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miércoles, 15 de febrero de 2017

Arrepentidos

La escalera se pierde en la penumbra. Un desgastado brocado malva que tapiza la pared recuerda la prestancia de la casa en otro tiempo.
—Myrna, hay un hombre esperándote arriba.
—¿Quién es?
—Tu hermano Esteban, eso me ha dicho.  — La chica lleva una bata de paño, cruzada y atada; a pesar del abrigo se frota las manos—. Pero menuda pinta de chulo se gasta, ¡ja!, a mí con esas.
Myrna fija la vista en las sábanas que sostiene, aún cálidas, recién planchadas; las acaricia. Toma aliento y continúa el ascenso de la escalera con lentitud. En el rellano, de una puerta entreabierta escapa una línea amarilla, diligente como una flecha. Empuja la puerta y se encuentra frente al hombre.
—¿Ahora eres mi hermano?
—Me ha abierto la puerta la chica de la bata, tan casera ella que he pensado que merecía una respuesta a tono.
—Claro, tú siempre detallista. Y ¿qué quieres? Si es dinero dímelo, ya estoy acostumbrada. Te daré lo que pueda y a otra cosa.
—No. No es dinero. Ni pelea. Quiero hablar contigo. ¿A dónde vas?
—Voy a hacer mi cama. Este no es mi dormitorio.
—¿Qué? —El hombre sonríe burlón—.  ¿Has dejado que te larguen?
Apoyándose en los brazos de la butaca toma impulso para incorporarse. Un gesto doloroso le arruga la boca. Myrna, camino del cuarto contiguo, no lo ve. Esteban la sigue, pendiente de sus caderas, de los muslos que abultan la falda estrecha, de las pantorrillas prietas en las medias brillantes de nilón.
—Esa que siempre está arrecía tiene tres veces más clientes que yo. El cambio de habitación en verdad, lo han provocado ellos, a mí me buscan unos pocos nostálgicos. Estoy deseando que se mueran —dice mientras deja las piezas de tela sobre la cama. Se vuelve hacia el hombre que ha acercado una silla—. En cuanto me jubile se cierra el grifo, ¿entiendes? Me iré al pueblo de mi madre y no quiero verte por allí. Vamos, di ¿cuánto esta vez? — pregunta sacudiendo la sábana.
—Estoy enfermo. Cáncer.
Myrna detiene las manos en alto, sin quererlo, suelta la sábana que cae volando sobre el colchón.  
—Hay muchos tipos de cáncer
—Este es de los malos…
—Cómo de malo
—…seis meses, me han dicho. Yo digo que tres.
—Vaya... De todas formas ahora no es como antes. Hay muchos tratamientos. ¿Tienes seguro?
—Claro que no, ¿cuándo he sido previsor?
—Entonces, ¿necesitas dinero?
—Te he dicho que no. Me jodió al principio, luego pensé que el día que me vaya pá el otro barrio, otros también la diñarán, sin aviso, de repente. Ahora estás, ahora no estás. Vi el lado positivo: tengo la oportunidad de despedirme. He decidido poner las cuentas en orden.
—¿Has venido a devolverme la pasta que te has llevado durante diez años?
—¡Que no, leche! Olvida el puto dinero.
—¿Entonces? — Myrna se mueve alrededor de la cama remetiendo la sábana, por el lado derecho, por el izquierdo. Al inclinarse, la blusa entreabierta trae buenos recuerdos a Esteban.
—¿Puedes dejar la cama y sentarte? He viajado trescientos kilómetros para hablar contigo.
Myrna, suspira, saca un pañuelo arrugado de la cinturilla de la falda y se lo lleva a la nariz, con movimiento huidizo acerca el índice al lagrimal.
