lunes, 20 de noviembre de 2017

La hija

Tenía diez años cuando nació Cristina, hija de su tío y padrino, Titi. Titi se casó tardío y la niña llegó, inesperada, cinco años después. Entretanto se había desvivido por ella, por la ahijada que le convertía en visitante asiduo del hogar de la hermana y del cuñado, en compañero de paseo por los Jardines del Alcázar, en constructor de castillos de arena en la playa de Sanlúcar.

En apariencia las cosas no cambiaron demasiado al nacer Cristina, solo que entonces las visitas tomaron el sentido contrario: era ella con sus padres quienes agasajaban a la pequeña de inmensos ojos verdes heredados de la nórdica belleza de Nora, su madre. Titi no dejó de ir a buscarla cada sábado. Ella jugaba con Cristina hasta donde lo permitía su diferencia de edad. Envidiaba secretamente algunos de sus juguetes. Como aquella caja de música con espejito y bailarina multiplicada en su reflejo que se incorporaba nada más levantar la tapa y giraba. Ella apreciaba el milagro, Cristina, no, qué desperdicio. Titi no dejó de llevarla al Alcázar, si bien ya no paseaba con ella porque sostenía los pasos vacilantes de Cristina. Ni de invitarla a restaurantes y hoteles cuando Cristina tuvo edad para ir. No dejó de hacerle regalos. Titi seguía comportándose como siempre, solo que Cristina estaba allí.

Unos años después, ella dejó su ciudad debido al trabajo paterno. Un trabajo detenido feliz y puntualmente cada agosto, lo cual permitía el reencuentro en Sanlúcar. Allí, Titi volvía a centrarse en ella que, ya adolescente y huraña, bajaba a la playa a bañarse a primera hora. Titi la observaba desde la terraza. Nadaba para él, se zambullía una vez y otra para él a pesar del agua fría y el sol a medio encender. La playa, desierta, les pertenecía.

A mitad de mañana, los hombres organizaban una partida de Continental bajo el toldo alrededor de una mesita plegable. Las mujeres tomaban el sol. Ella se encajaba entre las sillas de los jugadores. Buscaba la sombra, el silencio, y concentrarse en la lectura del momento cerca de Titi que levantaba la vista de las cartas cada poco, la miraba y sonreía. «La más inteligente de la familia, ¿cómo estás, preciosa?». Ese “preciosa” centelleaba en la voz de Titi que hacía sonar la ce como ese.

En el horizonte, resistían los gritos de Nora: «¡Sal ya!¡Que salgas, Tina!». Cristina, harta del puñado de indicaciones que le llovían, se hacía la sorda. Y la voz punzante de Nora se dirigía a los jugadores para hacer blanco en Titi, «La niña no me hace caso. Ya es la una, tiene que comer». Titi se levantaba, volvía con Cristina. De reojo, ella vigilaba los movimientos de Nora y Cristina mientras recogían; contaba aquellos minutos eternos. Después, Titi y ella se alejaban hacia la zona menos concurrida. A Titi le gustaba nadar, ella no podía seguir su brazada larga, aguardaba en la orilla. La mayoría de los días subía con él al apartamento. Comían en la terraza. Siempre, en algún momento, ella se acercaba a la baranda, imaginaba cómo la vio él esa mañana, ideaba piruetas para ofrecerle al día siguiente. Después de comer, Nora se llevaba a Cristina a dormir la siesta, Titi se recostaba en su sillón, ella cruzaba el rellano para meterse en casa.

Fue cosa de Titi que el padre de ella comprara el apartamento de enfrente. «Es un disparate comprar un piso para disfrutarlo un mes y vivir de alquiler el resto del año», había argumentado ante su mujer y su cuñado inútilmente. Titi podía permitirse dos casas en propiedad, ganaba mucho dinero en Sudamérica con el negocio de maquinaria agrícola. Mucho. Así, Nora se engalanaba con esmeraldas de Colomba, zafiros de Brasil…, joyas que el esposo traía de sus viajes. Ella anhelaba alcanzar la edad de recibir esos obsequios y decir «Me lo ha regalado mi tío».

No hubo tiempo. Se vendió el apartamento de la playa —también el de los padres de ella, permutado por un piso en la ciudad—, se empeñaron las joyas, desaparecieron los restaurantes, las empleadas de hogar, los viajes. Ella con sus padres los visitaban siempre que podían, no hacía falta avisar, raramente salían. Nora hablaba de la ruina con pasmosa naturalidad, una naturalidad que a ella le resultaba insoportable. Parecía que hiciera leña del árbol caído. Solo importaba Cristina, su presente, su futuro. La prima, convertida en mujer, se había contagiado de la frialdad nórdica de su madre, su rostro resultaba infranqueable como un espejo. A Titi, sin embargo, le habían brotado arrugas, ojeras y bolsas, y se le había caído el pelo. Lo hallaban acurrucado en su sillón, taciturno. Pero cuando ella aparecía por la puerta los ojillos se achinaban pícaros con una sonrisa de oreja a oreja, y pronunciaba aquel “Cómo estás, presiosa”, reservado en exclusiva. «Hay qué ver cómo te quiere», decía Nora en un tono indiferente que caía a plomo.

Un cáncer de vejiga se lo llevó por delante.

En el funeral, ella no podía dejar de llorar, las lágrimas le consolaban del mismo modo que de niña cuando algo la confundía y no sabía qué otra cosa hacer. Nora se volvió, su voz extranjera pareció dirigirse a un camarero, «Ya hija, ya. Para». Cristina también se había girado, su mirada verde era gris. Incineraron su cuerpo. Sabía que la intención de Cristina era esparcir las cenizas, la cuestión era dónde, cuándo. Ella quería estar presente, les hizo saber.

Pasaron meses. Un día su madre la telefoneó, «Cristina las ha echado al mar en Sanlúcar, me parece bien. Fue el día…». Dejó de escuchar, ya no importaba. Imaginó a Cristina en algún barco entre Bajo de Guía y Doñana lanzando al mar las cenizas. Dibujó su rostro de mármol en ese momento lúcido del adiós definitivo a lo poco que le quedaba del padre, sin una lágrima. Le confortó imaginar la desazón de Cristina cada vez que Titi le obsequiaba aquel «Cómo estás, presiosa». Fue entonces. Cayó en la cuenta de que ella le había robado. Cayó en la cuenta de que Cristina soportó el expolio con su rostro inexorable.

FIN
Ejercicio correspondiente al tema 3 del curso "Escritura y Meditación"

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GERUNDEANDO

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