domingo, 28 de enero de 2018

Afrodita extraviada en lo humano


En los seis años de matrimonio sucedía por primera vez: iba a pasar ambas fechas fuera con su familia. ¿Por qué?,  pregunté alarmada. Su hermana venía desde Nueva York en Navidad, pero su hermano Miguel no llegaría hasta Fin de Año. Me recordó que tenía un sobrino que aún no conocía. Argumentó que los lazos familiares no convenía dejarlos aflojar por lo fastidioso que resultaba más tarde reanudarlos y aclaró, «Lo digo en el sentido de insistencia más que con el propio significado de renovación. Por lo tanto, he pensado no en la diversión, sino en lo conveniente». Le pregunté con bastante mala leche a cuanta gente conocía que enfocara una reunión familiar con ese pragmatismo, palabra que usé para estar a tono con su lenguaje. Respondió, «Quiero conseguir acostumbrarme a prestar atención a otra cosa que no sea tu ombligo o el mío». Ahí me pilló, solo pude pronunciar un “Ah”. 
No podía quitarme de la cabeza la frasecita de los ombligos. Cuanto más pensaba en ello, más me indignaba. A qué venía ese rodeo. El circunloquio me aguijoneó durante toda una noche. Por la mañana tenía la explicación: si había un lugar al que no le acompañaría era a casa de su familia. Todo ese anudar y aflojar lazos, esa repentina preocupación por la anatomía, no se había manifestado nunca antes. Le dejé marchar con una sonrisa, incluso reuní ánimo para enviar recuerdos a mis suegros y cuñados. Tras cerrar la puerta, programé una alarma en el móvil a las cinco de la tarde para los siguientes siete días.
Él hablaba poco cuando le telefoneaba; lo compensaba yo contándole con detalle las horas sin él; a quién había visto, los planes para la tarde, la noche, trasmitía saludos de amigos y fragmentos de conversaciones con tal de huir de los silencios que pudieran darle ocasión a pedirme que espaciara las llamadas. El miércoles le hablé de la opinión de unos amigos, «Cariño, no sabes cómo nos admiran. Marcos me dice que hay que ver lo estupendamente que he aceptado tu ausencia justo en estos días en que disponíamos de más tiempo libre. No veo de qué se asombran, en el amor hay que ser generoso». Silencio al otro lado de la línea.
La tarde del jueves me atreví a preguntar algo que me rondaba desde la mañana.
—¿Lo pasas mejor allí que aquí? 
Un sabor metálico como si me hubiese mordido concienzudamente los labios, y tal vez lo hice, me llenó la boca. 
—¿Mejor? ¿Cómo mejor? 
—¿El año próximo estaré sola? 
Ataqué limpiamente preocupada por la posibilidad de convertirme en adicta al rodeo.
—Lo planteas como si fuera decisión mía y el destino no importase en absoluto. ¿Acaso tengo una bola de cristal? Es como si me preguntas si el año que viene me va a tocar la lotería…
No es lo mismo, pensé, la lotería es cuestión de azar. El gusto a metal se intensificó. Si un papagayo “circunloquease” habría sonado igual que aquella sucesión de frases vanas.  Tras unos minutos me despidió apresurado.
El lunes oí la llave en la cerradura justo en el momento en que iba a tomar el primer café vespertino del año. Al verlo en la puerta recordé mi sonrisa de la despedida, volví a sonreír. No le dejé deshacer la maleta, lo senté en el sofá, le serví el café y esperé que me hablara. Sorbió el café mientras miraba por encima del borde de la taza hacia la ventana. En vista de su mutismo, decidí quejarme dulcemente de lo largos que se me habían hecho los días, de que las fiestas no lo habían sido para mí en realidad. Noté que se tensaba, que no perdía de vista la oscuridad que caía tras el visillo. Cambié el tono por otro alegre para decirle