—Pensé en tí cuando me dieron la noticia. En lo importante siempre eres tú quién me viene a la cabeza…
—No hace falta que me engatuses, nos conocemos. Hasta a la arrecía le ha bastado una ojeada para calarte.
—…¡Joder!, qué complicao me lo estás poniendo. De todas las que he tenido…eres la única que he querido de verdad. Está dicho. Tenía que pedirte perdón, lo mereces por lo que has aguantado y no lo digo solo por el dinero. Si algo puedo hacer para compensarte aquí me tienes aunque tu dinero no puedo devolvértelo. Lo necesito para Katy —Myrna suspira y un intento de sonrisa desaparece— .  Me he casado. Es muy joven, tenía capricho y no tuve fuerzas para decirle que nanay. Quiere una familia, niños, rollos de esos de un futuro juntos, ya ves. Está embarazada, tendrá que cargar sola con el niño.  Aún no lo sabe, tú eres la primera.
—No pareces tú. Te has rendido, sin más. No me lo trago.
—¡¿Qué mierda te pasa?! ¿Voy a mentir sobre algo así?
—No lo sé. Hace mucho que dejé de entenderte. Si quieres dinero…para lo que sea, dilo.
—Perdón. Eso es lo que tenía que decir, a eso he venido.
—Sí, claro, te perdono.
—Así no. Mírame a los ojos.
Myrna contempla la cama terminada.
—Debí poner otra manta — Tira de los lienzos, desarma la cama. Va hacia el armario, abre la puerta y se oculta de la mirada de Esteban para sacar el pañuelo sin disimulo.
—¿Podrías olvidar lo malo y recordar solo lo bueno? También lo hubo. Sería la mejor forma de perdonarme —Esteban ha elevado la voz, pero no hay respuesta— No vas a perdonarme, ¿verdad? Es eso.
—Tengo que hacerme a la idea; era fácil odiarte. Necesito tiempo. ¿Por qué no aceptas mi dinero? Para una vez que iba a dártelo de buena gana.
La voz de Myrna llega a Esteban distorsionada, flotando a la deriva en un rio cálido y salino.  Él mira el suelo absorto en el dibujo enrevesado de la alfombra a pie de cama. Se ha doblado para destensar la espalda. Qué duro se hará el viaje de vuelta.
—¿Para qué lo querría?
—No sé…alimentarte mejor, comprar medicinas, consultar otro médico. ¡Ir al extranjero! ¿Por qué no? —Myrna sale de su escondite con los ojos brillantes, iluminados de esperanza.
—No hay nada que hacer, Myrna. Me voy.
Esteban se incorpora trabajosamente. La muerte pesa como una losa. Myrna la ve apoyada sobre la espalda de Esteban.
—¿Quieres que vaya a tu funeral?
—Sí, estaría bien.
—¿Cómo…cómo…lo sabré?
—Diré a Katy que te avise.
—Entonces tendrás que explicarle que has venido a verme y ella querrá saber por qué — replica Myrna bajando la mirada.
—¿Te importa ella? Siempre fuiste muy buena gente, Lola. Siempre.
Esteban se acerca, le toma la cara entre las manos, le besa la frente y los labios, salados y húmedos.
—Dices que es joven, ¿no? Que está llena de ilusiones. ¿Por qué no lo haces por ella? ¿Por ese niño? Busca otros médicos. Te ayudaré. ¡Déjame que te ayude por favor!
—No me escuchas. Me muero. No es cuestión de dinero, Lola mía.
—Hasta el final creí que podríamos acabar juntos.
—¿El final? ¿Cuándo fue para tí? —Esteban indaga en el pozo profundo de los ojos de Lola —. Eso me interesa.
—Hoy. Hace un rato. Cuando me pediste perdón por ser tú.

