
Con dieciséis Jim salió de la Hermandad con el oficio de soldador. Era un buen trabajo porque en la región había un par de fábricas. Le pedí que me llevara con él. Nos largamos con una carta de la Hermandad en la que ponía que mi hermano era un chico de fiar y él añadió escrito a lápiz que yo también lo era. Así la carta serviría para ambos.
Dormíamos en los parques, comíamos de la basura y cuando ya no podíamos más nos acercábamos a una iglesia para pedir limosna. 
Un día a Jim le regalaron un traje de un chico que había muerto. Le quedaba de lujo. “Antes de que se me ensucie voy a sacarle partido”. Me obligó a quedarme en un albergue, prometió volver. Cuando lo hizo tenía más dinero en el bolsillo del que yo había visto en toda mi vida. Nos instalamos en una habitación con cocina y lavabo que  daba al puerto. Olía a gasóleo y grasa, veíamos los barcos que iban y venían, oíamos el graznido de las gaviotas y las carcajadas de marineros que hablaban lenguas extrañas. Pasamos horas acodados en esa ventana. 
Le dije a Jim que quería trabajar, como él, y me contestó que no podía comprarme un traje. Sin embargo, manejaba cada vez más dinero, incluso compró un coche usado. 
Empecé a bajar al puerto. Cuando tenía suerte me dejaban descargar bultos y me daban unos centavos. Quería ahorrar para el traje. Al enterarse, peleamos. Rompió el cristal de la ventana cuando quiso atizarme con la silla porque perdió el equilibrio y desvió el golpe. En realidad, estaba cada día más débil. Me apenó. Yo cocinaba lo mejor que sabía, pero él apenas comía nada, solo fumaba,  bebía y adelgazaba.     
Una noche decidí seguirle al trabajo. El condenado corría como una liebre con su aparatoso coche, pero yo había conseguido una  bici y sorteaba obstáculos mejor que él.
Entró en un club. Lo imaginaba. Me quedé por allí pensando si entrar, pero finalmente decidí que no era buena idea, con mi aspecto lo avergonzaría. Ahora, él iba siempre bien vestido, con ropas de lujo que le regalaban sus amigos y no porque estuviesen usadas.
Poco tiempo después la policía se presentó en casa: había atropellado un perro y no se había detenido. Alguien apuntó la matrícula y lo denunció; el juez le impuso la multa máxima.

Pasaron días hasta que volvió a aparecer por el cuarto.
Al verle me asusté: pálido, con una palidez amarillenta y gris; la piel, como trapo viejo, le colgaba como si le hubieran succionado la carne; círculos oscuros bordeaban los ojos demasiado brillantes.

_¿Qué te pasa? 
Se dejó caer en la cama. 
_Necesito dormir _respondió.
Y eso fue lo último que dijo. Nuestra patrona me ayudó a prepararle un entierro decente. Convencí al reverendo de enterrarlo un lunes en lugar del domingo, como hubiese correspondido. Al salir del cementerio, me pasé por el club. Sentía necesidad de saber qué clase de amigos tenía Jim.

Comprendí por qué mi hermano no había querido que tuviese uno y decidí afiliarme al sindicato de estibadores con el dinero que me quedaba. 
Voy a visitarle de vez cuando para que sepa que no olvido lo que hizo por mí. 

Marusela Talbé

jueves, 9 de abril de 2015

Crear un escenario que caracterice al personaje

Nada es igual

No sé cuántas veces me he peinado. Basta ya. Doce años de ausencia. No se va a fijar en el cabello. Pero podría, «Esta mata de pelo salvaje, me hechiza», decía. Se lo dijo a muchas, no te engañes. Esperándolo con un garrote. Así es como deberías esperarle, con un garrote y no con la mesa vestida con el mantel impecable, la vajilla de porcelana y su menú preferido reservado en el horno. ¡Y deja de cepillarte el pelo, por Dios!
Una mirada al dormitorio. Mis ojos se posan en la foto de boda. Bajo el foco relampaguea en el marco de plata. ¿Y si lo quito? Lo hago desaparecer o lo muevo a un lugar menos visible. Pero no, por qué, ha estado ahí doce años y, en cualquier caso, él no entrará en mi dormitorio. Me observo en el espejo grande. El vestido de punto se ciñe en las caderas, el panty me aprieta las carnes y las moldea. Me gusto. Recuerdo el colgante con la perla como una lágrima nacarada que me regaló en un aniversario. Siento la necesidad de ponérmelo. Lo he buscado en el joyero, entre los pañuelos, en el cajón de la ropa interior, sin resultado. Ya lo sé. En el armario alto de la cocina, dentro de la lata de galletas en la que guardé el cigarrillo con el que decidí apostar por una vida mejor. Ahí está la perla empolvada con migajas dulces. Cobra brillo al frotarla. La cadena de oro que la sostiene está anticuada, sí, la moda en joyería ha cambiado, del eslabón grueso de entonces a uno sutil, casi inexistente.
Colgada del cuello, aparece como por encantamiento en la uve del escote y lo ilumina como si una luciérnaga aletease en mi pecho.
El avión habrá aterrizado hace cuarenta minutos y él no debería tardar más de treinta en el taxi que habrá cogido para evitar el metro que seguirá odiando. Pero hoy Madrid vibra: los hinchas del  Atlético colapsan Neptuno,  hay manifestación en la Castellana, en Plaza de Castilla, en la Avenida de Aragón. Puede tardar horas en tocar el timbre. Un timbre extraño para él porque esta casa es solo mía; es la casa en la que no ha colgado ningún cuadro, ni escogido un azulejo; es la casa en la que elijo yo.
Espero asomada a la ventana. Me deslumbra la marea humana que colorea y excita la ciudad con chispazos de vida. Debería unirme a ella y que él aguarde ante mi puerta.
Al regresar con el abrigo el sonido del timbre me sobresalta. Corro a la ventana, un taxi arranca. Veo la esquina de una maleta asomar por debajo del dintel del portón. En ese instante un hombre se aparta de la puerta y levanta la cabeza. Nos miramos. Es un viajero solitario. Al bajar me cruzo con él en el vestíbulo. Me observa, inmóvil, mientras salgo y me pierdo entre la gente.

