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lunes, 12 de octubre de 2015
martes, 6 de octubre de 2015
Juego sin reglas
«Papá, mamá, hay muchas formas de servir el tè. Los chinos
lo hacen en una pequeña taza sin asa; los británicos en tazas de porcelana; los
estadounidenses en tazones de loza. Pero el contenido es el mismo. ¿Hasta qué
punto importa el exterior? —Así empezó Jordi su discurso—. Está decidido: voy a
meterme en política. Me presento por el partido Sin Igual».
—Pero, hijo, tú no eres sinigualista
—protestó el padre.
—Es la forma más rápida de llegar a diputado. En otras
listas hay demasiados candidatos.
—Tendrás que luchar por sus intereses. ¿Y tus convicciones?
—Dentro de la taza, mamá.Creado para concurso de microrrelatos del CELARD Tema: La mentira.
miércoles, 2 de septiembre de 2015
Como un pintor impresionista
Una espesa cortina de copos blancos se desplegaba continuamente, abrillantada y temblorosa, cubría la tierra, sumergiéndolo todo en una espuma helada; y sólo se oía en el profundo silencio de la ciudad el roce vago, inexplicable, tenue, de la nieve al caer, sensación más que ruido, entrecruzamiento de átomos ligeros que parecen llenar el espacio, cubrir el mundo.
Bola de Sebo, Guy de Maupassant
Bola de Sebo, Guy de Maupassant
domingo, 28 de junio de 2015
La decisión
Cae la tarde, pesada y tormentosa, en un pueblo aragonés. Durante unos instantes, entre los pájaros sobrevuela el aviso de megafonía: “El tren con destino a Madrid sufre un retraso de veinte minutos. Perdonen las molestias”. Una pareja detenida al borde del andén inicia la marcha despacio.
—Tomemos algo —dice el hombre cambiando la maleta de mano—, así podré olvidarme de este peso durante un rato.
—Yo no quiero nada, pero tómalo tú.
—Una cerveza.
—¿Caña o pinta? —pregunta la mujer al otro lado del mostrador.
—Una pinta —contesta él apartando la maleta de su taburete y acercándola a los pies del de su compañera.
Ve su mano, pequeña y pálida, reposar sobre el acero de la barra y la toma entre las suyas.
—Hazlo solo si estás segura. Quiero lo mejor para ti.
—Yo soy la menos importante.
—Eso no es cierto. ¿Por qué piensas así? No debes pensar eso
—La pregunta es ¿lo mejor para los dos o lo mejor para los tres?
—Si no quieres no lo hagas.
—¿Crees que todo seguirá igual después de…decidirme?
—Lo creo. Yo te quiero.
—¿Sea cual sea la decisión?
El hombre suspira, tarda unos segundos en contestar.
—Todo irá bien entre nosotros.
—¿Seguro? Yo creo que si no lo hago, irá mal. Tú quieres que… me opere. Dices que decida yo, pero sé que tú quieres que lo haga —replica la mujer que mira con tristeza la maleta.
El hombre también la mira. Sin duda es demasiado pesada para que la cargue ella sola.
—Tienes razón, quiero que lo hagas.
Marusela Talbé
Recreación de Colinas como elefantes blancos, con toda mi admiración a Hemingway
Cae la tarde, pesada y tormentosa, en un pueblo aragonés. Durante unos instantes, entre los pájaros sobrevuela el aviso de megafonía: “El tren con destino a Madrid sufre un retraso de veinte minutos. Perdonen las molestias”. Una pareja detenida al borde del andén inicia la marcha despacio.
—Tomemos algo —dice el hombre cambiando la maleta de mano—, así podré olvidarme de este peso durante un rato.
—Yo no quiero nada, pero tómalo tú.
—Una cerveza.
—¿Caña o pinta? —pregunta la mujer al otro lado del mostrador.
—Una pinta —contesta él apartando la maleta de su taburete y acercándola a los pies del de su compañera.
Ve su mano, pequeña y pálida, reposar sobre el acero de la barra y la toma entre las suyas.
—Hazlo solo si estás segura. Quiero lo mejor para ti.
—Yo soy la menos importante.
—Eso no es cierto. ¿Por qué piensas así? No debes pensar eso
—La pregunta es ¿lo mejor para los dos o lo mejor para los tres?
—Si no quieres no lo hagas.