FIN

Salir al paso

Ocho largos años. Habían transcurrido ocho largos años y Nancy iba a casarse de nuevo a pesar de la cruel experiencia con su primer esposo. Después de eso había mantenido un par de relaciones con mujeres. La segunda pareja, Marge, fracasó igualmente, aunque no de igual manera. Se convirtió en amiga contra la voluntad de ambas como si un eficaz supervisor moviese los hilos de sus conductas afectivas. Era imprescindible en la vida de Nancy e iba a hacer tintinear la campanilla de la entrada en cualquier momento para ayudarla con el maquillaje.
Marge poseía unas manos mágicas. Oh sí, por supuesto Nancy no las habría olvidado del todo y, supongo, que este era el recuerdo dormido sobre el que querría pasar de puntillas.
Marge la maquilló lo necesario: satinó el cutis, cubrió alguna mancha, iluminó ojeras y arco ciliar. Nancy no dejaba de parlotear contando anécdotas de bodas y fiestas, agradeciendo a Marge que la ayudase, a mí que hubiese renunciado al día libre.
Marge, sin embargo, concentrada en la tarea no pronunciaba palabra. Dio por terminado el maquillaje con dos brochazos de rubor en los pómulos. Dio un paso atrás, miró a Nancy. El parloteo de Nancy cesó. Intercambiaron una larga y profunda mirada. Fue Marge quién rompió el silencio: «Estás espléndida».
No fue una alabanza, ni un reconocimiento a su habilidad, no estuvo acompañada por un tono festivo, ni ojos asombrosamente redondos, fue algo dicho para ella misma, en voz baja, como si necesitase oírselo decir para comprenderlo en toda su magnitud. Para asumir que Nancy se iba a casar con un hombre y que parecía realmente feliz. Nancy le tendió ambas manos, ella las agarró con fervor. No me despedí al abandonar el dormitorio.
Recorrí el pasillo hasta la sala. Abrí de par en par las puertas del jardín. Observé la puesta en escena: las sillas alineadas en perfecta simetría, las farolas rescatados del atrezo del último montaje teatral de My fair lady, la alfombra de flores compuesta de madrugada, el césped recién segado, fragante y almohadillado. Todo ello superpuesto al fondo de magnolios, a los setos de hortensias y los rosales trepadores que cubrían las celosías, a los parterres de tulipanes, narcisos y pensamientos. Esa avalancha floral no existía semanas atrás. El novio había transformado el delicado y minimalista jardín japonés en aquel estallido de sensualidad. Sencillamente, ella despertó una mañana y encontró tras los cristales un paisaje diferente. Yo fui testigo de la expresión cambiante del rostro, del desconcierto al asombro, de ahí a la confusión; finalmente, a la alegría infantil de niña agasajada.
Teníamos por delante una caprichosa tarde otoñal. El aire suave y persistente arrastraba nubes de aquí para allá, tan pronto gozábamos de tibios rayos de sol como nos cubría un manto lechoso. El oficiante preparaba el libro de lecturas de los novios en el atril. Del fondo del jardín, tras el seto y la valla de hierro, se elevaba el ruido de frenadas de automóviles y de explosiones de flashes que la prensa descargaba sobre los invitados. El novio aparecería de un momento a otro.
Me giré hacia el pasillo al oír pisadas, susurros, risas. Nadie entró en la sala. Los murmullos se alejaron camino de la puerta de atrás hasta desaparecer. Escuché el pestillo que por la mañana había corrido tras recoger la prensa ahora abandonada sobre el sofá. No pude menos que sonreír al releer el titular, “Boda entre el magnate televisivo y la actriz de dudosa sexualidad”, el de mañana sería muy diferente.

FIN

martes, 24 de enero de 2017

Me gusta la Lengua

Sueño que estamos sentados al borde de un muelle. Tus piernas llegan hasta el agua, mueves los pies para salpicar las mías.
Te miro. El sol asoma detrás de tu oreja, arranca un resplandor al pelo, a la piel de tu mejilla, al extremo de los labios que brillan húmedos. Me acerco, quiero un beso que no consigo. Te diluyes.
Dichoso sueño, para esto prefiero vivir el presente y conformarme con ver tu boca mordisquear el lápiz ante la decisión de marcar esa palabra como objeto directo, o no. Aunque hoy es diferente, hoy no hay lápiz, toca informática, qué mala suerte, hoy, precisamente hoy, que traigo una caperuza con forma de piruleta para tu lápiz.

