Buscar este blog
viernes, 31 de octubre de 2014
Pedro Páramo
"-¿Es usted don Bartolomé? -y no esperó la respuesta. Lanzó aquel grito que bajó hasta los hombres y las mujeres que regresaban de los campos y que los hizo decir: parece ser un aullido humano; pero no parece ser de ningún ser humano.
La lluvia amortigua los ruidos. Se sigue oyendo aún después de todo, granizando sus gotas, hilvanando el hilo de la vida."
Juan Rulfo
Despedida
Alcanzó la maletita de cartón piedra del altillo aupándose sobre las puntas, y restos de hojas de otoño se desprendieron de los zapatos. La apoyó en la cama doble. Del cajón de la cómoda escogió la ropa íntima, el frasco de perfume de violetas, el diario…, tras este apareció ―no lo recordaba― su ramo de novia: un lirio de pétalos transparentes. Exhausto, le vino a la cabeza. Lo depositó sobre la ropa un instante, lo tomó de nuevo, acunándolo fue hacia la ventana, suspiró y lo arrojó por ella.
Marusela Talbé
El fotográfo y la eternidad
«Estaba allí sentada, bien derecha en el banco, mirando de frente. Destacaba sobre los cristales oscuros: rodillas juntas y pies separados formando un triángulo equilátero como dibujado con escuadra y cartabón; a ambos lados de los muslos caía la tela de la falda, alas en reposo de un ave de fuego; sobre esta, en el centro —ante su centro— descansaban las manos con los dedos entrecruzados como en oración.
Llevaba la chaqueta cerrada con una hilera de botones y el cuello redondo abrazaba la garganta esbelta como la de una garcilla. Era maravillosa. Me di cuenta a la primera ojeada que poseía una simetría bilateral única. Desde los pies, esquinas del triángulo, hasta la cabeza. Sí, también la cabeza. Peinada con raya al medio, la línea blanquecina del cuero cabelludo se convertía en bisectriz y abría el pelo oscuro en mitades sujetas con horquillas cayendo las guedejas, idénticas, sobre los hombros.
Supe de inmediato que revelaría la imagen en blanco y negro, y dejaría la falda en su color original. Naturalmente, no iba a robar la foto. Me acerqué. Le expliqué que no era un fotógrafo cualquiera —soy uno de los grandes, señor juez, puede comprobarlo fácilmente—. Que pensaba editar un libro con mis mejores obras y que estaría encantado de hacérselo llegar a cambio de una instantánea. Sonrió tímida como una colegiala. Confesó que nunca había posado. Quédese así, le dije, no se mueva. Sencillo.
Me separé, la tenía centrada en el objetivo. Pero es lo malo de las estaciones, ¿sabe?, un tipo cruzó por delante justo en el momento del disparo, Sorry dijo, y siguió como si nada hubiera ocurrido. Imbécil. Enfocaba de nuevo cuando oí un estrépito. Se aproximaba un grupo de excursionistas que se interpuso entre nosotros por unos minutos.
Pensé que ella habría podido marcharse entre esa manada de gente. Si hubiera sido así yo…Por fortuna, reapareció estática sobre el banco como en un altar. Me dispuse a disparar. Pero al observarla a través del objetivo algo había cambiado. No era la misma. Era vulgar; una joven sosa e impasible. El pulso me tembló. En ese momento lamenté mi precipitación. Me abrumó la posibilidad de que no hubiera elegido a la persona adecuada. Bajé la cámara, la miré acongojado, y entonces me di cuenta, ¡ella había retirado las manos de su falda! No estaban delante de su centro sino que las había colocado, de cualquier manera, sobre el banco. Conseguí serenarme. Aún era posible.