—¿Crees que todo seguirá igual después de…decidirme?
—Lo creo. Yo te quiero.
—¿Sea cual sea la decisión?
El hombre suspira, tarda unos segundos en contestar.
—Todo irá bien entre nosotros.
—¿Seguro? Yo creo que si no lo hago, irá mal. Tú quieres que… me opere. Dices que decida yo, pero sé que tú quieres que lo haga —replica la mujer que mira con tristeza la maleta.
El hombre también la mira. Sin duda es demasiado pesada para que la cargue ella sola.
—Tienes razón, quiero que lo hagas.
Marusela Talbé
Recreación de Colinas como elefantes blancos, con toda mi admiración a Hemingway
martes, 19 de mayo de 2015
Un final alternativo
Quiero aclarar que el texto es un ejercicio en el que se pedía un final diferente a la escena de la novela Sábado de Ian McEwan. La situación previa es el asalto a la casa de un importante doctor, Henry Perowne, porque este ha roto el espejo de la moto de Baxter, individuo al que conoce del hospital ya que padece una enfermedad degenerativa muy grave.
Las líneas en cursiva forman parte del texto original.
“…—Ey, Baxter —dice Nigel, y ladea la cabeza hacia Daisy, con una sonrisita.
—No. He cambiado de idea.
—¿Por qué? No seas cabrón.
—¿Por qué no te vistes? —le dice Baxter a Daisy, como si hubiera sido de ella la extraña idea de desnudarse.
Durante un momento ella no se mueve, y todos aguardan.
—No puedo creerlo —dice Nigel—. Después de todo este número.”
Baxter le ha mirado con sombría advertencia: estás aquí por mí. Pero si es una advertencia nadie diría que surte efecto porque Nigel, en lugar de achantarse, mete la mano en el interior de la cazadora, a la altura del corazón, y saca una navaja en apariencia insignificante, hasta que un clic libera el muelle atenazado y la hoja de acero, de más de veinte centímetros, brilla insolente ante la vista de todos. Perowne incluso hubiera dicho que ha vibrado inquieta por actuar.
Theo y Henry intercambian una mirada. Cada minuto que transcurre las cosas empeoran. Lo único bueno hasta el momento ha sido el efecto balsámico de la poesía de Daisy, aunque haya desatado la reacción de Nigel que, bien pensado, más valía conocer antes de atacar. Henry recuerda que esperaba que su hijo bloqueara a Nigel y nota una corriente de hielo que le sacude la espalda.
La tensión que soportan hace mella. Henry no sabe si los intrusos llevan en su casa diez minutos o cuarenta, aunque, piensa, apostaría por una hora larga. Como haciéndose eco de sus pensamientos Rosalind levanta la voz.
—¡Por Dios, cojan lo que quieran y váyanse de una vez!
— La señora tiene razón —apostilla Nigel con tono conciliador, mientras mueve la navaja. Gira el cuerpo hacia Baxter sin quitar la vista de Perowne y Theo—. Cojamos lo que hemos venido a buscar y larguémonos, tío.
Baxter no contesta —Perowne comprende que puede tratarse de una ausencia epiléptica—, posa la mirada en el ventanal, no, más allá, en el cielo donde vuela el helicóptero.
—Venga tío, ¡¿qué puñetas te pasa?! ¿Te ha dejado imbécil la poetisa? –se impacienta Nigel.
Baxter no reacciona.
—Se acabó. Lo haremos a mi manera. No voy a quedarme aquí esperando a la poli. Tú —grita a Grammaticus—, aquí. Quítate el cinturón.
Señala una silla al lado de la chimenea, lo empuja y le ata las manos por detrás del respaldo, mientras sostiene la navaja entre los dientes.
—Baxter ayúdame, vamos, coge a las zorras y átalas espalda contra espalda con... esto.
De un tirón ha arrancado el cordón trenzado de seda que agarra la cortina y, ante el asombro de Perowne, Baxter obedece. Toma conciencia de que el peligro ha aumentado con el cambio de papeles. Mientras las ata, Baxter deja su cuchillo sobre la mesa baja.
Nigel observa a Theo y a Henry. Sorprende la trayectoria que recorren sus miradas hacia la mesa. La posición de los tres hombres forma un triángulo equilátero, los tres están casi a la misma distancia de la mesa, los tres podrían alcanzar el cuchillo.