Microrrelato finalista en el concurso del CELARD emitido por Radio Extremadura


Marusela Talbé

domingo, 15 de enero de 2017

Primera Cita

—No me asustan las dificultades, al contrario, me motivan. Soy una persona responsable, tras dedicar tiempo a una tarea o a una relación estas tienen que avanzar, ir en la buena dirección. Nada me horroriza más que el vacío del tiempo perdido. El tiempo es nuestro mayor tesoro, ¿no crees? El de cada uno. Me saca de quicio que me hagan esperar y crean que con una sonrisa y una disculpa está todo arreglado. Es mi tiempo, señor, MI TIEMPO, no el suyo. Y tragas, ¿por qué?, porque si no lo haces quedas mal, ¿qué te parece? Y, perdona, otra cosa, he encontrado gente que opina como yo, pero no lo dice porque entonces tendría que cumplir esas exigencias. Para no fracasar, amén a todo; para no asumir responsabilidades, pasar inadvertido. Van por la vida de solidarios, de tolerantes; a mí no me engañan, no lo hacen por bondad, no, lo hacen porque protegen su zona de confort: si soporto, me soportarán. Y esto pasa con todo, ¿o no? Y pobre de tí si abandonas la colmena. Yo soy independiente y estoy orgullosa de ello aunque por eso tenga más complicaciones que nadie. Es el precio por sostener ideas propias. Uy, me enrollo, me enrollo, y no te dejo hablar. ¿Tú qué? Cuéntame.
—Estoy separado desde hace seis meses. —Rebusca en el bolsillo su cartera y saca de esta una foto—. Tengo un hijo. Mira, Conchi y Mario.
—Ajá. Muy guapos los dos. ¿Qué pasó?
—Éramos diferentes, bueno…, en realidad, opuestos. Intuíamos que no sería fácil, pero quisimos intentarlo. Aunque suene cursi, al principio fue maravilloso. Más adelante, los buenos momentos escasearon hasta desaparecer. El globo de la felicidad, ¡pfff!, se deshinchó. De todos modos mereció la pena. Vida personal aparte, soy funcionario de correos, mi jornada transcurre clasificando sobres y paquetes. Aburrido sí pero me desquito porque me deja tiempo libre, así que…
—Eso me gusta
—¿Qué ordene sobres?
—No, no, que valores tu tiempo.
—Ah, sí, claro. Me permite dedicarme a lo que me hace feliz, por ejemplo los amigos. Seríamos un equipo de baloncesto si diéramos la altura, ja, ja, ja. No estábamos en edad de crecer cuando nos juntamos así que formamos un equipo de fútbol reducido.
—Ya veo. Oye, pero entonces no podéis participar en liguillas ni competiciones, ni nada, ¿no?
La voz le recuerda el sonido agudo de una flauta. La observa reclinada contra el respaldo, dando paso a unas manos pálidas y finas de niña bien que asoman por encima de la mesa de viejo café. Dormían sobre el regazo, las ha despertado para nada, se mueven aburridas, desilusionadas.
—No, no podemos. —Él encoge levemente los hombros, aprieta los labios, los abre, suelta un chasquido de contrariedad— .¡Qué le vamos a hacer! Hay cosas peores.
—Ya. Y, ¿qué más haces?
—Desde la separación recojo al peque en el colegio tres tardes a la semana. Lo llevo al parque, compro dos bollos, dos bricks de cacao y merendamos juntos. Luego lo dejo agotarse en el tobogán, la cuerda, los columpios…ya sabes.
—En realidad, no. No tengo hijos y casi no recuerdo nada de cuando fui niña, niña de columpios me refiero. Por el contrario, podría dibujar el plano completo del colegio. No sé si me llevaron al parque pocas veces o es que mi memoria no llega tan atrás. Oye, ni me lo había planteado hasta ahora, qué cosas.
—Yo he jugado mucho en la calle. No había parque donde vivía, pero encontrábamos donde subirnos, por dónde deslizarnos, ja, ja, ja, todo valía. Creo que fuimos los verdaderos inventores de ese deporte, eso de recorrer las ciudades saltando obstáculos.
—Buf, ¡qué pesadilla! El otro día uno de esos locos pasó volando a mi lado, menudo susto. Parkour, se llama parkour. Y espero que no sea deporte, porque menuda tontería, ¿no? Corren, saltan, y ya está.
—Bueno, exige forma física, reflejos.
—Hum.
—Como te decía, tras dejar al chaval me reúno con los amigos a jugar.
—¿Tres veces en semana?
—No, a diario. Rara vez falla alguno. Nos lo tomamos en serio.
—¿Por qué?
—¿Por qué, qué?
—¿Por qué os lo tomáis en serio? Es un juego.