Si usted no es aficionado a la fotografía, señor juez, no lo entenderá, pero imagine tener la ocasión de convertir en eterna la perfección; de suspenderla en el tiempo como una estrella en el infinito. ¡De atrapar lo divino en papel para rescatarlo del olvido cuando quiera! Imagínelo. Hice acopio de paciencia, le expliqué, la coloqué de nuevo, inigualable, en aquel banco. Quedaban solo unos minutos de luz pero, al fin, tenía a la chica y soledad alrededor. ¡Clic! Disparé aunque supe que todo se había ido al garete. Me acerqué y la abofeteé. Sí, es cierto. No lo niego. Y la habría matado con mis propias manos. ¿Sabe qué había hecho? ¡Había girado la cabeza, mirado de reojo y sonreído adoptando una pose coqueta! Incluso sexy. Lo que el objetivo había captado era un rostro torcido, unos labios entreabiertos en desigual sonrisa, el torso doblado y giboso, y las piernas…Adiós simetría. Pobre criatura ridícula. Para colmo había empezado a gritar, a pedir socorro como si yo fuera a…En fin, es joven, aún puede tener oportunidad en manos de otro artista. Ya no en las mías, desde luego, nuestro feeling se perdió. Haga lo que tenga que hacer, señoría, pagaré una multa, realizaré servicios a la comunidad, ...».
—¿Qué sabe de la sexagenaria que apareció estrangulada hace aproximadamente un mes en el aparcamiento de esa misma estación?
Marusela Talbé
jueves, 30 de octubre de 2014
Claroscuro
―No cambies de acera que ya te ví.
Desde el lado opuesto de la calzada un hombre responde:
―No cambié por ti, compadre. Cambié por la sombra.
―¡Pues claro está! Tú siempre por lo oscuro ―contesta el primero, que lleva sombrero de paja.
―Más oscuro tú que te sombreas de continuo con el ala del jipijapa.
―Pues fíjate como es la cosa que yo con solo este gesto ―dice descubriéndose―, me hallo en plena luz.
―Así me gusta ―dice sonriente el contrincante―, que te descubras cuando te dirijas a mí.
―¡Maldito!
Marusela Talbé
El regalo
El cajero automático parpadeó, saltaron chispas y empezó a escupir cientos de billetes. Tú que paseabas al perro con desgana y que con docilidad sucumbías ante el pesimismo día a día, fuiste el primero en acercarte, tímidamente, mientras mirabas a un lado y a otro pensando que en cualquier momento aparecería un pringao, micrófono en mano, al que envidiarías, para decirte que se trataba de una cámara oculta.
Luego te aproximaste tú, anciana de mano huesuda y artrítica agarrada al bastón, la que con disimulo empujaste al chico y a pesar de la rigidez de tu columna te agachaste lo suficiente para atrapar un par de billetes.
Seguisteis vosotros: transeúntes desocupados del barrio obrero con las manos en los bolsillos vacíos los que, sintiendo cosquillas en el estómago y abriendo los ojos incrédulos para intentar comprender el azar que se había colado en el día gris, os humillasteis una vez más pero ahora con un impulso feliz.
Llegasteis vosotras, hartas de fregar suelos que no son vuestros, de mendigar un kilo de esto o un paquete de esto otro, y abandonasteis las bolsas con la humilde colecta para entregaros a una forma tan fácil de conseguir dinero que os temblaban las manos.
La confusión se convirtió en dicha. Después en avaricia.
La última mano ha sido la tuya, chiquilla; rápida como la lengua de un camaleón ha salido de tu manga cochambrosa para volver a esconderla junto a su presa de papel y, así, evitar que un adulto te arrebate el único billete que has conseguido escurriéndote entre esa maraña de piernas y brazos compactos como un muro.
Faltabas tú. Has aparecido desbocado como un caballo salvaje, acompañado del guardia de seguridad para que no quepa duda de quién manda aquí, reclamando honestidad y decencia. Tú, el depositario de las monedas, sucesor de Judas, te desgañitaste hasta que la garganta se quemó y tus pies se cansaron de castigar el suelo con patadas de rabia. Pero no te sirvió de nada: los billetes habían desaparecido, volado a otras manos, como impulsados por una ráfaga de viento justiciero que milagrosamente hubiera visitado el barrio.
