sábado, 28 de febrero de 2015

Miedo

—Oh, no. ¡Marc!
Marc acude con Buzz Lightyear en las manos. Tuerce la nariz y aprieta los labios en cuanto ve la expresión de su madre que le señala la ilustración colocada en el tablero de dibujo.
—Está mejor —susurra.
—¡¿Mejor?! ¿Está mejor? Estaba acabado, Marc —La madre se cruza de brazos. Resopla. Intenta calmar su rabia con una patada, pero es la mirada del niño la que lo logra—. ¿Por qué está mejor?
—El árbol desnudo, el hombre una sombra, el pájaro con cara de no saber qué está haciendo ahí, como si en vez de posado en una rama estuviera… en el sillón del dentista. Muy triste, mami. Por eso he pintado una sonrisilla a la luna.
—El pájaro, es un búho y los búhos son así. El hombre está apesadumbrado, no le gusta lo que ha tenido que hacer por orden de la bruja, lleva en el saco el corazón de la princesa. Y es invierno, por eso el árbol…
—…así que ha matado a la princesa —el niño frunce el entrecejo y hace un gesto de negación.
—Qué, ¿qué pasa?
—Mamá, haz que llueva a cántaros, que la lluvia convierta la tierra en barro para que el verdugo se hunda en él a cada paso. Haz que el barro le llegue a la nariz, que se le llene de gusanos y babosas, que le suban al cerebro y se lo merienden enterito. Pero cada bocado tiene que ser como si le arrancaran un diente, le metieran en la encía un tornillo al rojo vivo, le clavaran alambres oxidados por la boca….
La madre traga saliva, tranquiliza al pequeño, y envía un whatsapp: «Creo que lo del dentista del niño debemos retrasarlo, cariño».  :(

Relato seleccionado para la antología Escritores de cajón 2015, de entre los participantes en el concurso-taller El Cuento Ilustrado del Celard http://www.canalextremadura.es/alacarta/radio/directo

sábado, 14 de febrero de 2015

Hemingway en una entrevista con George Plimpton para el PARIS REVIEW

Periodista: ¿Es completa, su concepción mental de un cuento?. ¿Cambian el tema, el argumento, o un personaje mientras usted escribe?.

Hemingway: A veces, uno conoce el cuento y no tiene ni idea de cómo va a terminar. Todo cambia cuando se mueve. Eso es lo que hace el movimiento que a su vez hace la historia. A veces el movimiento es tan lento que no parece movimiento. Pero siempre hay cambio y siempre hay movimiento.

Si un escritor deja de observar a su alrededor, está muerto. Pero no tiene que observar conscientemente ni pensar en la forma en que eso le va a ser útil. Tal vez eso se puede hacer al principio. Pero después, todo lo que ve pasa a la gran reserva de cosas que sabe o que ha visto. Yo siempre trato de escribir siguiendo el principio del iceberg. Hay siete octavos del iceberg bajo agua por cada parte que se muestra sobre la superficie. Cualquier cosa que uno sabe y puede eliminar, refuerza el iceberg. Lo que vale es lo que no se muestra. Pero si un escritor omite algo porque no lo sabe, aparece un agujero en su historia.

P: ¿Cuánto tiempo debe pasar desde una experiencia para poder escribir sobre ella en términos de ficción? Quiero decir, usted habla de estar lejos. ¿Cuánto tiempo desde la caída de avión en la que usted se vio involucrado en África, por ejemplo?.

H: Depende de la experiencia. Una parte de uno mismo la ve desde una distancia completa desde el principio. Otra parte está muy involucrada. Creo que no hay una regla sobre el tiempo que debe pasar para que uno lo escriba. Dependería de hasta qué punto estaba ajustado el individuo para ella y de sus poderes de recuperación. Claro que es valioso para un escritor caer con un avión en llamas. Aprende muchas cosas importantes con mucha rapidez. Si van a servirle de algo o no, tiene que ver con la supervivencia. La supervivencia, con honor, esa palabra importante y pasada de moda, es tan difícil como siempre y tan importante como siempre para un escritor. Se ama más a los que no sobreviven porque nadie tiene que verlos en esas luchas largas, aburridas, constantes, sin dar cuartel y sin recibir cuartel, las peleas para hacer algo como creen que debería hacerse antes de morir. Se prefiere a los que mueren o abandonan pronto y sin muchas dificultades, y hay buenas razones porque son comprensibles y humanos.  El fracaso y la cobardía bien disimulada son más humanos y más amados.