Ha preguntado sin pestañar, le hace pensar en un policía frente al malhechor. Esto no va a ninguna sitio, piensa. Desde que la he visto entrar lo he sabido. Guapa, cosmopolita, seguro que habla inglés como si tal cosa y puede permitirse mirar la cuenta del banco una vez al mes.
—Verás, nos gusta.
La respuesta no ha sido correcta, el gesto de su cara lo certifica.
—A mí me encantan los churros y no los como cada día, engordaría y el colesterol acabaría matándome.
Le obsequia una sonrisa, con toda intención, forzada.
—Hablando de otra cosa, ¿crees que esto está funcionando?
—En absoluto. Aunque no es culpa nuestra. Estos expertos de las agencias de contactos lo son sí, pero en sacarte la pasta. Al final, todo se resume en otra pérdida de tiempo. Menudo asco, cuánto inútil.
El asiento de polipiel suspira suavemente al liberarse de su peso.
—Bueno, no creo que sea tiempo perdido hemos pasado un rato agradable. Al menos por mi parte me ha gustado conocerte —dice él acompañándola en el gesto de incorporarse.
Le tiende la mano y observa el rostro de treinta y cuatro años. El maquillaje no oculta los surcos en la frente, la profundidad de la arruga del entrecejo ni las líneas de marioneta junto a las comisuras de los labios.
—¿Hoy no toca niño? ¿No hay partido?
Le interroga como si la respuesta le interesara, como si fuese a cambiar algo. Él piensa que le ayudará a dar las últimas pinceladas a su retrato y a estampar un signo de “visto” en el formulario de la agencia.
—No toca niño y el fútbol es dentro de una hora. Ya que no vamos a volver a vernos voy a decirte algo…
—Groserías ni una
—Uff, no, por favor. Ja, ja, ja, ¿sabes?, serías una buena defensa en el campo. —Se había sentido estúpido como en el primer día de clase en que reía con ganas, con estrépito, ante cualquier tontería. En realidad, eran los nervios impulsados por la incomodidad y la falta de ubicación en el espacio recién estrenado, lo que exteriorizaba —. Solo decirte que al conocerte he comprendido lo que es el estrés. No te ofendas, no lo digo de mal rollo. Pero es una lástima que una chica como tú ande por la vida obsesionada con el tiempo, con el rendimiento, con alcanzar quién sabe qué remotas metas, a lo peor inútiles.
—Qué sabrás tú de mí.
Desvía la vista a la calle. Ha oscurecido de repente. Observa las cabezas hundidas entre los hombros, agazapadas en los cuellos de los abrigos a resguardo de los dos grados que hielan la tarde. Se prepara poniéndose los guantes. No se había percatado de la mano tendida de él que, harto de esperar el apretón, toma por sorpresa la suya enguantada. Una mano que se acurruca en el nido que le ofrecen y se deja mecer. Entonces, él la ve por primera vez: el estereotipo se ha desmoronado por culpa de una mirada sinceramente tímida que le obliga a pensar en un faro que no vigila sino que alumbra para evitar que choquen contra él.
—Bueno, en fin, puede que mi vida pase por un momento flojo, pero la tuya es demasiado exigente y si continúas con ese afán de independencia y todo lo demás, cuando menos te lo esperes te darás cuenta de que tu oportunidad de navegar la has tirado por la borda y te arrepentirás de no haber disfrutado de la travesía.
—¿Eres poeta? ¿Psicólogo?
—Digamos que buen observador.
—La vida contemplativa no me interesa, por lo que veo a ti sí.
—Te concedo que mi vida en este momento necesita relleno.
Golpea el respaldo de polipiel que se hunde bajo la presión. Actúa como si el respaldo le devolviese el golpe, emite una queja cómica, después se acerca a la boca el puño con fingido gesto de dolor. Escucha la risa de ella que, de pronto, ha llenado el local. Por fin, es ella quién desata una risa solícita en cubrir intimidades.
— Ja, ja, ja. Sí, creo que sí.
—Quédate un rato más, solo por esta vez regálame tu tiempo.
No sabe por qué se lo ha pedido, ha surgido de forma natural igual que la mirada expectante y divertida que sustituye a la melancólica del faro.
Más tarde el móvil le vibra en el bolsillo.
—Me cago en…¡Se me ha pasado la hora del partido! ¿Te parece bonito? Tú, precisamente tú, provocas que llegue tarde.
―No tienes por qué llegar tarde: no vayas. Regálame tiempo de fútbol.