Nigel percibe una inclinación, un ligero vaivén en el cuerpo de Theo. Y él también decide dar el paso. Justo en ese momento Baxter levanta la cabeza, coge el arma y adopta una postura entre cómica y patética, con las rodillas medio dobladas y el brazo, que sostiene el cuchillo, adelantado como la pose de guardia de florete. Hace un guiño y chasquea la lengua. Perowne se sorprende a sí mismo pensando que prefiere que sea Baxter quien lleve las riendas.
—Tienes razón, Nigel, hemos venido con un propósito pero he cambiado de idea, ya lo he dicho. Quiero que el doctor se ocupe de que me curen. Eso es lo que quiero en realidad. ¿Dijiste que la prueba comienza en marzo? —pregunta dirigiéndose a Perowne.
—Maldito hijoputa. ¡Vine contigo por la pasta! Por la pasta. ¿O es que no lo recuerdas? Qué prueba ni qué niño muerto, joder. ¡Cómo va a curarte este tío! ¿Es cosa de un par de horas? ¿Qué pretendes que tengamos secuestrados a esta gente durante semanas? —Nigel mira furioso a Baxter—. Haz lo que quieras. Yo voy a revisar la casa y a llevarme todo lo que pueda.
—Si te mueves, te pincho —advierte Baxter con voz exageradamente tranquila.
Pero Nigel esta en mejor posición que Baxter, y esto Perowne lo sabe, porque el cerebro le responde, la mano no le tiembla y tiene un objetivo claro: dinero, joyas. Cosas tangibles y concretas, no ilusiones.
Y es entonces, en ese momento, cuando Perowne comprende. El ofendido fue Baxter pero ha sido Nigel, Nige como Baxter lo llama, el que lo ha manipulado, el que lo ha engatusado hasta llevarlo a su casa. Baxter no se habría atrevido. Le habría maldecido a él y a su familia, puede que se hubiera acercado una madrugada a pinchar los neumáticos del coche o que dejase un pájaro muerto delante de la puerta. Pero no, a él no se le habría ocurrido asaltar su hogar por un espejo roto, porque sabe que puede necesitarle. Eso piensa Henry mientras comienza a apiadarse de Baxter y a detestar a Nigel. Lo de Nige es diferente, tiene planes. Quizá quiera poner un taller de coches, o un gimnasio. O tal vez él sea muy optimista, y al tipo lo que le gusta es la violencia como forma de vida,
Nigel engaña, por segunda vez, a Baxter. Le señala la ventana con expresión de asombro. Baxter gira la cabeza en esa dirección y antes de volverse de nuevo, tiene la navaja de Nigel clavada encima del riñón, con bastante probabilidad en la cápsula suprarrenal. Henry sabe que no es mortal ipso facto, pero si dolorosa. Baxter se dobla como un árbol azotado por el rayo, gime, el impulso del doctor Perownw es ayudarle, pero Nigel, blande en sus manos el cuchillo de Baxter y el suyo. Oye las voces de su familia, “No, papá, no”, “Quieto, Henry”. Se detiene en seco. En realidad, lo ha detenido el brillo de los ojos de Nigel. El brillo de quién se sabe vencedor.
—Se acabó —sentencia.
Henry nunca hubiera pensado que los cordones de seda se usarían para atarle de pies y manos, y espalda contra espalda a su hijo. Baxter, en mitad de la alfombra persa que va tiñéndose de sangre, tampoco se libra de las ataduras. Nigel saqueará la casa sin prisa.
Por fin, le oyen bajar las escaleras y ven asomar, con una sonrisa de triunfo, su cara de caballo durante un segundo.
—Llame a una ambulancia o su amigo se desangrará —dice Henry antes de oír el golpe de la puerta al cerrarse.
miércoles, 29 de abril de 2015
Suspense
No te muevas
El sonido de un motor rompe el sopor
de la madrugada. Un deportivo se orilla, una mujer desciende, se tambalea, ríe,
sofoca la carcajada llevándose el foulard
a la boca. Su acompañante la coge por el brazo.
—Invítame a tomar la última, Sara.
—Ni hablar, Charli. Lo he pasado de maravilla, pero bye.
Sara se aleja con paso torpe hacia la cancela de hierro del adosado. Charli
se apoya en el coche y enciende un cigarrillo.