Marusela Talbé
martes, 28 de octubre de 2014
Historia de Pepe el "bello"
Esta historia seguro que no la conocéis, sucedió hace mucho tiempo.
El domingo Pepe “el bello” como no podía salir al mar en su lancha, fue a la cetárea con su caña a pescar.
Al llegar a la piscina divisó algo en la arena, le pareció ver a una persona. A medida que se iba acercando se sentía más confundido, lo que contemplaba era sorprendente. Una sirena estaba varada en la arena ¡Pero si no existen! pensaba Pepe.
Se acercó con cuidado, arrodillándose en la arena a su lado. No se movía. Una larga melena rubia le cubría la cara, apartó un poco el pelo y se quedó prendado con su belleza.
Su corazón empezó a palpitar con fuerza, su respiración era cada vez más agitada, no sabía qué hacer.
De repente, se le ocurrió que podía necesitar agua. Dejó su caña y demás enseres al lado de la sirena y se dirigió a la orilla con el cubo que siempre lleva a pescar.
Recogió agua, regresó a su lado y mojando su mano fue pasándole poco a poco por la cola. Enseguida empezó a moverse y cuando abrió los ojos se asustó echándose atrás, era la primera vez que veía a un humano.
─Tranquila, no te voy a hacer nada ─le dijo Pepe, intentando calmarla.
─Aaaaa Aaaaaa Aaaaaaa ─cantó ella con su voz melodiosa.
─Claro no me entiendes, no pasa nada, si quieres te llevo hasta el agua ─le dijo Pepe señalando hacia el mar.
Ella le entendió y le dijo que si con la cabeza.
Pepe la cogió en brazos y la llevó al mar.
Cuando ya estaba a la altura de la cintura la sirena empezó a moverse y él la bajó despacio sin dejar de mirarla. No quería soltarla, no quería dejarla ir.
La sirena lo miró a los ojos y empezó a hablar en su idioma. Pepe no entendía nada, pero estaba hechizado, esa voz tan dulce...
─Ooooooo, Oooooo, Ooooo, ooooo ─cantaba la sirena mientras se despedía levantando la mano.
Después de desaparecer la sirena en el mar, Pepe se quedó clavado en el agua sin moverse durante diez minutos. “No hay mujer más hermosa en tierra, ¡quién fuera pez como ella! disfrutaría del mar para siempre” pensaba Pepe mientras salía del agua.
Se marchó a casa hipnotizado por la sirena.
Su vecina Manolita le preguntó:
─¿Qué te pasa “bello”?
─¿Por qué me lo preguntas?
─Hombre, hace una hora que te fuiste a pescar ya estás de vuelta y no traes ni cubo, ni caña, ni nada.
─Nada Manolita, nada, que me acordé que había dejado la comida en el fuego y vine a apagarla, y lo dejé todo en la cetárea.
Pepe no sabía qué hacer, no tenía ganas de nada, no sabía que le pasaba.
Al día siguiente salió como siempre con su lancha. Estaba preparando las redes, cuando se asomó por la borda la sirena.
Sorprendido, la miró con dulzura y le dijo: “¡Hola!”
La sirena le cogió del brazo y lo acercó a ella. Él no se resistió y dejó que le diera un beso.
─¿Cómo te llamas sirena? ─le preguntó sin esperanza de entender lo que ella dijera.
─Me llamo Perla ─le contestó la sirena.
Pepe se sorprendió mucho al entenderla y ella se dio cuenta y le explicó.
─Es por el beso, ahora entiendes todo lo que yo diga y también lo que digan todas las criaturas del mar, bueno hasta que se pase el efecto.
─¡Ah, qué bueno!
─¿Quieres venir conmigo al fondo del mar?
─No tengo botellas de oxígeno aquí, no creo...