FIN

lunes, 9 de enero de 2017

Haikus














MAREA

Salpica el agua.
Ruedan las caracolas
Vuela la espuma.


ESTACIONES

Cae la nieve
sobre el invierno crudo;
después el sol.

lunes, 4 de julio de 2016

Supervivencia

Sobre el marco de la puerta se leía, “Sue Ann, peluquería para damas”. Ella, apoyada sobre la jamba, mantenía la pierna derecha flexionada, el pie golpeaba el suelo de tablones de madera mientras masticaba chicle y se limaba las uñas. Aún era temprano para tener clientas, las vecinas vendrían a partir de media mañana, una vez terminados sus quehaceres. Hasta entonces comprobaría el aumento del tráfico conforme se acercaba la hora de la apertura de Saers, el nuevo almacén de suministros.
Al otro lado de la calle los hermanos Pots, sentados a la entrada de su barbería, mascaban tabaco. Sue Ann relucía en el hueco sombreado de la puerta. La larga cabellera platino peinada con ondas le caía sobre el rostro. Los hermanos intentaban recordar el nombre de la actriz de similar peinado, mientras valoraban el escote de la chaquetilla rosa en cuyo bolsillo destacaba, impulsado por un abultamiento exclusivamente femenino, Sue Ann bordado en rojo. La chaquetilla cubría el inicio de los muslos, por debajo asomaba, escueta, la falda roja. Ella mantenía las piernas cruzadas apoyada en la puerta con aire despreocupado como si esa actitud fuese lo más normal en un pueblo como aquel.
Sue Ann se enorgullecía de sus piernas de tobillos finos, gemelos prietos, rodillas pequeñas y muslos fuertes; de sus pies con dedos delicados y uñas regulares pintadas del color enérgico de la falda; también de las sandalias que el permitían mostrar todo aquello. Desde el interior le llegó el sonido de la radio, «En cuanto a las temperaturas superarán los treinta y cinco grados centígrados, noventa y cinco grados Fahrenheit...». Eso significaba que las clientas sentirían pereza en apartarse de la sombra del porche y la limonada, y la muerte de unas pocas gallinas. Recordó a su amiga Blanche casada hacía ocho meses con el tipo más soso del pueblo, «Es imposible que tu Bob tenga cerebro en esa cabeza enana». Al principio se rieron juntas del “bobo Bob”, al final Sue Anne no fue invitada a la boda y el negocio de peluquería que empezaron a medias se disolvió. La peluquería se mantuvo cerrada durante el tiempo que se tomaron para arreglar papeles. Sue Anne decidió vender a casa familiar para mudarse a un apartamento de una sola habitación, y con el dinero recaudado se hizo cargo de la hipoteca.
Calculó que habrían pasado más de dos docenas de autos, multiplicó por las cabezas que podrían ir dentro y fantaseó con la posibilidad de instalar su negocio junto al magnífico almacén, justo en la otra punta del pueblo.
Entró en la peluquería, dejó la lima, se miró al espejo, se retocó los labios con carmín rojo, se regaló una luminosa sonrisa. Regresó a la puerta cuando dos señoras doblaban la esquina de la calle. Sus manos, alentadas por la perspectiva de coger un cepillo, perfumarse con champú y sentir los cabellos como una masa moldeable bajo ellas, se ilusionaron como un niño ante un regalo. Escuchó a las señoras pronunciar el nombre de Blanche. Al llegar a su altura alzaron la voz.
— ¿Te has fijado en las uñas de los pies?
— ¿Cómo no hacerlo? Destacan como cerdos en un huerto.