P: ¿Podría decirme cuánto esfuerzo consciente hubo en el desarrollo de su estilo distintivo?

H: Esa es una pregunta cansadora y larga y si me paso un día contestándola, voy a sentirme tan consciente de mí mismo que no voy a poder escribir. Podría decir que lo que los amateurs llaman estilo es, generalmente, la torpeza inevitable de alguien que trata de hacer algo que no se ha hecho nunca hasta el momento. Casi ningún clásico nuevo se parece a los clásicos anteriores. Al principio, lo único que ve la gente es la torpeza. Después ya no son tan perceptivos. Cuando alguien muestra las cosas con tanta torpeza, la gente cree que la torpeza es el estilo y muchos lo copian. Eso es lamentable.

P: ¿Cuál cree que es la función de su arte? ¿Por qué una representación de los hechos y no los hechos en sí?

H: ¿Por qué preocuparse por eso? De las cosas que pasaron y de las cosas que existen y de todas las cosas que uno sabe y de todas las que uno no puede saber, uno hace algo a través de la invención, algo que no es representación sino una cosa completamente nueva y más verdadera que cualquier cosa verdadera y viva y uno le da vida y si uno lo hace lo suficientemente bien, le da inmortalidad. Por esa razón se escribe y por ninguna otra, según creo.

La negrita la he añadido yo, ¡Maravilloso!

lunes, 2 de febrero de 2015

Muy interesante


http://www.rtve.es/television/pagina2/el_escritor/

La jaula


Supongo que a pesar de todo tengo suerte. "Aquello… o vagar por ahí", eso dijo mi vieja, que supo lo que era una cuchara cumplidos los veinte. Solo que aquí hace frío. Hace frío hasta en agosto, carajo. Este cemento es impermeable al sol, eso va a ser. Ni con la ventana de la jaula abierta entra luz. Jaulas abiertas para parias encerrados. En cada ventana un guripa. Cagoentó.


—¡Juanito! ¿No tendrás algo de lo que tú sabes?¿eh? Te lo pagaría a la semana que viene, que mi hermana me trae repuesto.
Charli grita desde el cuarto de abajo apurao porque le falta “mierda”.
—Negativo, Charli, no hay ná.
Lo que si hay son ganas de irse. Lejos, carajo. El colega de arriba me está fastidiando vivo, cagoentó.
—¡Oye!, ¡que no tires porquería! Me cae encima, tarao.
—Es novato, Juanito, aún no sabe quién manda. ¡Eh! Alerta. Inspección. Pasa aviso, Juanito.
Fiiiii, fiiiii.
―Ya están aquí.
―¿Una tanqueta?
―No, son dos. Esta vez el jefe se ha traído escolta.

***
—¡Reportése, guripa!
—Número seis ocho cuatro, Juan Carballo, para servir a usted y a la Patria.
— Descanso. ¿Qué sabes de la “mierda” que corre por aquí? Y no me digas que nada porque ya me han contado quién la reparte.
—Es lo único que hago.
—¿Quién te la entrega?
— A veces el cabo Macías, a veces el soldado Cárter.
—No esperaba tanta colaboración. Pensé que tendría que darte un empujoncito, pero no eres muy valiente, ¿eh?
—Prefiero la recompensa por soplón.
―Una buena paliza puede llevarte al hospital. Afuera, ¿eh? Siempre lo mismo. Pero también podemos dejar que te mueras aquí, guripa.
―No es la muerte lo que da miedo.

Marusela Talbé.

GERUNDEANDO

https://www.tallerdeescritores.com/quedate-en-casa-a-escribir?sc=dozmv7bo8hzl6um&in=kw35vb0jr7h13kf&random=9092 Por César Sánchez