domingo, 29 de octubre de 2017

TODO VIENE DE HOLLYWOOD

A mi abuela le gustan las películas en blanco y negro. A mí no me desagradan, al igual que las fotos pienso que transmiten autenticidad, orgullo por la diferencia. Muchas tardes al salir del instituto voy a merendar con ella, a menudo la pillo viendo una peli en su Tablet. Hoy veía El Manantial, basada en una novela de Ayn Rand que, según mi abuela, era el seudónimo de una rusa que se estableció nada menos que en Hollywood. Mientras oíamos el alegato del malo de la película podíamos, en verdad, escuchar un discurso de Lenin. Mejor dicho, lo que Lenin hubiera exaltado en un mitin ya que Lenin y nosotras no somos contemporáneas y, si lo hubiésemos sido, dudo mucho que acudiéramos a uno de sus mítines, ya que los mítines no nos gustan, aunque Lenin, sí. Mi abuela sabía dónde había ido a parar la autora de la novela —al capitalista Hollywood—por lo que ha encontrado lógico que el héroe fuera un luchador incansable del individualismo y la propiedad privada, mientras que el tipo despreciable era un hombre austero, fundador de sociedades y amante de las asambleas. «Esa salió por pies de Rusia, te lo digo yo». Al terminar la película ha ido a preparar café, no ha tardado ni cinco minutos porque usa las cápsulas que anuncia un guaperas también de Hollywood. Yo me he metido de cabeza en internet.
—Abuela, en realidad, hizo mucho más que escribir novelas y guiones. Creó una filosofía. Decía que el hombre debía buscar su propia felicidad, que son virtudes el egoísmo y el orgullo, mientras que el sacrifico personal en favor de otros inmoral, nadie debe pedirlo, ni esperarlo.
—¡Menuda pájara! —ha dicho al soltar la bandeja en la mesa con poco mimo.
Yo leía; cuánto más leía, mejor comprendía la película y a la escritora. 
—“Mediante la novela, Rand a través del personaje de un arquitecto enfrentado a una arquitectura aferrada a lo Clásico, convierte la construcción en algo más que levantar un edificio: realza la necesidad absoluta de seguir cada cual su propia senda. Lleva al lector a cuestionarse la validez de unirse para alcanzar metas. Los personajes que deambulan por las páginas del libro sumidos en la amargura y la envidia forman parte del grupo establecido, su personalidad está anulada en favor del colectivo. Al contrario que el protagonista cuyo individualismo le permite vivir en paz consigo mismo y el mundo…" 
—¿Qué es eso?
—Un blog. Oye, puede ser verdad. A veces, hacemos cosas por el grupo que en realidad no nos convencen, cosas que si pudiéramos decidir con verdadera libertad tal vez no haríamos. Por ejemplo, no me apetece nada, pero nada de nada, perder la tarde del viernes en la función de teatro del insti, pero actúan compañeros así que tengo que ir. Si pudiera, si de verdad pudiera sin que nadie se enfadara, ni me pusieran caras largas el lunes, no iría. ¿Cómo crees que estaré el viernes noche si voy? ¿En paz conmigo misma  o cabreada como una mona?
—No puedes ir por la vida haciendo solo que quieres hacer. Deja, anda. Vamos a merendar. Ya sé todo lo que necesito sobre esa tipa.
—¿Por qué no? Igual éramos más felices, desde luego más sinceros, los que fueran al teatro serían los que de verdad quisieran ir, y si confiamos…
—Bebéte el café que se enfría.
—Espera, y si confiamos en la bondad de la gente, ¿por qué no pensar que habría quién acudiría, a pesar de no entusiasmarle el teatro, como una especie de obra de caridad que, en cualquier caso, lo haría porque quiere? ¿Apartarme de esto, decir que prefiero quedarme en casa, me convertiría en egoísta?
—Pues..., no sé.
—Pues no, y sabes por qué, porque hay muchos que opinan como yo en realidad, pero como no se atreven a decirlo, a ir contracorriente, abuela, piensan que si ellos se fastidian yo también. Acabo de verlo claro. ¿Qué te parece?
—Que la próxima vez elegiré la película con más cuidado.
—Abuela… 
Mi abuela navega en internet, sigue las fotos de sus nietos en Instagram, si perdiera el móvil le daría un ataque al corazón, desde la muerte del abuelo, se compra ropa llamativa, lo dejo ahí. Se traga todas las tertulias políticas para comentarlas después con amigas de su misma opinión, con las que opinan distinto no, para no enfadarse. Suele decirme que seguro que no conozco ninguna abuela tan cool como ella —se ha apuntado a inglés en la asociación de vecinos del barrio—. Cada vez tengo más claro que vive en un mundo fabricado “individualmente” a su medida, y no lo sabe. 

                                                                            FIN

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GERUNDEANDO

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