— Siempre me ha parecido de lo más ordinario pintarse las uñas de los pies
— ¿Y a quién no?
Sue Ann hinchó el chicle e hizo explotar una pompa rosada que sobresaltó a la pareja. Las señoras se detuvieron, se miraron, «No merece la pena», dijo una, «No, por supuesto», reconoció la segunda y siguieron su camino.
Sue Anne se atusó el pelo, levantó la barbilla, y continuó con el recuento de vehículos. ¡Caray! ¿Cuántas personas acudirían hoy a ese almacén? Los propietarios habían realizado una fuerte inversión seguros de que el público visitaría el almacén no solo hoy, sino durante todo el año. Todos los años. La radio completaba el parte meteorológico, “...Nos comunican aviso de tormentas intensas al norte de Nebraska”. Aquí no llegarán, hasta la climatología habrán previsto los expertos del almacén, pensó.
Los hermanos Pots seguían mascando tabaco sin quitarle la vista de encima. Habían cruzado miradas. Ella también los vigilaba: los Pots habían recibido cinco clientes y escupido la bola de tabaco dos veces. Le vino a la memoria, como arrastrada por un vendaval, la imagen de la niña que pasaba la cuchilla con parsimonia por el rostro de su padre. Él era demasiado impaciente para hacerlo correctamente. Los cortes se repartían por la cara, y escuálidos regueros rojizos iban a parar al cuello de la camisa con el consiguiente enfado de mamá, hasta que ella se ocupó de él.
Seis vehículos en quince minutos y dos clientes más para los Pots.
Saers había construído el aparcamiento en terrenos cedidos por el Consejo de la Ciudad, aunque se rumoreaba que no era, en verdad, cesión ya que el alcalde se había hecho con acciones de la empresa a muy buen precio. Acabaría por saberse, se dijo, en este pueblo todo se sabe antes o después, pero tras el escándalo aterrizará el olvido, cuestión de tiempo. En realidad, todo es cuestión de tiempo. Vaya, me encantaría dar una vuelta por el almacén, ver el ambiente y comprobar si la gente ha ido a pasear o a gastar su dinero. Si por los vecinos del pueblo fuera dejarían morir ese negocio y cualquier otro con tal de no tocar sus ahorros. Pandilla de ratas.
Sue Anne impulsada por una energía, no del todo positiva, entró en la peluquería, se despojó de la chaquetilla, colocó la falda, remetió la blusa y satisfecha con su aspecto apagó la radio. Sin embargo, aún se miró de nuevo en el espejo ya con la mano en el pomo de la puerta. Se observó con curiosidad como si el reflejo le incitase a un arreglo diferente. Entonces, soltó el corchete de la falda, bajó la cremallera y la dejó caer. Se puso de nuevo la chaquetilla. Mucho mejor.
Desde el vano de la puerta miró a los hermanos Pots. Ambos se levantaron de sus asientos a la vez, con las mandíbulas paralizadas, el tabaco olvidado en algún lugar de la boca. Echó la llave al local y se marchó al almacén.
