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domingo, 1 de noviembre de 2015

In Memoriam

Los inviernos en Zaragoza eran fríos. El colegio no estaba demasiado lejos, pero andando tardábamos no sé, tal vez, diez o quince minutos. Así que mi madre, nos envolvía a mi hermana y a mí en varias capas, como orugas en un capullo; mi padre nos agarraba las manos enguantadas y nos enfrentábamos al Moncayo con la boca tapada por una odiosa bufanda de lana que soltaba pelusas que, como si las barriera el viento, se cobijaban en nuestras bocas.
Pero hasta llegar al momento de pisar la acera con aquellos zapatos marrones del uniforme, mi hermana se había negado a levantarse de la cama cuando mamá nos despertó; había prometido, con vocecita infantil y asustada, que estaba enferma y no podía ir al colegio; había vomitado el desayuno y deshecho la primera coleta mientras mi madre intentaba terminar la segunda; había llorado y pataleado.
No sé cómo lo hacía papá, pero aparecía cuando era necesario imponiendo paz y paciencia con la balanza de su mirada verde y su voz tierna. Tranquilizaba a mamá que, a esas alturas, estaba a punto de llorar y de gritar a mi hermana, y la convencía a ella para dejarse conducir al colegio.
Ahora que sabemos que existe la fobia escolar, ahora que los niños inician el colegio con horarios reducidos, ahora que les ponen pegatinas de colores que lucen  como una condecoración para infundirles seguridad …, ahora, me asombro de cuánto les ha costado a psicólogos y educadores comprender. Yo vi hacer su trabajo a mi padre, cuando ellos no existían, con la mejor herramienta: amor.
Del Paseo María Agustín a la Puerta del Carmen, de aquí a la calle Bilbao, mi padre inventaba cuentos de una niña muy valiente. A veces me asomaba, adelantándome a su paso, para ver la cara de mi hermana. Allí estaba, con su cara vuelta hacia el cielo, mirándole embobada y con una sonrisa que habría sido imposible que nadie más que papá dibujase. “Mira, mira cómo anda la niña valiente”, decía cuando mi hermana se decidía a soltarse de su mano. “La niña valiente va a ser hoy la primera de la clase, o tal vez, mañana; o, a lo mejor, hoy y mañana, nunca se sabe. La niña valiente es así”.
Confieso que alguna vez sentí una punzada de celos porque mi hermana acaparaba toda su atención, pero él siempre borraba el rastro del pinchazo cuando al llegar la puerta de la Compañía de María se agachaba para besarme y me decía en voz baja: “Un secreto: tú también eres una niña muy valiente, pero tú ya lo sabes y a tu hermana tenemos que convencerla”.

Mi padre nos acompañó cada mañana al colegio, y nos llevó en coche al instituto, cada día.                        

María Jesús Salvatierra

jueves, 29 de octubre de 2015

Primera página

Abandonó la cama en silencio. Bajó las escaleras a zancadas. El sudor le cubrió las palmas y el pálpito del corazón se hizo presente a cada paso.
En el vestíbulo, se pegó a la pared; se detuvo un momento y escudriñó la penumbra. Se acercó despacio al portón de hierro y cristal, antes de agarrar el pomo metálico, vigiló la calle. Vio su coche aparcado pocos metros más allá.

El aire fresco de la madrugada le sacó el miedo de golpe mientras una descarga de flashes lo inmovilizaba.   

Marusela Talbé para El sol sale por el oeste, Radio Extremadura, tema Cautiverio

lunes, 26 de octubre de 2015

El aficionado

«Dicho sea entre nosotros ese asunto hubiera habido que liquidarlo de una forma más precisa». Y ¿quién era yo para dar opinión? No me lo perdonarán. Pero, al fin y al cabo, he cumplido: el coche se hunde en el pantano. Juré que cumpliría y he cumplido.

Aguardo. Lanzo piedras a la superficie oscura. Una burbuja explota. Aparecen unas pocas más. Y más. Cualquiera diría que he resucitado a los viajeros; que piden ayuda con sus gargantas apestosas. «Es cuestión de deshacerse de unos muertos» dijeron. Muertos, sí, eso mismo dijeron, seguro. El pantano enmudece por fin. Suspiro y vuelvo a las piedras, ¿qué si no? Eso y lanzar anillos de humo con mi último cigarrillo es lo único que me resta por hacer.  Si no vienen, ¿cómo sabrán que he cumplido? Ya lo sé: no les importaba. Nunca les importaron los muertos, solo el vivo.

Marusela Talbé (Enviado al VII Concurso Microrrelato Getafe Negro, con frase inicial obligada) 

jueves, 22 de octubre de 2015

La madre de acogida


Desde el piso de abajo le oigo saltar de la cama. Las pisadas desnudas danzan rítmicas por la escalera. Su voz inocente invade la cocina e interrumpe mis lágrimas, «¡Hola, mami!». Con el peluche bajo el brazo, se acomoda en el taburete. Balancea los pies y tararea una cancioncilla aprendida en el colegio. Cuando le sirvo el tazón de leche, hace tintinear la cuchara en el borde mientras me sonríe. Es nuestro lenguaje secreto: hoy quiere galletas. Las últimas. En pocas horas, el silencio se apoderará de su cuarto y descenderá cada mañana por las escaleras para ocupar su taburete. 


Creado para concurso de microrrelatos del CELARD Tema: La música.

martes, 6 de octubre de 2015

Juego sin reglas

«Papá, mamá, hay muchas formas de servir el tè. Los chinos lo hacen en una pequeña taza sin asa; los británicos en tazas de porcelana; los estadounidenses en tazones de loza. Pero el contenido es el mismo. ¿Hasta qué punto importa el exterior? —Así empezó Jordi su discurso—. Está decidido: voy a meterme en política. Me presento por el partido Sin Igual».
—Pero, hijo, tú no eres sinigualista —protestó el padre.
—Es la forma más rápida de llegar a diputado. En otras listas hay demasiados candidatos.
—Tendrás que luchar por sus intereses. ¿Y tus convicciones?
—Dentro de la taza, mamá.

Creado para concurso de microrrelatos del CELARD Tema: La mentira.

GERUNDEANDO

https://www.tallerdeescritores.com/quedate-en-casa-a-escribir?sc=dozmv7bo8hzl6um&in=kw35vb0jr7h13kf&random=9092 Por César Sánchez