─Tranquilo, no te harán falta.
─¿Cómo...?
La sirena lo tiró al agua y una vez dentro le sopló en la nariz y así Pepe pudo respirar en el agua.
Dieron un paseo por el fondo del mar. Pepe estaba alucinado con su belleza y le dijo a la sirena.
─No me importaría quedarme aquí para siempre.
Puedes hacerlo si quieres le respondió Perla.
─¿Si? me encantaría vivir aquí contigo.
─Ven, vamos a ver a Neptuno.
Se dirigieron al castillo del rey y hablaron con él. Neptuno se oponía, pero Perla y Pepe estaban tan seguros que al final accedió, aunque le dijo a Pepe que si hacía algo malo contra ellos, lo pagaría con su vida.
Neptuno dirigió su tridente a Pepe y lo convirtió en sireno y nunca más regresó a su casa en tierra.
Dicen, que todos los años por el Rosario, está vigilando lo que hace la gente del pueblo, escondido en la cueva, es lo único que añora de tierra, pasear a su virgen por el mar. Y si prestáis atención seguro lo oiréis cantar.
Kristin
Margarita está linda la mar
Pierre tiene una tienda de antigüedades en al casco viejo de Niza escondida en el laberinto de callejuelas adoquinadas, fragantes a jazmín y a mar. Sobre el local, su vivienda: un apartamento pequeño pero con una terraza de más de cuarenta metros cuadrados que se vuelca al mar.
Cuando un cliente duda si comprar esa pieza que “Puede que lo sea, pero no sé…Parece que no se ajusta a la época de datación”, Pierre lo toma del brazo, por una escalera de caracol lo desembarca en la terraza, le invita a tomar algo y le presenta a su mujer: Marguerite —Mar como él la llama—, es la experta en arte.
Pero Mar está ausente. “Ausente del mundo, doctor, ¡no comprendo qué le pasa! Sí, deprimida, pero ¿por qué? Se siente insatisfecha, dice. Mejoró cuando tomaba tres pastillas al día”, le cuenta al médico, que asiente comprensivo. Y vuelve a casa con una caja con mayor número de comprimidos.
― ¿Eres tú, cariño? ― la voz proviene de una mujer que se marchita tendida en una hamaca en la terraza. Ronda los cuarenta. Se adivina, tras la máscara de la apatía, una mente despierta y un rostro hermoso―. ¿Qué ha dicho el médico?
―Que sí, que tomes las tres pastillas ―Pierre se asoma a la barandilla de la terraza― ¡Ahí está!
― ¿Quién? ―pregunta ella sin moverse de la hamaca.
―Ese hombre. Me da la sensación de que es alguien famoso. ¡Asómate!, ¿lo reconoces?
―El traje es alta costura, estoy segura… Un poco excéntrico con ese sombrero de paja ¿verdad?, pero muchos ricos lo son. No me resulta conocido. Desgarbado y chulo, ¡qué gracioso!
El personaje alza la vista en ese momento, sonríe y se quita el sombrero a la vez que inclina cómicamente la cabeza, a continuación todo el torso y después flexiona la pierna derecha .
―Una reverencia en toda regla ¡ Como un mosquetero! ―Mar ríe.
—Viene a la tienda. Voy a atenderle —anuncia Pierre, atusándose el escaso cabello y alisando su camisa.
Mar escucha las voces de Pierre y Coralie, la ayudante del negocio, hablar con él y tras un rato, oye pasos en la escalera. Su marido suele levantar la voz antes de llegar a la terraza para prevenirla, pero esta vez no era necesario.
―El señor dice que no tiene nombre, querida ―indica su marido guiñándole un ojo―. Además, no sabe muy bien lo que busca. Le he dicho que suba a tomar un refresco y se deje aconsejar por tí.
El desconocido se adelanta, toma la mano de Mar, hace ademán de besarla y cuando parece que va a retirarse, la besa impetuoso y con sonoridad cómica. Ella ríe divertida, mientras el rostro de Pierre muestra desconcierto.