Durante el camino oyó bocinas, un par de vehículos aminoraron la marcha. En el primero viajaban dos jóvenes, críos que le gritaron si la acercaban a alguna parte. Se podrìa decir que casi la subieron al estribo. Sue Anne tuvo que apartarse de un salto para impedir el atropello. El segundo vehículo era un Chrysler anticuado como su conductor que vestía camisa blanca abotonada hasta el cuello; de los puños, también abrochados, escapaban unas manos huesudas, salpicadas de manchas e incisiones que le recordaron el afeitado de su padre. « ¿Necesitas ayuda, preciosa?», «No gracias», contestó Sue desviando la vista de las manos curtidas. En las octavillas repartidas por Saers se anunciaban piensos para animales, herramientas, equipos de ordeño, recambios para maquinaria... Por esto había tanto granjero suelto por el pueblo...y, bueno...el caso es que ellos también tenían cabello y a más de uno le iría bien un buen repaso.
Sue Ann sorteó vehículos para alcanzar la entrada. Junto a ella distinguió una silueta familiar, un cuerpo de gigante se erguía sobre piernas abiertas en uve, con los brazos cruzados sobre el pecho, culminaba en una cabeza infantil cubierta con gorra marrón en la que “SAERS” aparecía impresa en letras verdes.  El asombro apareció en los ojos del hombre al reconocerla. Ella lo encontró grotesco embutido en el uniforme caqui de vigilante que le quedaba demasiado justo, con el estómago que sobresalía por encima del cinturón y esa actitud desafiante ante la puerta de un almacén que no vendía otra cosa que útiles de granja.
—¿Qué tal, Bob?
—Vaya, Sue, no pensé verte por aquí.
Sue Ann se forzó a sonreir.
—Sentía curiosidad. Así que ahora trabajas aquí.
—Eso parece — la sonrisa de Bob tuvo mucho de orgullo.
—Te va bien el uniforme. Aunque te asoma demasiado pelo por debajo de la gorra.
—¿Tú crees?
—Pues sí, sé de lo que hablo, Bob — dijo cambiando el tono de voz a otro suave como un algodón de azúcar.
—Claro, claro —Bob se pasó la mano por el cuello y por encima de las orejas. Sue Ann cambió la expresión amigable por una de burla—  ¿Qué ocurre? ¿Por qué te ríes?
—No me rio, Bob. Es la gorra, la has dejado torcida.
Sue Ann se acercó, se aupó sobre las puntas y obligó a Bob a inclinar la cabeza para ajustarle la gorra.
—Te sienta muy bien ese uniforme, Sue. Mucho mejor que a mí este —Sentenció Bob con la vista de pájaro puesta en el escote, sonriendo de esa manera suya que dejaba escapar un sonido tembloroso—. Oye, Sue — carraspeó—, si no estás muy ocupada tal vez podrías repasarme el pelo al terminar el trabajo.
—Sin problema, Bob. Ahora voy a dar una vuelta por el almacén.
Sue Anne regresó al cabo de media hora.
— Bob respecto a lo del pelo, he pensado que será mejor que entres por la puerta de atrás, no quiero que los Pots te vean, ¿comprendes?
Bob asintió con una sonrisa espléndida. Sue Ann, tras caminar unos pasos, se volvió.
—Y hazme un favor Bob, he visto a varios dependientes con el mismo problema, diles que pueden pasar por la peluquería cuando gusten. Aunque esté ocupada siempre les haré hueco por ser amigos tuyos, ¿de acuerdo?
—¡Caray, Sue, desde luego! Muchas gracias.
La sonrisa de Bob se agrandó aún más al deslizar la vista desde la melena a los tobillos de Sue Ann. Mientras, ella pensaba cuánto le cobraría el viejo carpintero por un letrero para la puerta trasera. “Sue Ann, peluquería para hombres”. Y cuánto la imprenta por hacer octavillas que, con seguridad, cualquier chiquillo del pueblo estaría encantado de pillar en los limpiaparabrisas de los coches aparcados ante Saers a cambio de un corte de pelo.

GERUNDEANDO

https://www.tallerdeescritores.com/quedate-en-casa-a-escribir?sc=dozmv7bo8hzl6um&in=kw35vb0jr7h13kf&random=9092 Por César Sánchez