Marusela Talbé

domingo, 5 de abril de 2015

Tiempos verbales

Héroe (tiempo verbal Imperfecto)hechos habituales y repetidos, anula el suspense

Algo me atraía hacia la boca negra de la cueva y aunque era consciente de que mi voluntad podía hacer posible la huída, el miedo era atractivo y la curiosidad superaba la prevención.
Un rugido hizo que me detuviera. En el fondo oscuro de la cueva aparecieron, brillantes como dos luciérnagas incandescentes, los ojos del dragón.
Yo sabía que era un dragón. No podía ser ninguna otra cosa. Mientras miraba mi espada que lanzaba destellos al sol, me preguntaba si sería lo bastante larga para cortarle el cuello. Comprendía que a no ser que la bestia se echara en el suelo no la alcanzaría. Y entonces sí quería correr, pero mis pies se habían hundido en un barro viscoso y denso, pesaban como yunques. En silencio pataleaba, movía los brazos para impulsarme, torcía el cuerpo en un intento por liberarme.
De pronto, me encontraba en mi cama, la sábana y las mantas se esparcían por el suelo, incorporado a medias, los pies sobresalían de la cama y temblaba. Mi madre me miraba desde la puerta, «¿la misma pesadilla?»  

Héroe (tiempo verbal Pretérito Indefinido)hechos cumplidos puntuales permite el suspense

Algo me atrajo hacia la boca negra de la cueva y aunque fui consciente de que mi voluntad podía hacer posible la huída, el miedo fue atractivo y la curiosidad superó la prevención.
Un rugido hizo que me detuviera. En el fondo oscuro de la cueva aparecieron, brillantes como dos luciérnagas incandescentes, los ojos del dragón.
Yo supe que era un dragón. No pudo ser ninguna otra cosa. Mientras miré mi espada que lanzó destellos al sol, me pregunté si sería lo bastante larga para cortarle el cuello. Comprendí que a no ser que la bestia se echara en el suelo no la alcanzaría. Y entonces sí quise correr, pero mis pies hundidos en un barro viscoso y denso, pesaron como yunques. En silencio pataleé, moví los brazos para impulsarme, torcí el cuerpo en un intento por liberarme.
De pronto, me encontré en mi cama, la sábana y las mantas esparcidas por el suelo, incorporado a medias, los pies sobresaliendo de la cama, temblé. Mi madre me miró desde la puerta, «¿la misma pesadilla?»  

Héroe (tiempo verbal Presente)inmediatez, velocidad

Algo me atrae hacia la boca negra de la cueva y aunque soy consciente de que mi voluntad puede hacer posible la huída, el miedo es atractivo y la curiosidad supera la prevención.
Un rugido hace que me detenga. En el fondo oscuro de la cueva aparecen, brillantes como dos luciérnagas incandescentes, los ojos del dragón.
Sé que es un dragón. No puede ser ninguna otra cosa. Mientras miro mi espada que lanza destellos al sol, me pregunto si es lo bastante larga para cortarle el cuello. Comprendo que a no ser que la bestia se eche en el suelo no la alcanzo. Y entonces sí quiero correr, pero mis pies se han hundido en un barro viscoso y denso, pesan como yunques. En silencio pataleo, muevo los brazos para impulsarme, tuerzo el cuerpo en un intento por liberarme.
De pronto, me encuentro en mi cama, la sábana y las mantas se esparcen por el suelo, incorporado a medias, los pies sobresalen de la cama y tiemblo. Mi madre me mira desde la puerta, «¿la misma pesadilla?»  

GERUNDEANDO

https://www.tallerdeescritores.com/quedate-en-casa-a-escribir?sc=dozmv7bo8hzl6um&in=kw35vb0jr7h13kf&random=9092 Por César Sánchez