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sábado, 17 de julio de 2021

POR EL OJO DE LA CERRADURA




El viejo suelo, millones de veces acariciado por bayetas, ha decidido que es tiempo de devolver lo regalado. Descalza patina sobre el linóleo de la cocina. Pocas sensaciones son tan dulces como resbalar sobre la textura suave y fresca. Dentro de poco aparecerá Madre, o la criada, o la cocinera y la obligarán a calzarse, a ponerse calcetines y sentarse junto al fuego por si se hubiera enfriado los pies. También la regañarán por haber manchado de agua el suelo. Ha chapoteado por el camino cuando subía desde la playa donde la ha sorprendido una maravillosa y ruidosa tormenta de verano. Madre se enfadará aún más que la cocinera o la criada, porque Madre le dijo claramente que no podía ir a la playa esa tarde. Ella preguntó a la cocinera, Lucy, a la criada Sonja, y cuando ambas coincidieron en que no había nada malo en ir a la playa en general, un día cualquiera, ya fuera por la tarde o por la mañana, supuso que podría muy bien arreglárselas para convencer a Madre de que no la había desobedecido. Ahora, esas pisadas en el linóleo, rastros arenosos, incluso un poco fangosos, obligarán a Lucy o a Sonja o a ambas a ocupar parte de su tiempo en una tarea que estaba terminada y eso no va a hacer feliz a nadie. Si ella fuera más alta, si tuviera la estatura de Padre, lograría subir a la silla que hace de escalera, desde ahí alcanzaría el armario de limpieza y con suerte podría apartar ese montón de frascos cuyos olores adora ⸺alcanfor, aguarrás, pintura, barniz⸺ y coger el paño grueso con el que se pule el suelo. 

Es un soñar por soñar, porque ella no puede subirse a la silla, ni tan siquiera tiene fuerzas para moverla de la esquina donde la apartan para que no estorbe con sus dimensiones descomunales. 

Irá en busca del hombre del bosque. El que vio hace unos días asando un conejo en una fogata. Era un hombre barbudo, olía raro y no era capaz de entenderla, aunque seguro que si le alcanzaba la manga y tiraba, la comprendería y acompañaría a casa.

Una casa sumida en el silencio desde la marcha de Padre. «Un viaje muy largo, tesoro. Quizá no volvamos a verlo», dijo Madre llorosa. A Madre no le gustan las despedidas, está claro. Tampoco a ella. Agradeció que Padre se lo ahorrara. Su marcha ha trastocado la vida en la casa. Por lo pronto se olvidan de ella con frecuencia. No le importa. Es feliz en medio del silencio y la soledad. Tampoco le importa la tormenta, no le importa el vestido de jaretas y volantes empapado, ni que el cuerpo comience a temblar, ni que las agujas de pino le pinchan los pies. Todo es maravilloso en esa tarde gris, mojada y olorosa. 

El hombre aparece detrás de un árbol. Habla una lengua que no entiende. Él tampoco la entiende. Así que hace justo lo que pensó. Tira de la manga hasta que la sigue. En la cocina, lo lleva al armario. El hombre eleva el brazo, alcanza a lo más alto. Le dice, repite, insiste: la bayeta. El hombre se encoje de hombros. Se aparta, va a la mesa, destapa el frutero cubierto con un paño y empieza a comer fruta.

No era eso lo que debía hacer. Es un hombre tonto y aprovechado. Para colmo, las pisadas se han multiplicado. Ahora el linóleo está sucio como nunca. Ninguna bayeta podrá limpiar tal porquería. Será necesario fregar, desinfectar, pulir, casi como empezar de cero. Y ella, mientras observa al hombre devorar la fruta, la hogaza de pan, la mantequilla y sorber los huevos, está allí, en medio, sin saber qué hacer, solo viendo como el lío pequeño en que estaba metida se complica. Cuando se abre la puerta, el hombre alcanza el cuchillo largo. Lo pone sobre el pecho de Lucy. Lucy llora. La lleva a la despensa y cierra con llave. Sí, el lío crece. A Madre no le va a gustar nada que Lucy no esté preparando la cena. Piensa en avisar a Sonja, que haga ella el trabajo. El hombre la detiene, la sube a la silla escalera. «De ahí no te moverás». No, no piensa hacerlo. El suelo queda lejos. Sonja aparece sin necesidad de que la llamen. El hombre se abalanza y la tumba en la mesa llena de restos de fruta, migas de pan y pringosas cáscaras de huevo. Sonja chilla. Madre se va a enfadar. Se va a enfadar mucho porque «los gritos son lo peor de lo peor en una casa decente».  

Madre ha escuchado los gritos y, claro, entra en la cocina con la furia de uno de esos relámpagos que iluminan el cielo. Pero el hombre se vuelve y lanza contra ella el cuerpo de Sonja que parece un monigote de esos que se ponen en las fiestas del pueblo sujetos por un palo y al que todos le atizan. Madre se golpea en la cabeza. No me gusta cómo suena. No me gusta nada. Creo que esto no es un lío. Así que, aunque a Madre no le gusten los gritos empiezo a chillar. Y chillo, y chillo, a ver si despierta. El hombre me mira y resopla. Tiene el cuchillo largo en la mano. Está sucio. Lucy no lo guardaría así, ha sido él quien lo ha manchado vaya usted a saber de qué. Si estuviera aquí Padre le pondría a fregar el cuchillo, el suelo y la mesa. No es justo que ahora sea la pobre Lucy la que se lo cargue todo. Porque le va a tocar a Lucy, la única que está despierta. La oigo golpear con fuerza la puerta de la despensa. Me tapo los oídos justo cuando grita «No, no la niña, no, por Dios». 


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GERUNDEANDO

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