—Me quedaré aquí un rato por si cambias de opinión —grita mientras ella traspasa
la verja.
Al llegar a la puerta, Sara intenta una, dos veces, tres, meter la llave
en la cerradura; culpa de la mala puntería a los gin-tonic y no a la falta de
luz del farolillo. Según su costumbre deja el llavero colgando de la cerradura
interior. Aprieta el interruptor, la luz no se enciende. Mierda, ¿qué ha pasado aquí?, se dice mientras
ilumina el cuadro de luces con el móvil.
Nota pequeños trozos que se clavan en la suela de las sandalias, desvía la
luz al suelo.
—¡Será posible!
Dichoso gato.
Oye un ruido tenue en la planta alta.
—Es inútil que te escondas, Misha. Has sido un gato malo. Has roto mi
figurilla— grita mientras revisa las palancas del
cuadro.
El móvil se apaga, la batería es mínima. A su espalda escucha el crujir
de la tarima de madera.
—Misha, te
voy a castigar sin leche, ¿me oyes? ¿Crees que será la bombilla? Pero estas
modernas no se funden, ¿qué opinas?
Sara mueve los interruptores sin resultado mientras conversa con Misha,
le tranquiliza oírse. Un maullido suave, un suspiro gatuno, la hace sonreír.
Pero comienza a notar que le tiembla la mano, suda, la respiración ha
perdido su compás. Un movimiento en el aire, un aliento más bien, le ha erizado
el vello de la nuca.
El móvil se apaga definitivamente. Busca la manilla de la puerta. Salir,
encontrar la luz de las farolas. Y a Charli, que ojalá siga ahí.
Percibe susurros a su espalda, instintivamente mira al suelo.
—¿Misha?
Encuentra la manilla, abre la puerta con sigilo. Un cuchillo de luz
ilumina la entrada, en el triángulo amarillo del suelo yace el gato de angora
convertido en una masa amorfa y sanguinolenta. Quiere gritar, pero la voz ha
desaparecido como si le hubieran amputado las cuerdas vocales.
En ese instante la puerta resbala sobre sus bisagras con un quejido, escucha
girar la llave que destraba el cerrojo de seguridad y el pestillo que encaja con
un sonido definitivo. El tintineo del llavero desaparece. Un silencio de
cristal se adueña de la oscuridad. El rostro se le moja con el agua tibia de
las lágrimas. Siente unos labios casi pegados a su oreja, un aliento que huele
a tabaco, oye una voz pastosa y recia.
—No me has
visto, lo cual es una suerte para ti.
La arrastra hasta
una silla. Sara, ahora, prefiere la oscuridad. El hombre la ata con los
brazos cruzados por detrás del respaldo y usa el foulard para taparle la boca. Después, ni una palabra.
Sara le escucha mover muebles, golpear
paredes, abrir armarios, mientras ella baraja opciones con la misma
rapidez con que ha barajado cartas en el casino hace unas horas. Forcejea. Nota
que las ligaduras se aflojan, consigue sacar una mano, después la otra y correr
hacia la puerta cerrada. Como temía, las llaves no están. Se deja caer en el
suelo, tiembla, siente náuseas, ahoga arcadas. Maldice haber dado de baja el
teléfono fijo.
Se incorpora y va hacia la cocina tanteando, teme encontrar el relieve de
un cuerpo en lugar de la uniformidad de la pared. Las piernas le pesan, decide cada
paso como si tuviera delante un abismo. Por fin se hace con las cerillas y de
la cajonera escoge el cuchillo más afilado. La hoja brilla a la luz vacilante del
fósforo. El arma se le resbala de las manos, el ruido sobre el gres es como un timbre
que llama para el segundo acto de la función.
Le escucha descender. No son los pasos invisibles de antes sino los de
una apisonadora. Busca donde ocultarse. Se acurruca tras la puerta de la
despensa. Herir el abdomen,
ahí, blando, con decisión, tendré que hacerlo con decisión, se dice mientras el haz de una
linterna penetra en la cocina.
La voz de Charli rebozada en vapores de alcohol se deja oír a través de la
puerta en ese instante, «Vamos,
Sara, una última copa. Te advierto que no si no me dejas pasar estoy dispuesto
a quedarme aquí toda la noche».
Marusela Talbé
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Por César Sánchez