―Le traeré un refresco, ¿quiere? —propone Mar.
―Preferiría una cerveza. Y algo de picar. No me sienta bien beber con el estómago vacío.
El anticuario se sorprende no tanto por el desparpajo de su invitado, como por la naturalidad con que actúa su mujer.
―Dos bellas mujeres, una abajo y otra arriba, ¡vaya suerte!, ¿eh? —le comenta guiñándole un ojo y bajando la voz en cuanto Mar se pierde por el pasillo. Pierre enmudece―. Vamos, no irá a decirme que no hay un affaire con la señorita Coralie. Estas cosas se notan ―el hombre le pasa un brazo por los hombros ―, pero no se preocupe, su secreto está seguro conmigo —afirma sonriente.
Pierre prefiere regresar a la tienda, aunque a medida que transcurren los minutos se impacienta y se acerca cada poco tiempo al pie de la escalera. Oye a Mar y al desconocido a veces riendo, a veces cuchicheando y ahora, en este momento, se escucha música y parece que bailan.
―¡Tranquilízate! ―le reconviene Coralie.
― No sé qué hace tanto tiempo ahí arriba. Por otro lado, si algo fuera mal Mar me habría avisado, ¿no?
―Nos hemos pasado la tarde vigilando cada ruido de ahí arriba. Ha habido de todo, Pierre. Yo juraría que hasta se han besado— sugiere Coralie maliciosamente frunciendo con coquetería los labios juveniles maquillados de rojo intenso.—Pierre protesta con vehemencia— Si de verdad me quieres eso no debería importarte ―añade mimosa acercándoselos al oído.
En ese instante Mar se asoma a la escalera, “Pierre, nuestro invitado se queda a cenar. También le he invitado a dormir”, le advierte entre risueña y misteriosa.
Al día siguiente, Pierre se despierta con resaca. Recuerda que la noche anterior cenaron, bebieron —demasiado, a juzgar por su dolor de cabeza— y bailaron.
"Al despertar, Mar no estaba en la cama, ¿dónde está?, me pregunté ― le contará más tarde a Coralie―. Encima de la mesita de noche vi la hoja doblada, la abrí y ¡mira! : “Cariño, no te enfades, me voy con Tipo. Así le he llamado porque no recuerda su nombre, ja,ja,ja. No es rico, cree que es un vagabundo. El traje se lo regalaron en un outlet. Voy a vivir su vida desordenada y absurda que me hace reír. Tú pásalo bien con Coralie. Puede que volvamos a vernos. Tira mis pastillas, ya no las quiero. Un beso, Marguerite”.
Marusela Talbé
En ese instante Mar se asoma a la escalera, “Pierre, nuestro invitado se queda a cenar. También le he invitado a dormir”, le advierte entre risueña y misteriosa.
Al día siguiente, Pierre se despierta con resaca. Recuerda que la noche anterior cenaron, bebieron —demasiado, a juzgar por su dolor de cabeza— y bailaron.
"Al despertar, Mar no estaba en la cama, ¿dónde está?, me pregunté ― le contará más tarde a Coralie―. Encima de la mesita de noche vi la hoja doblada, la abrí y ¡mira! : “Cariño, no te enfades, me voy con Tipo. Así le he llamado porque no recuerda su nombre, ja,ja,ja. No es rico, cree que es un vagabundo. El traje se lo regalaron en un outlet. Voy a vivir su vida desordenada y absurda que me hace reír. Tú pásalo bien con Coralie. Puede que volvamos a vernos. Tira mis pastillas, ya no las quiero. Un beso, Marguerite”.
Marusela Talbé
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
GERUNDEANDO
https://www.tallerdeescritores.com/quedate-en-casa-a-escribir?sc=dozmv7bo8hzl6um&in=kw35vb0jr7h13kf&random=9092
Por César Sánchez