martes, 8 de mayo de 2018

Qué vergüenza dan ciertas cosas





Odiosa tarea la de la compra semanal. Me recompenso con una cena con amigos; del grupo forma parte Mario que me encanta y esta noche acudirá, así que, aunque muy justa de tiempo, reservo hora en la peluquería para presentarme lo más atractiva posible.
Pescadería, carnicería, frutas y verduras, una cola tras otra. Transito veloz por los pasillos recogiendo productos, esquivando carros. Paciencia en los quesos. Queda tiempo. Camino de la caja pienso si dejar el coche en el aparcamiento del súper e ir andando a la peluquería, o llevármelo y buscar sitio en la calle. No consigo decidirme.
Con un vistazo repaso las colas de caja, localizo una con un único comprador. Y tiene pocos productos en la cinta. ¡Bingo! Comienzo a sacar mi compra. Quizá sea mejor llevarme el coche.
—No corras tanto que faltan cosas —dice el hombre.
—¿Cómo?
—Que faltan cosas —responde con fastidio.
La cajera, de veintipocos, sonríe tímida, nos mira sucesivamente y espera con las manos en el regazo. Oigo el chirrido de ruedas metálicas. Una mujer flaca, desaliñada y pelo decolorado con agua oxigenada empuja un carro medio lleno.
—¡Venga ya, coño! —le grita el hombre.
Ella esboza una frágil sonrisa.
—Perdone, ¿puedo…?
—Oiga, tengo prisa, no pueden guardar sitio y aparecer después con este montón de cosas.
Hace ademán de explicarse. Apenas abre los labios y la voz del déspota irrumpe de nuevo.
—Tú no tienes que darle explicaciones. Se lo he dicho, ahora que se joda. Quite el carro de en medio —me ordena.
La mujer decolorada se ha refugiado en la que va detrás. Cuchichean. Tensa como la cuerda de un arco decido no renunciar a mis planes.
—Llame al encargado —pido a la cajera—De aquí no me muevo. Su compra ha pasado, me toca a mí.
—¡Vas a quitar el carro ahora mismo o lo quito yo y te lo tiro a la cabeza! ¡Y el de la vecina también va a pasar! —añade señalando a la segunda mujer que levanta la cabeza, mostrando los ojos, redondeados por el sobresalto, espejos del pensamiento en qué hora se me ha ocurrido venir.
Parece que soy la única de las cuatro dispuesta a hacer frente a la bestia.
—¡Sí, hombre, y qué más! —protesto.
Las dimensiones del individuo son impresionantes. Me viene a la mente la imagen de un chico del colegio al que temía, incluso, sin haber cruzado palabra con él. El miedo, la rabia, la sumisión ante la superioridad física, regresan. Ya no estás en el colegio, a la mierda la peluquería, tía.
—Creo que debería hacer algo ya —digo a la cajera—, llame al encargado, a la policía local, a quién haga falta. De aquí no me muevo —intento imprimir seguridad a mis palabras, dentro de la garganta tiemblan.
Me giro hacia las mujeres. Ambas, mudas de repente, me observan. La bestia ruge. Continuo vaciando el carro sobre la cinta de caja. Entonces, leve y tímida, se posa en la manga de mi chaqueta la mano de la mujer decolorada. Levanto la vista, hallo sus ojos húmedos y suplicantes.
—Por favor —dice muy bajito.
La vecina que la acompaña asegura que no tiene prisa, ella esperará.
—¡Coño! ¡Qué no le supliques a la hija de puta! Y tú —señala de nuevo a la vecina con índice acusador—, tú pasas también, ¡por mis cojones!
La vecina traga saliva y asiente. Miro alrededor. La gente arremolinada espera el desenlace. Levanto la vista al entresuelo, a las oficinas acristaladas, nadie. La cajera, bajo el mostrador, apila bolsas. La única mirada que sostiene la mía es la de la mujer. Un ligero temblor, como de puchero infantil, le asoma a la boca. Escucho una conexión ancestral tan inexplicable como cierta, «Yo voy a volver a casa con él, tú no».  Retiro mi compra, aparto el carro. Ella pasa, la vecina pasa. Adivino la mirada de la bestia regocijarse con la visión. No quiero levantar los ojos de la cinta, enfrentármelo, solo quiero pensar que he hecho lo correcto.
He perdido todo interés por la hora y, sin embargo, quiero marcharme aún con mayor premura. Camino con la cabeza levantada, mirando al frente me repito has hecho lo correcto. Antes de alcanzar el coche, de la penumbra, surge un hombre que se acerca a buen paso. Siento acelerarse el corazón. No es él, no tiene su corpulencia. Prendida en la camisa lleva una identificación: “Encargado”.
—Señora, disculpe lo ocurrido. Salí al almacén, al volver he visto la película de seguridad si quiere denunciar está a su disposición.
Los ojos azules del encargado expresan interés, diría que anhela la denuncia. Maltratada, humillada. Las palabras llegan de la mano de la mujer decolorada de mirada húmeda y suplicante, nos vinculan. Dos desconocidas unidas durante unos pocos minutos, o bien durante los días, semanas o meses de un proceso judicial.
—No, no denunciaré. Ya ha pasado. Da igual.
Esas palabras escogidas al azar, sin embargo, me iluminan. Retomaré mis planes. Llego a la cena con poco retraso. Mis amigos están en la terraza, a algunos les ciegan los últimos rayos de sol obligándoles a entrecerrar los ojos, a interponer la mano delante de la vista a modo de visera. Mario me ha reservado asiento a su lado al abrigo de la insidiosa luz.
—Algunos no querían que te guardara el sitio, ¿sabes? Que cuando llegaras ya se habría ido el sol, decían. He tenido que amenazarles —afirma empuñando el tenedor.

Ríe. Todos ríen. Esa silla debería halagarme en lugar de incomodarme, pero lo cierto es que, la única a resguardo de la luz cegadora, me esperaba. Intento recordar en qué momento me sentí atraída por Mario y por qué, aparto la silla hacia la zona soleada para reconstruirlo. Me mira sorprendido. Voy a pronunciar una excusa, pero decido que no. Tampoco voy a contar lo del supermercado. Si lo hecho fue lo correcto puede que no me lo haya repetido lo bastante.

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