que Marcos había dejado un mensaje en el contestador: «¡Feliz año! Oye, tío, que nada, que pases otro año cojonudo con tu chica. Yo estoy solo otra vez. No sabes lo que envidio vuestra estabilidad, cómo os complementáis. Llama y nos vemos». Sí, lo reconozco, esperaba, al menos, la cortesía de algo como “cierto que nos complementamos”, o algo más cálido “somos afortunados por habernos encontrado, es verdad”; no  me atrevía a esperar lo ideal “has sido muy comprensiva. No volveré a dejarte sola”. En lugar de eso, su expresión de niño enfermizo cambió como si hubiese visto un cocodrilo tras la ventana. Se incorporó y fue al dormitorio murmurando:
—Nos complementamos…¡Oh, claro! Mantener un piso, gastos, compartir amigos, aficiones…Hasta han llegado a gustarnos los mismos pintores, músicos y restaurantes por diferentes razones, ¡no cabe mayor complementariedad! 
Había abierto la maleta que reposaba sobre la cama.
—¿Qué?, ¿qué pasa con eso? 
—Nada de eso huele a amor. 
Revisaba el armario, seleccionaba de nuevo ropa y zapatos conmigo pegada a sus talones, lo arrojaba a la maleta con gestos que podrían hacer pensar que iba a perder un tren último y esquivo. Cubrió el desbarajuste con la tapa, apretó con decisión aunque inútilmente. Gotas de sudor le caían por la cara. Nunca había sido un tipo fuerte.
—¿Hay otra mujer?
—¿Otra? No. Ni siquiera estás tú.
— ¿Perdona? ¿Que qué?
—No soporto esta perfección. Esta complementariedad —aclaró en un tono de burla, como si imitase a otro—, me aburre esta calma chicha.
Le empujé. Cayó de lado sobre la cama. Reviví cuántas veces le sugerí poner un espejo en el techo; a él gustaba estar debajo tanto como a mí ser la poderosa amazona que le cabalgaba encima, el colmo de la lujuria habría sido verme la cara, sería tanto como follar conmigo misma. Pero ahora, como si lo viera por primera vez tumbado, comprendí por qué a él le parecía un capricho. 
—No eres más que un pobre hombre, un tipo flacucho y pasivo. Yo, complementariamente —ahora me tocaba aprovecharme del tono burlón, de la voz de otra—, disfruto con el ejercicio físico, voy al gimnasio y desde hace dos años tomo clases de defensa personal. 
Noté su estupefacción, sentí que percibía lo precario de su posición tanto que, estaba segura, de haber adelantado un paso podría haberlo visto levantar los brazos para protegerse ante un posible golpe.
—¿Qué te pasa? ¿Te has vuelto loca?
—Así que calma chicha. La culpa es tuya, ¿cómo mantener una relación de verdad con palabras de mentira? Tú mismo te has ahorcado con tus circunloquios. —Me eché a reír ante su gesto: se cubrió la garganta con la mano—. ¿No lo entiendes? La calma chicha que desprecias es cosa tuya. Tú, el único responsable —sentencié señalándole con el índice. 
Intentó incorporarse. Al afirmarse sobre la rodilla un gesto de dolor le detuvo. Le había visto golpearse con el canto de la mesita de noche, imaginé bajo el pantalón la rodilla rota, tullida para siempre. Usó la otra pierna para acercarse al borde de la cama, con las manos, los dedos en punta, se impulsaba. Ya medio incorporado, animada por un ardor que me cosquilleaba la nuca y las sienes y despertaba la sensación de poder de una cabalgada, le di un empujoncito de  nada que le volvió  a derribar. Estaba encantada.
—Vuelvo en una hora, no te quiero aquí. Lárgate a divertirte horrores con otra. Aunque te lo advierto, no lo conseguirás.
Las carcajadas rompían la última frase, me costó verdadero esfuerzo pronunciarla.

FIN


Ejercicio correspondiente al tema 6 del Curso Escritura y Meditación

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